Mujer de negro, que vagas entre nosotros con ese andar caprichoso; tú, que seleccionas a tus víctimas con premeditación; tú, que jamás te arrepientes de clavar el puñal.
Por las calles oscuras, abarrotadas de gente, entre los cuerpos te deslizas como una gata; sigilosa y majestuosa, circulas por callejones escondidos, poco duermes, caminas e irradias peligro.
Tu sinuoso esplendor, tu andar distinguido y tenebroso te destaca entre la multitud de almas en pena.
Contoneas tus caderas, clavas en los adoquines tus tacones de vértigo, revisas con repulsión la multitud, y siempre orgullosa, descubres que el que buscas no está allí, entonces te desahogas con el primero que encuentras.
Te yergues única, enigmática, esplendorosa entre los ordinarios transeúntes de la vida; los miras a los ojos, a cada uno de ellos, y repasas sus vidas en una fugaz mirada, destapas sus almas fugitivas y los dejas desnudos, con la certeza de que Sucederá.
Pero no tienes pudor, no tratas como ellos, de llegada la luz, al bienestar. Sientes esa lujuria incontenible cuando los besas, los acoges entre tus brazos y les haces un lugar junto a tu pálida piel. Sientes lujuria sí, pero no sientes remordimientos. Al fin y al cabo ésta es tu misión.
Porque al fin y al cabo hiciste hace tanto tiempo una promesa. Juraste alcanzar al que tanto daño te hizo, y terminar tu misma con su existencia, sin importar cuántos tuvieran que caer para conseguirlo. Y ese se convirtió en tu trabajo. |