Has dictado la condena,
y ya solo paladeo el amargo de mis pensamientos,
los cuales se confunden en la vorágine de rencores y miserias que dejó tras de si tu renuncia.
Deambulo enérgica e intolerante entre mi odio y tu insistencia;
dentro de mi subyace la idea vengativa del dolor compartido…
¡pero eres inmune! y mis intenciones, que no dejan de ser pensamientos obstinados,
han tomado la forma de cadenas.
Esta realidad persiste con el olor de la melancolía y el abandono,
y mi corazón quedó atado… acaso por el deseo obligado del sentimiento que no quiere aceptar lo que todos los días me escupe en la cara tu indiferencia.
Aferrada como me encuentro a este maldito recuerdo tuyo.
me parece imposible que la luz solar llegue de nuevo a calentar las plantas de mis pies
tal como hizo aquel verano que duró el tiempo que quisiste mirarme a los ojos.
Y entonces, derrotada, cierro la puerta de este jardín que cultivé.
No hay más gardenias ni margaritas rozando nuestras piernas por el sendero,
tu risa no se escuchará más de entre las bugambilias,
y hasta el colibrí ha construido su nido en otra parte pues este jardín inerte dejó de ser su refugio consentido.
Y yo me quedo en la puerta, estùpida y azorada
preguntándome si he de volver a ese jardín hechizado, en otro tiempo, bajo otro sol.
Entonces me alejo con el deseo de que mi mayor temor nunca se cumpla:
y es que cuando sea el momento de regresar
no haya olvidado el camino que me conduce a él.
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