A cada costado de la puerta había quedado un cadáver, prolijamente alineados como si un niño gigantesco los hubiera acomodado como muñequitos de plomo abatidos en un juego macabro.
- Pero no - pensó “El Mocho” estremeciéndose, es pura casualidad. Apenas un segundo de remordimiento en su fría mente de curtido guerrillero. Luego mascando sus hojas de coca se perdió en el monte con el resto de los compañeros. Se había hecho justicia.
Unas horas antes habían decidido la suerte de los hermanos, dos traidores, dos porquerías que no merecían pertenecer a la causa. Los habían descubierto por casualidad, en realidad lo habían descubierto a Ismael, el menor y luego supieron que el mayor también estaba implicado.
Hacía varios meses que cada vez que salían del monte para realizar algún operativo, eran sorprendidos por el ejército; uno tras otro iban cayendo sobre la tierra por la que tanto luchaban. Era evidente que los estaban esperando, conociendo horarios y movimientos.
Supieron que entre ellos había un traidor y pronto descubrieron quien era.
Ismael últimamente apenas participaba en las reuniones, se quedaba sentado en un rincón, mientras planeaban el próximo ataque, con la mirada perdida en la oscuridad, abstraído.
Además de sus silencios, notaron sus reiteradas ausencias en las reuniones nocturnas, su hermano siempre lo encubría con algún pretexto; pronto las sospechas recayeron sobre los dos.
Bastó que una noche a instancias del “Mocho”, uno del grupo lo siguiera para que lo viera encontrarse en un claro del monte con una figura embozada. Inmediatamente, corrió a avisarles a los otros y allí sellaron la suerte de los dos hermanos.
- Es mejor que terminemos rápidamente con este asunto- dijo "El Mocho".
Los acribillaron a balazos en la puerta del rancho de la familia, sin aviso ni juicio, eran dos traidores y no merecían otra sentencia.
Mientras los gritos de la madre desgarraban el aire, los hombres se internaron en el monte, más tranquilos sabiendo que no serían traicionados.
"Muerto el perro se acabó la rabia" murmuró alguien entre dientes, mientras el Mocho sonreía pensando en lo bien que le había venido descubrir el romance del Ismael con la Juliana y sus encuentros fortuitos, lo que le permitió planificar culparlo de traición y así poder continuar con su trabajo de informante hasta destruir completamente la célula revolucionaria.
María Magdalena |