I
He llegado diez minutos antes de que suene la campana de salida. Se respira un silencio acogedor, tranquilo y delicioso.
Llegan las primeras damas; maquilladas sólo a estas horas del día; con sus mejores vestidos; algunas enseñan más arriba de la pantorrilla. Me excitan.
En cualquier momento puede llegar, lo presiento.
Suena la campana. Ha llegado un minuto antes de lo previsto. El silencio quedo en el pasado.
¿En dónde se escondía tanta gente?
Se ha reunido demasiada.
¿Estarán regalando algo?
Salen los primeros chicos. Se paran dos pasos fuera de la escuela, miran a todos lados; respiran la libertad que les fue negada por esa construcción titánica, los maestros y los libros. Dan otros pasos y se quedan esperando a sus padres, amigos o, simplemente, esperan a que salgan todos.
Uno de ellos voltea, espera a Consuelo, la chica de tercero, que es su novia y su...
Por ella se ha partido tres veces la madre, ya que su padre le ha dicho: "un macho, no deja que otro wey, le tire la onda a su chica." Pobre estupido. Gracias a ese pensamiento péndejo, después de su último tiro, el cual perdió, le apodaron el "Cotorro." Pues de eso ya tiene una semana y, aún, trae la nariz hinchada, ya que, el "Memin", de una patada se la rompió. Pobre pendejo.
>> ¡César! ¡César! Grita la chica esperada, al mismo tiempo que corre hacia él. Cuando llega a su lado, lo abraza y le da un beso en la mejilla. Mirando la nariz, exclama: ¡¿Aún no se te baja la hinchazón?!
>> ¡¿Qué no ves?! Contesta él Cotorro con ganas de voltearle un chingadazo, pero antes de que esto suceda, ella lo toma de la mano y lo jala, encaminándose a la esquina más cercana, donde lo llenara de besos, para borrar su comentario y, así, ponerlo en calma.
¡Ah, es el amor de secundaria! Quizás el primer romance, de muchos, en su vida.
>> ¡Ahí esta el Jorge! -Comenta él Chuy a todos los cuates, mientras me señala con el dedo.
Se encaminan a donde estoy. Aún no llegan y, el Richard, ya viene comunicándome las nuevas, no buenas.
>> ¡No mames wey! La que se te va armar mañana, si vienes a la escuela.
>> ¿Por qué? -Conteste con algo de asombro.
>> La pinché maestra de música le dijo a la Laura que les llevara un citatorio a tus jefes, pues, según ella, quiere saber que onda contigo, pues ya faltaste un madral, wey. -Me decía.
>> Ja, ja, ja, ja. Para dos semanas que he faltado. Además, esa pinche vieja, no sabe en donde vivo. Mejor vámonos no sea que salga algún maíro y entonces sí, no me la acabo. -Comenté con un tono irónico, pero algo asustado.
Empezamos a caminar rumbo al deportivo, santuario de los enamorados y ring de los enca...
II
>> ¡Ya llegué! -Grité, mientras se azotaba la puerta, sin chapa, que facilitaba la entrada a mi casa.
>> ¿Qué tal te fue? -Me pregunta mi madre.
>> ¡Bien! -Contesto algo asombrado, pues muy pocas veces se interesa en lo que me pasa.
>> ¿Vas a cenar o esperas a tu padre para que cenen juntos?
-Volvió a preguntar, mientras limpiaba unos cubiertos, que pondría en la mesa.
>> ¿Se celebra algo? -Pregunté, pues tanta atención me sorprende.
>> Al rato verás, claro, si te esperas. -Respondió, al momento que arreglaba las servilletas de la mesa.
>> ¡Ya que! No me queda de otra. -Le conteste, mientras me dirigía a encender el televisor.
Mi papá llegó a las 21:20 hrs. Con su chamarra en la mano izquierda y la mochila de las herramientas de trabajo en la mano derecha.
>> ¡Buenas noches! -Pregonó, al momento que aventaba las cosas a un lado de la puerta.
No cabe duda, aquí pasa algo muy raro, pues hace mucho tiempo que, mi padre, no decía esas palabras en la casa. Pensaba mientras le regresaba el saludo con un beso en la mejilla.
>> ¡Raúl, ya llegaste! -Le gritó mi madre desde la cocina.
>> ¡Traíme los huaraches, Rosa! Que estoy muy cansado. -Ordenó, mi padre, para romper con la belleza de sus primeras palabras.
>> Pasemos a la mesa, la cena ya esta servida. -Convocó mi madre.
La mesa era algo sorprendente. Encima había una botella de vino tinto Chileno, tres copas, un florero con tres rosas (una roja y dos blancas), una olla del guisado y otra de la sopa, un canasto con pan y un tazón con frijoles.
>> ¿Qué festejamos? Pues no me acuerdo, si es que se festeja algo. -Insistí de nuevo, pues aún no podía creer todo lo que veía.
>> Termina de cenar y después te digo. -Me contestó mi padre.
Yo con mi curiosidad, pero sin poder hacer nada. De esta forma transcurrió la cena.
>> Ahora sí. ¿Me van a decir que se celebra? -Volví a insistir al ver que mi padre encendía un cigarro y mi madre empezaba a levantar los trastos sucios.
>> Celebramos tu último día en esta casa. Pero no queríamos que te fueras sin una cena de despedida. -Dijo mi padre con los codos encima de la mesa y contemplando el humo de su cigarro.
Quedé pasmado. Sentí como el tiempo se detenía y me robaba el color de la cara. La sangre no me circulaba. Me puse frío de la confusión.
>> Pe... Pero ¿Por qué? -Pregunte angustiado, como reacción.
>> Y aún lo preguntas. La verdad... ya estamos cansados de ti. Así que desde mañana te vas de la casa. -Dijo mi padre, sin dar la respuesta que pedía.
>> Y... ¿A donde voy a ir? -Pregunté.
>> Eso lo debes de saber mejor tú, que nosotros, pues llevas dos semanas yéndote ¿no sé a donde? En lugar de ir a la escuela. -Dijo mi madre, desde la cocina.
>> No es cierto. -Contesté con una mentira, pues no podía permitir que me corrieran, tenía que salvarme de alguna forma.
>> ¿No es cierto? Entonces... ¿En donde estabas hoy? Porque debes de saber que fui a la escuela. Ahí me informaron que estas dado de baja. No puedes volver a la escuela, aunque quisieras, no te van a dejar entrar más. Y yo que sólo iba para darte el material que nos pediste para el taller... ¿En donde estabas? Dime. ¿Dónde estabas? No contestas porque sabes que es verdad lo que digo, sino ya te hubieras puesto al brinco. -Decía mi madre, iracunda, con un cinturón en la mano, quizás, dispuesta a cuerearme.
Yo volteaba para todos lados, como buscando la salvación, pero no había nada, en ese momento la salvación no existía, sólo el castigo, no más. Pero no agachaba la cabeza, ya que días antes había leído en un papel que me encontré, "que las personas que agachan la cabeza, se vuelven sumisas o que de esa forma aceptaban sus errores." Yo no estaba dispuesto a aceptar nada, aunque no tuviese con que refutarlo, pues si así era perdería mi lugar de residencia.
Después de un rato, asediado por los reclamos de mis padres, termine agachando la cabeza, comprendí la razón de las palabras de aquel papel, pero también miré, por vez primera, a mi espíritu muerto, asesinado, sin movimiento, aniquilado, sin esperanzas.
>> ¡Vete a dormir! Porque mañana te espera la calle. -Dijo mi padre, mientras terminaba de vaciar la botella en su copa.
Me levante de la mesa, aún con la cabeza agachada, el llanto en los ojos, que ya en varias ocasiones me había salvado, pero que esta vez no servía, pues la sentencia había sido dictaminada.
Llegue a la cama, también la habían arreglado muy bien, la esperanza de que sólo fuera una reprimenda, se convertía en algo seguro, mis padres me echaban de la casa, todo lo indicaba.
Me arrodille a un costado de la cama e hice, lo que desde mi primera comunión no hacía, rezar.
III
Las 09:47 hrs. Momento en que abrí los ojos, estoy despierto. Lo primero que veo es el techo, algo manchado y descolorido, pues se filtra el agua en tiempos de lluvias; después volteo la cabeza a la derecha, me encuentro con la silla, silla que me ha servido para dejar por las noches, todas las cosas que ando cargando durante el día en las bolsas del pantalón, y que hoy eran sustituidas por un sobre rojo y misterioso. Estire la mano para alcanzarlo, pero no me atrevo a abrirlo. Ahí esta, como todas las mañanas, encima del espejo roto, ese rayo de luz, luz que se expande por todo el cuarto y que a veces se ve triste, pues… amanece nublado, como hoy, tal parece que comprendiera mi situación y se solidarizará con mi dolor. Lo he descubierto al mover el sobre en mis manos.
No quisiera levantarme, pero tampoco puedo soportar mucho tiempo la cama, ya que soy hiperactivo, y, a la larga, los resortes del colchón me lastiman o incomodan.
Las 10:33 hrs. Ha pasado casi una hora y aviento las cobijas, viejas y mugrosas, que me han cubierto del frío por más de seis años. Me levanto. Estoy de pie. Me recreo la pupila con las paredes de mi cuarto, porque, curiosamente, yo era él único que no compartía el cuarto con alguien. Mis padres dormían en un cuarto y mis hermanos pequeños en otro. Un privilegio que perdería en unas horas. Miro a la entrada y ahí esta mi madre, como un gendarme que cuida que no se escape su preso o que no le roben nada del lugar; en su mano derecha trae una muda de ropa para mí y en la izquierda mi ultimo desayuno en una charola de plástico, que contiene un vaso de leche, una gelatina y dos sándwich.
>> Empaca lo que puedas llevarte en tu mochila de la escuela, pues es lo único que te vas a llevar de la casa, así que elige muy bien lo que vayas a meter dentro de ella. -Dijo mi madre, mientras se dirige a la cama.
>> Pero... -Lo único que alcance a decir cuando mi madre me interrumpió.
>> Nada, nada, ni reclames, porque no es mi culpa esta decisión, sino tuya. -Fueron las palabras que dijo, al momento que depositaba las cosas sobre la cama.
>> ¡Otra oportunidad! ¡Sólo otra oportunidad es lo que pido! -Una petición estúpida, que hace todo delincuente que se encuentra ante la justicia, pero que no es escuchada, igual que en mi caso.
>> Tienes hasta las ocho de la noche para irte de la casa. -Fueron las palabras que dijo mientras se dirigía a la puerta, para salir del cuarto.
Ya no pude articular ni una sola palabra de reclamo y deje que se fuera para poder pensar en lo que iba a suceder o como iba a actuar después de salir de casa.
Me coloqué en la orilla de la cama, tome la charola de comida y, desayunando, observe lo que podría cargar, sin decisión ni alternativa, pues mientras pensaba en un libro, aparecía el reloj despertador e infinidad de objetos, que no cabrían todos en la mochila. El desayuno no alcanzo para acabar de elegir las cosas, me quede con hambre, ni modo a terminar de escoger con el estomago medio-vacío.
IV
Después de desayunar, me puse a contemplar la mochila y las cosas que podían caber en ella, hasta que... me quede dormido.
A las 16:42, como por arte de magia, desperté gracias a una pesadilla que trataba sobre el estar solo en la calle, sin amigos ni dinero, sin comida ni techo, pero no fue lo único que despertó en ese momento, también lo hizo una idea no descabellada, pero si idiota, pues, sabiendo lo que me había provocado las idas de pinta, era lo único que se refugiaba en mi cerebro: irme otra vez de pinta y para siempre.
¿Por qué? No lo sé, pero creo que era para no darle gusto a mi padre de correrme de la casa y así lo proyecte.
Mi padre llego a las 18:13, ya que sabía que a las 20:00 hrs. Me echaría de la casa, pero no contaba con que yo me le adelantara, al irme para siempre, sin avisar ni cargar con nada, esta idea de irme de pinta la realizaba solo, absolutamente, solo.
A las 17:10 partí. No avise. Me fui.
Mi padre fue muy puntual e incluso se adelanto 30 segundos.
Cuando abrió la puerta de mi cuarto, me notó acostado, boca abajo, con la mano derecha estirada, pensó que dormía, pero no, yo ya me había ido, como siempre de pinta.
Se acerco por el lado donde tenía mi mano estirada con la idea de despertarme, pero no pudo ya ni pensar, pues lo que miró fue la ultima gota de sangre que caía de la muñeca de la mano y que, unos minutos antes, le perteneció a mi cuerpo.
Yo ya me había ido de pinta, sin nada, ni siquiera mi cuerpo.
Estaba muerto. |