Auca, una joven de gran belleza, hija de Yimará, rey de Yaimé, era la más preciada joya de su pueblo. Su padre, que en un principio estaba furioso con el gran Dios “Yimca” por haberle negado un primogénito varón, terminó agradeciendo al mismo Dios, a medida que la niña fue creciendo, demostrando que no sólo era bella, sino también inteligente y valiente como el mejor de los guerreros.
Única hija, la joven y morena princesa fue criada para gobernar a su pueblo y al morir su padre fue aclamada como su sucesora.
El día de su coronación, viajaron príncipes de otros pueblos a rendirle honores, portando maravillosos obsequios para la joven Reina indígena. Ella recibía las salutaciones con un dejo de melancolía, fruto de la tristeza por la pérdida de su amado padre y la inminente responsabilidad de gobernar su pueblo.
De pronto, una efigie que acarreaban esclavos del reino Kamdú, botín de alguna de sus expediciones, fue colocada frente a ella. Un magnífico joven esculpido en blanco mármol, un varón distinto a todos los conocidos por ella, de hidalgo porte y con un rostro perfecto. Se acercó conmocionada y acarició con su grácil mano morena la admirable figura, que le semejó divina, sintiendo que su corazón se estremecía de un gozo jamás imaginado.
Turbada, corrió hacia sus habitaciones, ante la extrañeza de pueblo e invitados.
A la noche, una broncínea figura desnuda y anhelante se acercó a la estatua solitaria. Apasionada se abrazó intensamente a ella y mientras posaba sus ardientes labios en la marmórea boca, rogó a los dioses del amor permitieran su unión, dándole vida a ese otro Dios que la había enamorado, jurando no abandonar nunca su pueblo.
Cuenta la leyenda que en el monte más alto de la tierra Yaimé anidaron un águila blanca y su hembra, negra y altiva como una reina, creando una estirpe eterna que vigila el reino desde los cielos.
María Magdalena
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