TRIVIALIDADES FILOSÓFICAS DEL OCIO
-Por favor, deja ya de cantar –le pide, tendido en su sofá, sufriendo tremenda resaca, un filósofo de tendencia heterodoxa al contador de historias; mientras éste bebe, sin prisa, los restos de una botella de aquél.
-No veo en qué te moleste mi canto –contesta el contador de historias, recostado en la alfombra, con la cabeza recargada en la parte baja de un sillón, de frente al filósofo; observando con parsimonia el ventanal de la sala que deja ver el tibio crepúsculo de la ciudad-, si tú mejor que nadie sabe que la verdadera música es la que sueña cualquier escritor que se precie de serlo; pero al despertar, le es imposible concebirla. En esto radica mi canto, ¡llamo a mi mejor estrofa!
-Como siempre, confundes los conceptos –lo increpa el filósofo-. La materia prima de la música es el sonido; de la pintura, por ejemplo, el color. Respecto a la literatura, lo es la letra, el elemento más impersonal de cuantos hay; pero combinadas entre sí, las letras son capaces de conjugar el matiz más sutil en una entonación única, que tú mismo podrías idear, no sólo despierto, sino en tu sano juicio. He ahí por qué el héroe verdadero interpreta su acto heroico como paz en un nivel elemental; en esto radica su sencillez de anonimato.
-¿Me quieres dar a entender –voltea a ver al filósofo, con mirada inquisitiva-, por una parte, que un artista se traiciona a sí mismo, ejerciendo su labor con un vaso de vino a su lado, creyendo que es una falsa ensoñación lo que el elixir le obsequia; y por otra parte, independientemente de lo anterior, que la heroicidad literaria es una farsa? Toma en cuenta que la más precavida abstención puede resultar, en muy exclusivos casos, la menos apropiada medida preventiva, en nombre del arte; cuando de lo que se trata es de lograrlo todo, sin que se perciba la más mínima altisonancia del alma. La intimidad del creador contiene su propia verdad; el todo, sostenido por lo mínimo.
-Siempre y cuando –alega el filósofo-, de lo íntimo no rescate su vanidad. Cuando así sucede, por lo general, da como resultado una historia vacía, perfectamente descrita. La nada, sostenida por un pretexto de trascendencia personal.
-Tan profundamente vacía que terminará narrando eso que tú has llamado “sencillez de anonimato” –se defiende el contador de historias.
-¡Ja! Cómo te gusta tergiversar las cosas –reacomoda el filósofo su pesadez de ánimo en el sofá; ese terrible dolor de cabeza sobre su mano izquierda-. La fonética, aunque no lo creas, también te la puede dictar una mala ortografía. Por ejemplo, si corriges la forma, y por puro accidente, llegas a modificar el fondo, quizás con el tiempo te toparías, por puro accidente de soberbia, con los dos apellidos que poseyó Cristo, en cualquier vocablo demasiado rebuscado, por culpa de la exageración de tu estilismo, intentando rescatar la palabra clave, o al llamar a tu mejor estrofa, en uno de tantos pasajes seudo-mitológicos, que más bien serán invención de tu mente.
-Lo que acabas de decir –afirma el contador de historias; entretanto descorcha otra botella del filósofo, a espaldas de éste- es el más grande absurdo que te he escuchado en mucho tiempo. Tu punto de vista equivale a adivinar la posición exacta, la ubicación perfecta, sin el mínimo error, en que quedaría una piedra, luego de aventarla al azar; analizando, hasta el límite posible, variables como la velocidad del viento a la hora de lanzarla; o las características del terreno, su desnivel; la fuerza y colocación exacta del brazo y hasta de los dedos de la mano. En fin, creo que tu divagación fue bastante lejos, sin sentido alguno.
-La literatura es el reflejo de la vida real –arremete, precavido, el filósofo; sin importarle la respuesta de su acompañante-, por muy abstracta que la primera sea, o por muy fantasiosa que resulte tu cotidianeidad. Pero el mundo es, en su fundamento, un accidente, desde el momento en que lo moldean los que se atreven a hacerlo; un azar absoluto que le ordena el fondo al resto; y por pura consecuencia, la forma que han de asumir. Aquí es donde estriba la diferencia; el mundo, que es la sencillez de anonimato de un percance auténtico, verídico, incluso fortuito, innegable; a cambio de tus borrascas de suntuosidad, simple agitación principesca. Estoy seguro de que en algún rincón del planeta –el filósofo intenta darle otra entonación al debate-, en este preciso momento se está comenzando a formar, quizás en el corazón del Congo, escondido de la vida real, pero no del mundo, un fósil, al menos uno, sin importar que sea animal o vegetal. Esto significa que la historia de la humanidad apenas balbucea; y no te atrevas a negar que mi teoría puede ser factible, independientemente de cualquier certidumbre. ¿Ahora entiendes por qué, si corrigieras la forma de tus caprichos, que representa el accidente, el mundo; y aunque suene contradictorio, por pura casualidad modificas el fondo, o sea, el reflejo real de la vida, terminarías topándote con el inicio, quizás con el germen de una historia exquisita, pero narrada entre mil peripecias concretas?
-Siguiendo tu lógica de locos –responde el contador de historias, sentado ahora sobre el mismo sillón donde minutos antes descansaba su cabeza, al mismo nivel del filósofo, quien luce bastante demacrado; dándole un buen trago al vino de su vaso; mientras termina de analizar el embrollo que el filósofo acaba de tenderle a sus pies-; ¡y mira que se supone que yo soy el loco!... Bien, si el reflejo de un cuerpo cualquiera –toma ánimo, esperando responder a la altura de las circunstancias- depende únicamente de un ángulo específico, este hecho da a entender que la esencia, el germen de cualquier accidente puede ser caleidoscópico; interpretando como accidente, en potencia, a cada ángulo posible de dicho reflejo, hasta el simple hecho de aventar una piedra contra un cristal –dirige de nuevo, simulado, la mirada hacia el ventanal de la sala; mientras se rasca, contemplativo e indiferente, la entrepierna-. Por lo tanto, si estás de acuerdo, da lo mismo corregir el mundo, el accidente, la forma, con el fin de moldear una historia exquisita, si para esto nos vamos a basar en un estilo no fantasioso, ni siquiera excitando la emoción mínima.
-Cualquier persona entiende y acepta que suceden accidentes a diario –parecen hablar los ojos enrojecidos del filósofo; encontrando al instante los del contador de historias, quien lo escucha atento, un poco ebrio-, de toda clase, en cualquier parte, incluso tan sutiles como mi fresco fósil, que desde hace tantos años cuido con esmero en mi cohibida imaginación; pero absolutamente nadie llega a creer esto en su particular vida real, en su propia verdad de “ver para creer”, hasta que presencien o sufran el accidente en carne propia; lo que provocará, a la vez, que su visión del mundo se moldee en un azar absoluto.
-Como buen filósofo, comienzas a contradecirte; bien sabes que esto que digo es un punto a tu favor, incluso un halago; a pesar de la resaca que te está matando. Lo que acabo de escuchar ha sido tu mejor estrofa, porque casi fue poesía. Letras con sonido y hasta coloridas en entonación única. Algo así como la síntesis cierta, la paradoja de una historia, tu mejor antítesis, como si hablara tu otro yo –el filósofo necesita un poco de vino para sentirse mejor; pero su orgullo se abstiene. Opta por seguir escuchando al contador de historias-. Acaso la visión de tu mundo también es susceptible al cambio.
-Siempre y cuando sea en sencillez de anonimato –apenas logra hilar palabra el filósofo, con la lengua seca.
-Más bien, partiendo de tu trillada sencillez de anonimato, como te lo ordena la razón, y hasta el embrollo de tus reflexiones, que, a pesar de todo, en ningún momento se han salido del más elemental juicio. Pero toma en cuenta una cosa; si me respondes, a partir de este momento, es muy probable que nuestras posturas logren un punto de equilibrio, en nombre del arte, que es lo que ambos defendemos en el fondo. Se unirán, incluso, sin la más mínima altisonancia, tomando en cuenta la infinita probabilidad de formas que puede tomar un accidente cualquiera, aunado al azar absoluto que modificaría la vida de quien lo sufriese; sin olvidar una constante de gran importancia: un vaso de vino para aclarar un poco la pasmosa realidad, después de la peripecia, que incluso podría transformarse en catástrofe.
-Y de esta manera resurgirá tu vanidad, creyendo cometer un acto heroico –le es insoportable el malestar al filósofo; pero sigue-; en ese momento, pensarás experimentar una paz en su nivel elemental al escribir sensualidades. ¿Por qué no me hablas, mejor, de tu “verdadera verdad”? –ejecutando un acto de la más cristalina heroicidad, el filósofo se sienta sobre el sofá, sintiendo que cada uno de sus huesos se le reacomodan al revés.
-Para ti –reta al filósofo-, mi más profunda verdad no dejará de ser, nunca, más que falacias perfectibles. La heroicidad también sabe pintarse de invisible colorido, en lenguaje camuflado, para quien el anonimato no es más que un seudónimo, como pretexto de originalidad. Ésta es mi estrategia; pero se necesita una imaginación fuera de toda filosofía para entenderla.
-En ese caso, ¡puta madre! ¡sírveme vino! Ya me cansé de tus accidentes sin sentido. Quizás al rato encuentres el teléfono de Cristo en la guía telefónica. Reconozco que el estilismo de la filosofía, del fondo de la filosofía, se refleja, a menudo, antes de que termine de darle forma en mi mente.
-De algo estoy seguro –afirma el contador de historias, sin poder levantarse del sillón; mientras el filósofo comienza a sentir que el alma le vuelve al cuerpo-, tú y yo nos atrevemos a escribir el accidental esbozo de distintas realidades, al menos hipotéticas; independientemente del azar absoluto; acaso creadores de nuestra particular mitología caleidoscópica; interpretando a la vida real, incluso al mundo, como accidentes, y al mismo tiempo, reflejo polarizado que necesita una vuelta de tuerca de vez en cuando, de generación en generación; que la realidad suele ser un sueño cada vez que sucede un accidente. Pero ya estoy borracho. Dime tú, ¿qué resumimos de todo esto? ¡Vámonos a un bar!, donde al menos el accidente contenga matices en su estruendo.
-Anda, vuelve a tu canto. Dejemos al azar quién aventará primero su vaso contra el ventanal; pero primero, descorcha otra botella. La estrategia del accidente es su silencio...
Al amanecer, el filósofo cantaba. El contador de historias, dispuesto a remediar su error, pedía otra remesa de vino; sin explicarse por qué el sujeto al teléfono le era tan familiar. Sabe que en unas horas más se reinvertirán los papeles, dispuestos los dos a pasar por incógnitos, pero nunca ignorados.
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