Clarisa no era más que una mujer. Treinta y tantos y aun soltera, pero no se acomplejaba por ello.
Una noche calida de noviembre se acostó en su cama a las 23.30, como era rutina, luego de mirar por TV la novela de Echara... Tapada solo con una sabana, se sumió en un sueño superficial...
Antes de dormirse, Clarisa había pensado en que al día siguiente debía hacerse su examen ginecológico... Así el cansancio fue desmenuzando su razón convirtiendo sus ideas en absurdas composiciones.
De repente se encontró sentada en un banco de la plaza San Martín, estaba rodeada de palomas blancas como la nieve. Ella las alimentaba, y cada vez había menos palomas; les daba aun más migajas, pero, en vez de acercarse más aves, se morían las pobrecitas que ahí estaban. Ahora estaba rodeada de blancas palomitas, pero todas muertas, regadas a su alrededor.
Clarisa se aterrorizo, se levanto del banco en el que estaba y comenzó a caminar. Llego al pie de la estatua de San Martín montado en su caballo que había en el centro de la plaza...
-¡Mamá!- se escucho a lo lejos-¡Mamita!- la voz era la de un niño pequeñito- ¡Mami!¿Donde estas mamá?
La voz se escuchaba cada vez mas cerca, y también se oían los sollozos del infante. Clarisa agudizo sus sentidos ¿De donde provenía aquella vocecita tan dulce, tan triste? La llego a sentir tan cerca, que creyó que brotaba de su pecho.
Apareció detrás de la estatua del prócer la fuente del sonido: el niño se asomo tímidamente, aun sollozando y con sus ojitos húmedos; estaba vestido con una camisa blanca, que le quedaba demasiado holgada. Su contextura física era la de un niño de dos años; su pelo era castaño y con rulitos bien definidos y ojos negros como el carbón.
Clarisa se le acerco, en su corazón reinaba la angustia y el dolor.
-Mamita- comenzó a sollozar el pequeño- ¿Donde te habías metido? Te busque por todo el cielo, pero no estabas. Te busque entre las flores, pero no aparecías. Estoy tan solito, mami ¡Tan solito! ¿Has venido a llevarme a casa?
Escuchando estas palabras, Clarisa se fue alejando del niño, se fue caminando sin mirarlo. De pronto sintió una puntada en su vientre, y cuando pudo darse cuenta, se vio empapada en sangre. Todo se torno oscuro, Clarisa no podía ver más allá de su nariz.
-¡Mamá! ¡Mamita bonita, no me dejes!- el niño no paraba de llorar.
Clarisa quiso protegerlo, lo buscaba pero no lo hallaba, su vocecita salía de todos lados.
-¡Hijo!- grito ella mientras un terrible dolor le retorcía su vientre. Callo de rodillas, no podía ver más nada...
Despertó sobresaltada. Estaba transpirada, y creyó sentir aun aquel dolor. Se sentó en su cama, las sabanas tenían sangre, al igual que su camisón.
No hizo otra cosa mas que llorar hasta que llego el amanecer, explotándose las venas, ahogándose en la culpa de no haberle permitido a ese pequeño a conocer la luz de la vida.
Clarisa no concurrió a su cita con el ginecólogo...
..Maria Josefina Crembil..
|