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Inicio / Cuenteros Locales / EVERO / La cueva de los libros

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En un pueblecito de apenas trescientos habitantes, ocurrió algo que se acercó a un sueño, y que para muchos, como tal les pareció al pasar de los años. Aquel día comenzaba la primavera, y el profesor propuso a sus alumnos salir al campo. Una excursión al bosque de los centenarios robles.

-"Id a casa y que os preparen un bocadillo, y de aquí a media hora quedamos en el camino de los muros de piedra". Dijo el maestro.



Así pues, todos los muchachos salieron corriendo y contentos volaron hacia sus casas, para al poco rato, estar todos esperando la llegada del profesor. Canciones alegres se confundían con el canto de los pájaros y el sonido producido por el movimiento de los árboles mecidos por la suave brisa.Tras una hora larga de caminata, se encontraban en un claro del bosque, y juegos variados y tan antiguos como los más ancianos del lugar, sirvieron de distracción a los niños. Estirar de una cuerda, el pañuelo, el escondecucas, y luego, " A la una andaba la mula". Eran juegos divertidos y que además obligaban a los niños a adaptarse a sus compañeros, y sin darse cuenta ni cansarse hacían ejercicio. Cuando más distraídos estaban los chavales, un viento huracanado de tormenta, que provenía del otro lado de las montañas, arremetió contra los formidables y frondosos árboles, que parecía iban a ser arrancados de cuajo. Rápidamente la tormenta descargó, cuando apenas llevaban diez minutos de vuelta a casa sorprendidos por la inusitada rapidez del temporal. El profesor había estado por allí varias veces, y recordaba vagamente la existencia de una vieja casa. Pronto la avistaron y al llegar a ella comprobaron que estaba adosada a un gran peñasco, y que prácticamente lo único que tenía de casa era la fachada, pues todo lo demás estaba horadado en la roca. Entraron y encendieron fuego en el hogar, que parecía haber sido utilizado recientemente por alguien, tal vez un cazador a tenor de los cartuchos encontrados esparcidos por el suelo. Los niños, ya empapados, se quitaron los vestidos y procuraron secarlos al calor del fuego mientras echaban una ojeada a aquel lugar tan extraño. Quiso la suerte que un niño que se apoyaba en la oscura pared provocase una especie de movimiento en los minerales y quedase al descubierto una especie de puerta... El maestro se acercó acompañado de todos los demás muchachos y se detuvieron en el apartado rincón. Pasó la mano varias veces, sin encontrar un saliente del cual estirar para abrir aquello, si es que era una puerta. Un alumno, que gustaba de leer libros de aventuras, intuyó que debía existir un punto, donde presionando con el dedo se abriese. Y así fue. El profesor apenas tocó el puntito disimulado en una cavidad de la roca, y aquel misterioso artefacto se movió hacia un lado dejando una pequeña entrada. Colocaron una gran piedra apoyada en la puerta para que no se cerrase, y con una tea encendida comenzaron a descender por las escaleras, que podría decirse estaban relucientes.

Al llegar a un pequeño rellano, una gran sala comenzó a iluminarse.Procedía la luz de un prisma situado en el techo; y desde allí viajaban varios haces de colores hasta diversos espejos que de nuevo coincidían con otros rayos, dando como resultado varios haces de luz de un blanco intenso, y estos a su vez se aglutinaban en una esfera en el centro de la sala que iluminaba con gran intensidad. Aquello... era lo más grande que habían visto en su vida, y se extendían ante ellos estanterías de libros que desaparecían allá a lo lejos, y que aproximadamente tenían de altas unos seis metros. Todo estaba perfectamente conservado, no habiendo ni una mota de polvo, ni siquiera en el suelo.

-No toquéis nada - advirtió el profesor- quien con sumo cuidado ojeó alguno de los libros. Eran signos incomprensibles y hechos de un material extraño. Ningún niño se atrevió a desobedecer a su profesor.............





Todos... excepto Andrés, quien más que apoderarse del libro, fue este quien cogió a Andrés. Lo cierto es que estiró la mano hacia un librito muy pequeño atraído irresistiblemente. Y antes de darse cuenta de lo que hacía, ya lo tenía dentro de su camisa y silbó para disimular. Transcurridos unos minutos, el maestro avisó a los niños de que era el momento de partir, y salieron con mucho cuidado de aquella increíble biblioteca. Cerraron la puerta y partieron hacia el pueblo, pues la tormenta había llegado a su fin. Pronto la noticia corrió de boca en boca, hasta llegar a la ciudad más próxima, y una caterva de buscadores de dinero llegaron hasta allí y convencieron al profesor y a algunos chavales para que les condujesen al lugar, argumentando que el bien de la humanidad estaba en juego, y que aquel hallazgo debía ser patrimonio de todos los hombres para aumentar su caudal de conocimiento. Sus palabras eran de amabilidad hacia el mundo, pero sus corazones ardían por el dinero que podían sacar, por lo menos hasta que el gobierno tomase cartas en el asunto. Para entonces, ellos ya habrían desvalijado aquella cueva.

El profesor se encontró en una situación comprometida. Intuía el valor que tenían aquellos tratados tan antiguos. Mucho más que cualquier tesoro de de oro y piedras preciosas. Y preocupándole que aquellas personas no hiciesen el uso debido, escribió una carta detallando los hechos al Ministerio de Cultura, y tras varias semanas de espera, recibió la contestación.



-"Muy señor nuestro, estamos muy ocupados, no obstante dentro de dos meses, es probable que enviemos a alguien de nuestras oficinas e indague sobre la veracidad del asunto."



El profesor estaba confuso, pues no es tan sencillo leer en el corazón de las personas, sino cuando los hechos delatan sus sentimientos, y todos aquellos interesados en la cueva aparentaba ser eruditos y de gran caballerosidad. Por otro lado, se había intentado que algunos conocedores de la zona, e incluso acompañados de los niños que habían estado en la cueva, encontrar la casa, y la cueva. Pero de esta última no habían hallado ni rastro. El tiempo transcurría, y el profesor no recibía noticias del Ministerio. Así que acosado por los periodistas y algunos de aquellos eruditos, tomó la decisión de llevarles el mismo en persona hasta aquel lugar. Algo entristecido por la respuesta de sus superiores, o más bien por la evasiva, partió hacia la casa. Cuando llegaron, los bondadosos y altruistas acompañantes, casi le dan una paliza:

-Pero bueno, es que nos quiere usted tomar el pelo - gritaron furiosos los eruditos -. Aquí ya nos han traído algunos de sus muchachos y no hemos encontrado nada.



El profesor sorprendido, les aseguró que ese era el lugar, y casi brutalmente entraron en la casa, y si que era cierto que estaba excavada en la cueva, pero allí no había ningún saliente, ni nada de nada, y es más, ciertos personajes sin el menor escrúpulo había utilizado taladros para perforar las paredes, sin el más mínimo éxito. El maestro, repasó la pared, y no había ni la más leve señal de la puerta. Aturdido tuvo que oír toda clase de improperios, tachándole de embustero y embaucador, pero a la vez una lucecita de alegría brillaba en su buen corazón. Cuando salieron todos, echó una última ojeada, y ahora si que estaba la ranura. Comprendió que era algo extraño y maravilloso, y que no se debía divulgar. Salió haciéndose el atolondrado.

Los amantes del dinero enjugaron su desencanto con carcajadas irónicas:

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!, Ya decíamos nosotros que esta historia tenía todas las características de un fraude, y una gran dosis de superstición, que como es natural habíamos venido a constatar. Son sencillamente unos retrasados culturalmente. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!





Todos regresaron a su ciudad donde todavía fueron capaces de sacar artículos acerca de la incultura y superstición de los pueblos.Los años apenas dejaron constatación de los hechos, y permaneció en la memoria del pueblo como una lejana leyenda o un extraño sueño.Pero la realidad para Andrés era muy distinta.Tenía en sus manos la prueba de que todo lo ocurrido había sido muy real. Aquel librito le había dado muchos quebraderos de cabeza, pero no por ello se cansó de mirar y remirar sus signos. Había algo que le atraía de aquel manuscrito, y muchos días se dormía con entre sus manos.

-¿Por qué causa miraba aquellos signos que no le decían nada?- se preguntó a sí mismo.

-¿Por qué causa se había visto obligado a robarlo de las hermosas estanterías?

-¿Por qué motivo no se cansaba y hartaba de mirarlo?



Con el tiempo todas aquellas preguntas, fueron respondiéndose. Simplemente al palplarlo con sus manos, podía percibir un bienestar que hasta entonces no había podido tener. Era como si el libro le transmitiese una brisa que le atravesaba. Comenzaba a sentirse concentrado y preclaro, él, que siempre había sido el más despistado y descuidado de sus compañeros. Siguió estudiando los grabados, hasta llegar una época en la que todo carecía de significado. Estando en esta etapa y cuando tenía aproximadamente doce años de edad le ocurrió algo muy curioso. Miraba un grabado y por su cerebro y de manera muy rápida comenzaban a pasar mil imágenes. En ellas veía - lo que comprendió mas tarde- la evolución de nuestro universo, como si fuese un cuento inventado por el mismo. Dudaba si era cierto que lo había visto, o simplemente era imaginación. Porque a veces surge una pregunta curiosa:



¿Cuándo una persona cierra los ojos, o a veces no los cierra y ve una cosa que no ha visto nunca, qué es en realidad?

¿Es una imagen compuesta de experiencias anteriores, o su cerebro ha sido capaz de registrar algo que realmente es?





Fuera como fuese, adquirió la facultad de visualizar escenas y más escenas en un desarrollo lógico a partir de un simple grabado. Adquirió conocimientos ingentes, y no se conformó con eso, sino que practicó lo estudiado, y llegó a confirmar algunas cosas. Y además sintió que no podía quedarse todo lo conseguido para el solo. Puesto que conocía el origen real del fuego y los incendios, compuso una canción que detenía el avance de una llama que devastaba un bosque, siendo esta una aportación muy importante, pues los incendios amenazaban con asolar la tierra. Con otro canto podía atraer la lluvia benéfica para las sufrientes y sedientas plantas.Pero lo más notable, creemos nosotros, fue la composición de una melodía que entonada a determinadas horas hacía ver a través de las cortinas de la ilusión en que vivimos los humanos, y aparecía el mundo de los espíritus y la belleza del cielo así como la tristeza de otros lugares. Los humanos, tan vapuleados a través del tiempo, por la duda en el más allá, comenzaron a comprender las cosas que les rodeaban y la relación entre todas ellas y entre todos los seres.

Andrés llegó a los cien años y aun se sentía joven y despierto cuando le llamó la cueva. En un día de primavera, el primero, tal y como había ocurrido anteriormente, caminó hacia el lugar. Toda belleza que se pueda describir, no es sino meras sombras de aquel momento. Caminaba Andrés, con tranquilidad, armonía y encanto, fruto de tantos y tantos años de sufrimientos y trabajos, era lo que se llama el cuarto rayo de armonía y belleza a través del sufrimiento. Subió los peldaños hacia la fachada, con la elegancia de un espíritu sublime, y sin titubearlo encontró el dispositivo de entrada. Cruzó el umbral y la puerta se cerró sola. La paz del lugar se adueñó de él, y después de observar todas las cosas detenidamente, volvió a colocar el librito en su sitio. La esfera blanca aumentó su luminosidad hasta envolverle. Su cuerpo se hizo ligero, y el velo que separaba el mundo físico-denso del espiritual se abrió, y Andrés fu recibido con el amor que se da a un recién nacido.La cueva quedó a oscuras esperando un nuevo ser humano digno de coger un nuevo libro y una época en la que fuese necesario.

Texto agregado el 17-04-2008, y leído por 12 visitantes. (0 votos)


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