Había una vez una mariposa que vivía con su mamá y su papá en una casa bonita.
Un día, la mamá le dijo: -Mariposita, andá al baño y lavate las manos y la cara porque vamos a tomar la sopa
-¡No, no quiero lavarme!- dijo enérgicamente la mariposita.
-Mirá que es la sopa de zapallo con fideitos que a vos te gusta tanto -agregó la mamá.
-¡No quiero, no quiero y no quiero!- dijo otra vez la mariposita, mientras emprendía un vuelo zigzagueante a través de la ventana del comedor.
-¡Qué cosa con esta nena! Irse a pasear ahora justo que está caliente la sopa.
La mariposita voló, voló, y voló. Encontró un charco de barro y chapoteó. Después pasó por un arenero y se revolcó.
De pronto, se empezó a sentir cada vez más cansada. Poco a poco se le pasó el capricho y decidió volver a tomar la sopa.
-¡Qué rico olor tenía!- se acordaba. Seguro que la mamá le había puesto todas las verduras que a ella tanto le gustaban.
-¿Y zanahoria? ¿Tendría zanahoria?- Seguro que sí, porque su mamá no se olvidaba de nada.
Con el enojo no se dio cuenta de todo lo que se había alejado de su casa.
La mariposita miró para un lado, miró para el otro, y no se acordó por donde había venido.
El sol se iba escondiendo despacio y las estrellas comenzaban a brillar una a una en el cielo azul.
La mariposita se empezó a asustar un poco. Si llegaba la noche y se ponía todo cada vez más oscuro, ¿cómo iba a encontrar el camino para volver a casa?
Tenía los ojos negros grandes bien abiertos y brillantes, y casi se asomaba una lagrimita, cuando se le acercó un bichito de luz chiquitito, chiquitito.
El bichito, cuando la vio tan sucia se rió - ¡Ji, ji, ji!, parecés una milanesa con ojitos.
-No soy una milanesa, soy una MA-RI-PO-SA.
-¿Y porqué estás tan sucia?- le preguntó el bichito.
-Porque volé mucho, me llené de barro y me salpiqué con arena, y ahora quiero ir a mi casa a lavarme y a tomar la sopa que me hizo mi mamá. Pero se hizo de noche, está todo oscuro y yo no sé volver solita.
-¡Guaaaaaa!- empezó a llorar la mariposita.
-No te preocupes- dijo el bichito. -¿Sabés?, yo tengo una familia muy grande. Tengo una mamá, un papá, muchísimos hermanos y también tíos y primos. Si los llamamos a todos y les pedimos ayuda, te podremos acompañar. Y como somos bichitos de luz, todos iluminaremos el camino
-¿De verdad?- dijo la mariposita, y antes que agregara nada más, ya estaba toda la familia de bichito formando una gran fila, preparados para acompañar a mariposita.
Los bichitos todos juntos parecían un solcito.
La mariposita iba con ellos. Volaron un rato y enseguida encontraron el lugar donde ella vivía.
La mamá, al ver tanta luz, se asomó por la ventana.
-¡Ay que suerte que me trajeron a mi hijita! Apurate, todavía no se enfrió la sopa.
La mamá le preparó un baño tibio, le puso mucho jabón y champú, y la bañó toda, toda.
- ¡Qué linda que estás ahora! -dijo el papá.
La mariposita se miró al espejo y no lo podía creer, la mamá la había dejado preciosa.
-¡Perdoname mamita! Tenés razón ¡Qué bueno es estar limpia para comer!- La abrazó bien fuerte, y le dio muchos besos ruidosos.
-Bueno, bueno- dijo la mamá, -¡Ahora a comer!-, y puso en la mesa un montón de platos, uno al lado del otro, para los bichitos.
Todos se sentaron y comieron la sopa.
Estaban tan contentos que parecía una fiesta.
-¡Gracias! -decía mamá mariposa, -por haberme traído a mi hijita.
-¡Gracias!- decían los bichitos, -hacía tiempo que no comíamos una sopa tan rica. ¡Qué bien que la pasamos todos juntos!
-Pueden volver cuando quieran- dijo mamá mariposa.
Y desde ese día, la mariposita siempre se lavó las manos y la cara antes de ir a comer, y le empezaron a decir la mariposita limpita.
Y desde entonces, los bichitos y las mariposas se hicieron tan amigos, que cada tanto se reúnen a comer una rica sopa que mamá mariposa prepara con verduras, fideitos y muchísimo cariño.
María Mercedes Córdoba
"La Mariposa Roñosa"
Ediciones Agón ISBN 950-567-338-8
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