Estimados miembros de las familias Calliphoridae, Sarcophagidae, Necróphorus, Muscidae , Dermestidae, Silphidae, Muscina y Chrysomyia; anélidos saprófitos y organismos necrófagos en general:
Sepan que estas líneas son un puente tendido entre nosotros, son el vínculo de una comunicación unidireccional con quienes nunca llegaré a ver.
Sepan también que ésta esquela ayuna de cualquier tipo de rencor hacia ustedes. ¿Qué encono podría yo tener con tan bellas criaturitas de Dios que se presentan por generación espontánea a retozar alegremente entre mis despojos cárnicos?. Ninguno.
Sepan que, estando aún en vida, he sido víctima de parásitos tanto peores que han comido de mí descaradamente: hombres obesos, medios antropoides y medios gusanos, petulantes y embusteros, demagogos y farsantes, carroñeros de la dignidad, lenguaraces de pacotilla, mercaderes del engaño que destilan sebo y alcohol por sus poros.
En cambio ustedes, ustedes me llenan de honra –inmerecida por cierto– eligiendo mi insignificante anatomía para fundar vuestra patria, para hacer de los restos corpóreos de este humilde servidor nada menos que su propio universo. Yo, que apenas he significado algo para unos pocos, seré de repente todo, absolutamente todo para ustedes, mis miles de habitantes post mortem.
Quisieron las antojadizas leyes de esta realidad que no podamos conocernos, que una barrera infranqueable y necesaria de tiempos desfasados nos separe, que mi existencia termine donde comienza la de ustedes, que mi muerte sea la causa de su vida.
Sepan que no por ello dejaré de considerarlos entre mis afectos más preciados, más cercanos.
Serán carne de mi carne, serán mis últimas y anónimas mascotitas; nunca tan últimas, nunca tan mías.
Sepan ustedes, mis distinguidos comensales, – y esto lo digo literalmente hablando– que hallarán en mi ser un menú de lo mas refinado.
Les aguarda una primer entrada de penas remojadas en salmuera de lágrimas, de mis lágrimas. Es una sutil conserva de gourmet que los habrá de deleitar, un manjar sublime cuya cosecha, maceración y añejamiento me ha demandado casi toda la vida.
Para quitar ese dejo salado que de seguro les ha de remanar en el paladar, nada mejor que unos bocadillos amargos, bien amargos: Traiciones en su hiel, es decir en la mía. Es ésta una especialidad culinaria cuya autoría no me adjudico, reconociendo que es en su totalidad obra de algunos de mis mas íntimos allegados. Es mi deseo que su deglución y digestión les resulte tanto mas fácil que a mí.
El plato fuerte es nada menos que desesperanzas en salsa ácida, una acidez agria que quema dentro del pecho, que desbarranca las ilusiones en el abismo de la resignación, en la certeza del tiempo que se va tiñendo de fracasos.
La dulce sensación del enamoramiento será el postre de este banquete. Se trata de una delicadeza sublime, del mas preciado de los manjares, una sutileza exigua que eleva el alma y reconforta el espíritu; un verdadero bocatto di cardinalle, una extraña confitura de receta misteriosa y escasa cantidad, una minucia que, al igual que yo, no podrán repetir nunca más.
Un cóctel tibio de caricias y orgasmos será el broche de oro de éste festín. Por unos eternos segundos sus cuerpos vermiformes van a vibrar de estremecimiento cual diapasones en resonancia; sus epitelios axiales y concéntricos van a sentirse desfallecer de pasión en una escala ascendente de rítmicos estertores. Luego van a creer morir y revivir en una rápida sucesión de jadeos disonantes hasta caer por fin exhaustos y sin aliento, hasta caer por fin plenos de placer y paz.
Y aquí termina mi legado de afectos. Luego, también a ustedes les llegará el fin.
Espero haber estado a la altura de las circunstancias y haberme desenvuelto como un amable anfitrión con mis huéspedes mas íntimos.
Sepan que ha sido un placer recibirlos como solo ustedes se lo merecen. Si notan cierto gesto de hostilidad en mi rostro, no se dejen engañar, es solo efecto del rictus mortis.
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