Tengo un peluche parlante. Hasta aquí todo bien. El problema es que sobreactúa algo. Se hace la víctima continuamente.
No es extraño (bueno, entiéndanme, sí que lo es, pero he acabado acostumbrándome) que me despierten en plena noche golpes en el suelo, para descubrirle ahí, de rodillas. Golpeando el suelo. Gritando "Dame un abrazo".
Se raja las muñecas (si las tuviera, vamos), recordándome (a gritos también, por supuesto) "Eres mi mejor amigo". Lleno está el suelo de ese relleno esponjoso.
Y nunca sé si llora de alegría o de tristeza. Tengo el alma llena de lágrimas. Lágrimas de peluche. |