LA VOZ
La voz del migrante, la que debería de escucharse potente como el trueno que anuncia la tempestad y ser cegadora como el rayo que acompaña a la tormenta, pero que desde el vagido es brutalmente acallada por el hambre y la miseria.
Esa voz de miles, en su mayoría campesinos e indígenas que fueron perdiendo lastimosamente la fuerza y la dignidad en el ejercicio inicuo de suplicarle al altísimo que se apiade de ellos y en pedirle a un gobierno insensible que mejore sus condiciones de vida o al menos que les facilite los medios para trabajar sus tierras.
Esa voz que se quiebra hasta ahogarse en el pecho al despedirse de la mujer, los hijos, la familia, los amigos, la tierra y del país donde tuvieron la desgracia de haber nacido.
Aquella voz que se reprime en un sollozo de desconsuelo cuando al trasponer la línea fronteriza empieza a sentirse como un indeseable más para el gobierno del país donde está ingresando como ilegal y en un indeseable menos para el gobierno que por criminal omisión de su responsabilidad los empujo a emigrar.
La misma voz que se convierte en un susurro medroso en la oscuridad del desierto para no ser descubiertos por la jauría canina y luego perseguidos, acorralados, capturados, vejados y hasta asesinados por la jauría humana que es mucho más salvaje y cruel que la de los perros; lo mismo los que están investidos de autoridad, que aquellos que encubiertos en un falso nacionalismo sólo muestran con sus actos un alto grado de inhumanidad y que su raza es genéticamente proclive al crimen y a la discriminación racial.
Luego esa voz convertida en un silencio ominoso se mezclará en las grandes ciudades, -desconocidas por ser ajenas- con miles de voces en otros idiomas, con otros silencios forzados como el de ellos y con infinidad de ruidos hasta llegar a ser parte importante del palpitar de la gran nación que explota su fuerza de trabajo pero que políticamente los ignora.
Sólo en arrebatos imprudentes las voces de los olvidados, de los perseguidos, alcanzan altos grados de decibeles: ¡VIVA MEXICO! gritan eufóricos y a todo pulmón los 15 de septiembre por la noche, después, lleno el estomago de todo lo que tenga sabor a su patria, terminar borrachos de nostalgia y de tequila. También esas voces en un desahogo tan pueril como necesario, se transforman en un coro multitudinario que instintivamente cobra uniformidad al grito de ¡GOOOOOOOOOOO! en los juegos donde participa su amada selección de fútbol; no importa que al final otra derrota se engarce a la larga cadena de fracasos futboleros, y lo que debería ser una distracción lúdica termine siendo otra dolorosa experiencia colectiva.
Por supuesto que la voz del migrante también se puede convertir en escuetas palabras escritas, palabras reducidas a la brevedad que impone el sistema de envío de divisas, tal vez un saludo, “los amo”, posiblemente un “los extraño”, cualquier cosa, lo importante es la cantidad que se envía, que representa para los destinatarios la posibilidad de una mejor forma de vida; esas divisas servirán también para que el gobierno que los despreció y mantuvo en la miseria las haga parte de sus estadísticas macroeconómicas, sin importarle el origen lastimoso en que se consiguieron.
Pero…¡Cuidado! esas voces pueden ser ahora sólo un murmullo agorero que previene a las oligarquías y a los gobernantes de su país de origen, que algún día serán tantas voces semejantes en el exilio, que aquí muchas ciudades y pueblos sólo estarán pobladas por mujeres, ancianos y niños, y que las tierras que alguna vez pudieron ser productivas, se extinguirán por la resequedad, en una orfandad de cuidados y de labranza. Entonces nos llenaremos de espanto y todos nos arrepentiremos de haberlos dejado partir, sin antes, hacer al menos, el intento de escuchar la voz del migrante.
Sagitarion.
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