Amado lector, me llamo Emilia y regento un pequeño restaurante junto a una de las montañas más bellas del Pirineo. Para mantener mi anonimato no diré exactamente cual de ellas es. Tal vez no es la más grande, pues hay otras mucho más altas, pero su nombre significa en un dialecto antiguo algo parecido a espada. Su cumbre desde lejos aparenta ser muy afilada, sin embargo se puede ascender hasta casi su vértice, a través de onduladas y agradables praderas. En algunos días del final del verano, cuando las hojas amarillentas dejan entrever a lo lejos pequeños ventisqueros de nieve y todavía la hierba alegra con su manto verde los ojos del cansado habitante de la ciudad, pero ávido buscador de tesoros naturales, se puede contemplar el color dorado y rojizo del sol en sus afables llanuras ascendentes. Y entonces, una silenciosa y callada voz que surge más bien del corazón, colma de emoción nuestro espíritu y unas dulces y bellas lágrimas riegan las cansadas mejillas que La Vida ha ido desgastando paulatinamente.
No hace mucho tiempo que mi profesión era la que a todos les gusta denominar como “la profesión más antigua del mundo”, es decir era una mujer pública. Es cierto que ya disfrutaba de enormes ventajas, pues la suerte, dentro de lo que cabe, me había sonreído. Tres amigas regentábamos un elegante club de alterne en una de las más populosas ciudades de España. Yo, apenas tenía obligaciones hacía los clientes, pues únicamente trabajaba en casos muy especiales, como podía ser el de algunos afamados hombres de negocios, que se habían convertido ya, después de tanto tiempo, casi en amigos.
Sin embargo, bien tengo que admitir, que a veces me solicitaba algún extraño, y un desagradable sabor de boca me invadía, al recordar todo lo que mi alma había tenido que soportar, especialmente al principio. Pero, lo que deseo narrar es una historia maravillosa y mágica que cambió para siempre mi vida y mi forma de comprender el mundo.
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