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Inicio / Cuenteros Locales / EVERO / El Hijo de Osiris o el hombre que amó mil corazones(2)

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El suave murmullo de los clientes y las señoritas de alterne era en ocasiones sobrepasado por alguna pícara carcajada, pero en general, el ambiente era absolutamente discreto. Cuando alguien parecía no entender que aquel lugar era enormemente serio, Alexis, un joven de complexión atlética y bien definida, gracias a una ajustada camiseta de color negro, llegaba hasta él y de forma suave le rogaba que no alterase el orden. Y pobre del gamberro, si no quería comprender a la primera el mensaje. En unos segundos estaba en la calle, sin ni siquiera haberse dado cuenta.
Sumergida en aquel ambiente, tan familiar para mí, y sin el menor indicio de lo que iba a ocurrirme aquel lejano once de abril del año 2025, apareció un hombre alto, vestido con un pantalón vaquero y un sencillo jersey azul celeste. Su cabeza estaba totalmente rapada y aparentaba tener unos cincuenta y cinco años.
Su entrada me causó, a pesar de considerarme tan profundamente experta en las debilidades de los hombres, un fuerte, a la vez que agradable, impacto. Desde el primer momento, la vista se me fue detrás de él, debido a que “algo no encajaba”.
Pero, apenas me reconocía a mí misma. Juraría que nada más verle me había enamorado de él.
-¡Dios! ¿Cómo me puede ocurrir a mí una estupidez tan grande? Apenas le había observado dos segundos y me apresuré, impacientemente, a ir a la barra para saber qué deseaba.
-Hola-saludé al hombre elegante y extraño.
-Hola-me contestó con una hermosa sonrisa.
-¿Qué desea?
-Busco el alma de los humanos.
-No le entiendo. Este es un lugar muy serio. No es para sicópatas-le dije un tanto confundida, sorprendida, indignada y poniéndome a la defensiva.
-Disculpe. Tal vez he sido demasiado atrevido al iniciar una conversación de esta forma. Y miró a la mujer dulcemente.
-Bueno, discúlpeme a mí-respondí casi en voz baja-debe de comprender que a lo largo de muchos años de profesión, nunca, nadie, me había dirigido unas palabras tan raras.
-¿Sabe? –continuó el desconocido- Si me he atrevido a comenzar así la conversación, es porque nada más entrar he percibido que su corazón me abrazaba.
-¡Dios!. Solamente le he mirado. Pero debo reconocer que nada más verle entrar por la puerta, he sentido una fuerte emoción que no me invadía desde que era una niña, cuando mi padre regresaba del trabajo.
-A eso me refiero.

Texto agregado el 21-04-2008, y leído por 20 visitantes. (1 voto)


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