Desde la clandestinidad. Escondido en la población, escribo esta carta anónima.
A quien quiera leer. A quien quiera escuchar mis palabras cifradas, le cuento que estoy bien. En estos años de cautiverio he sabido esperar. Retener el aire de libertad y acopiar ganas de volver a ver.
Mi rutina en nada sabe al pasado combativo.
Las excursiones diarias por los tejados grises de la población son el recuerdo latente de la desigualdad. Son el material necesario, el caldo de cultivo, la sustancia cual alimenta nuestro pasquín subversivo.
A cada paso, sobre la fonola o el zinc descubro mundos nuevos, familias y no tanto. Nacimientos y muertes, de alma o espíritu, de carne y amor.
La vida aquí en la pobla se mueve rápido, tanto o más que las balas. El hormigueo de las gentes en la feria, o el vagabundear eterno del perro quiltro. Las misas en capillas enanas, la pasta y el paragüa, la tierra y el agua, la opacidad de sus calles rotas, o el decibel explosivo de los equipos en la ventana, la sangre a mansalva, la pobreza aceptada, orgullosamente aceptada, lo humilde y sincero, lo generoso y soñador. En este tiempo de cautiverio he conocido al hombre generoso, al hombre de población.
Acércate a nosotros, cuéntame de que estás hecho, escribe, llena el papel participa en un viaje al fondo de nuestra realidad. La hemorragia no cesa. Paro mi cola y camino por la pandereta…
Transformado en gato...
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