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Madre mía, cuánta guerra e mi cabeza y tanto hombre en quién pensar

Tenía la boca manchada con su nombre, tenía la boca embarrada con él. Y apenas era lunes. Las hojas no caían de su palo de mango, el espacio se había encogido en un solo punto, y brillaba. Su boca manchada era todo lo que podía verse en esa grieta morada del tiempo. Olía a rosas negras, enojadas, secas… no, olía a espinas. Tuvo la lucidez de entender que olía como las espinas que le estaban ladrando bajo su seno izquierdo, a eso, sí, a él. A la mierda con él, pensó emocionada en su rebelión de cartulina, nunca pensé en quererlo de veras, pero lo quiso, y eso resultó ser la verdadera mierda porque él le embarró la boca con su nombre, y yo no hallo cómo quitármelo de encima, como vengarme, como conseguir su lodo de nuevo. Todo era él desde el inicio, desde que apareció en el jardín con su sonrisa de niño fascinado, y me preguntó por última vez el nombre, vaya, yo nunca entendí, hasta entonces, que yo no era mi nombre, sino que siempre he sido un silencio de muro gris, una cosa pesada que flota, y por eso no le dije nada, mejor le devolví la sonrisa para que no se le fueran acabando de mucho darlas. Le pregunté qué tal, cómo estás, cuando con sólo verlo de cuerpo entero sabía que estaba muy bien hecho por la mano sabia de Dios. Yo no lo amo, en serio, a la mierda con él, pero lo deseó con toda la marea de su desesperación de hembra brava, resumida a la fuerza en un temblor trémulo de pájaro aterrado. No, no había nadie en la casa, no, mi mamá no estaba. Y entonces tuve la epifanía estúpida de que era al fin libre dentro de mi propio espacio, y me pasó por la mente la lectura de anoche, y se acordó alborotada de su ardor nocturno, vaya, me dieron ganas con él, pero él no podía saberlo porque se le iba a borrar la sonrisa y pensaría que ella era una loca, una de ésas, qué suerte tienen ésas de hacer lo que se les pega la gana cuando se les inspira la entrepierna, madre, qué suerte tienen ésas. Ya no entendía de qué tontería cotidiana hablaban, ella se limitaba a responder con su amabilidad automática e inmediata mientras libraba una insurrección femenina en su interior, entre el hígado y el bazo, donde su pudor adquirido a regañadientes y sus ganas naturales se peleaban a muerte por llegar a su corazón y controlarla. Vos sabes, una aquí no haciendo mucho, viendo las nubes pasar. Sí, viendo a la vida que desfilaba frente a sus ojos y le proyectaba con un alborozo muy cruel o muy genuino cómo todo el mundo obtenía lo que quería y ella no tenía nada, sentada en su mecedor de mimbre, esperando que el peso del número de sus años acabara de avergonzarle con tanta perfidia, que el beso ausente dejara de quemarle la memoria, que el alma tibia que cargaba metida en el cajón entre su seno derecho y las costillas terminara de pudrirse de una vez, al cabo que ni la quería, porque todo lo que anhelaba estaba de pie ante ella, en su jardín, y tenía los brazos lo suficientemente fuertes como para llevarla donde quisiera, y los dedos finos que bien podían hurgarle todos los giros de sus encajes, y el torso lívido, estático, sudoroso, que debía sentirse como el cielo al apretarlo contra esos dos adornos inútiles que ella tenía en el pecho. Ella midió sin titubear la sensación de su peso sobre la triste hora de su virginidad, y él flotaba. O flotaría, madre mía, qué estoy pensando. Sí, ha llovido en estos días, mirá qué cosas, ¡llueve en verano! Y le sonrió rezando boca la tuya para ser mía. Ganaron las ganas por encima de su última costilla, ganaron las ganas y toda su lógica se le hundió por donde ella sabía que se hundía la realización final, espléndida, deliciosa, donde una principia la vida con el título de mujer. Seguramente él sabe a miel, calculó desesperada, ¡tanto dulce y yo tan quieta!. Sí vos, a saber qué se hizo anoche, yo ni la vi salir. Y entonces él me dijo a saber y yo le vi un brillo extraño en el silencio, por mis ganas putas juro que yo lo vi, una no es hembra por gusto, una nota esas cosas en el callar ajeno. Y él le dijo que mirara, que no tenía intenciones de ofenderla, pero fijate que yo sueño con vos todas las noches, y no tuvo la decencia de bajar los ojos sino que los plantó con la determinación de la mala hierba en los ojos de ella, vas a creer madre, soñar conmigo, como quien sueña con visitar el patio del vecino, como resolviendo espirales infinitas en las telas, como buscando las pelotas de plástico que eran el sistema solar completo, encendido, que rodaba escalera abajo. Fue cuando aterrizó de golpe en su jardín, lo vio mirándola, y de qué soñarás que me mirás tan serio, y él le dijo que del mismo asunto con que me has estado soñando a mí durante todo este rato en que hemos estado hablando juntos, Blanca. Ella empezó a respirar duro, sin aire, duro, como mujer apretada, viéndolo horrorizada en la gloria mórbida de su alcance. La acababa de bautizar para toda la vida y le había clavado su nuevo nombre en la frente. Esa sí era ella, madre mía, cómo jamás supiste que yo era Blanca, cómo yo no lo supe nunca. Y él le reclamó que ese silencio tuyo no convence a nadie, pero ella no tenía nada que decirle, de verdad, yo te lo juro, y entonces él suspiró muy hondo y la agarró de la cintura y la metió en el vano que formaban sus dos brazos y su humanidad, y ella lo llenó con su temblor de pájaro, maravillada del terror de sus agonía entre los senos, pues ahí se le fue a trabar toda la sangre y le hirvió de pronto, si él me llega a agarrar una chiche estoy segura que va a sentir las burbujitas quemándole la mano, estoy segura, pero él no hizo eso, a la mierda con él, ojalá lo hubiera hecho para que le quedara la ampolla de mí entre los dedos, para que esa urgencia que ella arrastraba desde la época en que se dio cuenta que la habían hecho con la macilla de mujer brava se le fugara de una vez y sin mucha pena, así como se arrancan las curitas arrancame esta mala espera, hombre, destrózame como a una palomita, que yo me dejo, mientras él la ubicaba por el aroma en la parte exacta donde acababa su pecho y empezaban los suspiros, venite más cerca, le dijo a su boca, y ella sólo levanto las pestañas para encararle la vista. Entonces fue, al traste con todo, entonces me enlodó la boca con él. No fue una guerra justa, sus labios contra los de Blanca sabían más de armas y estrategia, sabían donde cargar el fusil y ocultar su infantería, secuestraron las iglesias y mataron a toditos los curas, madre santa, qué es esto que me llena los huecos, estoy hirviendo viva, qué sabroso es este infierno, minaron todos los rincones con ojo de bruja astuta, forzaron al gobierno a abrir todas sus puertas secretas, obligaron a la masa entera de soldados a cuadrarse frente a ellos, ustedes hagan lo que yo les diga, ya están avisados de quién es el que manda, y tuvieron éxito, ella no se enteró cuándo quedó desarmada y a la merced de él, cuándo la entrenó para la guerra como su discípula más diestra, pero ella misma se alistó a su guerrilla y fue el reflejo vivo, colorado y humeante de él, se sublevó con furia y empujó con sus labios a todo el poderío de los labios de él, no me jodás, hombre, ya aprendí este bolado, pero él era su ancestro y sus enemigo más próximo, yo mando aquí te dije, y firmó un pacto de alianza con sus manos que iniciaron una cateo exhaustivo en la espalda de ella, la hizo tambalear, asaltó los cuarteles de su jactancia, y convirtió su autoridad en papel celofán. Ella retrocedió espantada con la visión increíble de toda su naturaleza de hombre, ya no le quedó valor ni para mirarse la cara ella misma, que vergüenza madre, yo no sabía que era tan rico y tan terrible, porque no fue un beso madre, fue toda su vida, todo el alud de su deseo, todo su amor puesto junto para pelear conmigo madre, para hacerme la revolución en los labios, mire que cosas se inventan los hombres, que horror, tengo la boca embarrada con él, y es lunes, el tiempo se detuvo alumbrándome el beso que tengo aquí tatuado, mientras él la miraba desde la otra orilla del océano, aguardando. Venite a vengar pues, venite a buscar tu revancha, aquí te espero, Blanca, aquí te he esperado desde que te supe hembra, tengo listos todos los sueños para que nos declaremos la guerra un millón de veces, venite, armemos el degenere universal, antes de que venga mi mamá, te lo juro, antes de que venga te escupo en la cara y me río en tu entierro, dale, probá mi suerte, mirá si te alcanzan las granadas, desenvainá la espada mientras no te agarro distraída, venite Blanca, no me jodás hombre, y se rió espantada, apuntó sus ojos hacia los ojos de él, y se afirmó detrás de la trinchera, en su puesto de combate eterno, lista, dale con todo pues, que aquí estoy.


Texto de Dama-veneno agregado el 22-04-2008.
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