Apenas diez minutos más tarde, Emilia, que creía haber actuado correctamente, sintió que se había equivocado. No sabía qué le había pasado. De pronto se enfadó. Cosa que casi nunca le ocurría. Tal vez sintió temor. Un profundo miedo inconsciente a que Miguel tuviese razón. O mejor expresado, miedo ante un hombre que era capaz de sentir sus pensamientos ¡Eso era terrible! ¿Dónde quedaría su intimidad? ¿Qué sería de su propia individualidad? Era algo muy fuerte. Se sentía desnuda y desprotegida. Aquellos ojos podían penetrar en los recovecos más oscuros y profundos de su alma, donde habitaban los espíritus de acontecimientos inconfesables.
Y sin embargo...
Recordó la mirada de Miguel. Era extrañamente comprensiva. En el fondo, parecía adivinarse que todo aquello que ella creía que debería mantener oculto, a él no le importaba lo más mínimo, en el sentido de que lo consideraba, como lo más natural de la condición humana. Como si él mismo hubiese albergado en algún momento aquellos demonios que ella tenía soterrados. Y al comprender que aquel hombre era mucho más de lo que aparentaba. Al recordar la extraña paz que le embargaba cuando estaba a su lado, se relajó y decidió que al día siguiente “madrugaría” y acudiría a la Alameda. Estaba segura de Miguel no tendría en cuenta su disimulado enfado
En aquel preciso instante, su corazón comenzó a arder de amor. Y una expresión que nunca había, ni siquiera pensado, la lanzó a los aires.
“Mi Vida. ¡Cuánto te amo!
Intentó evitar pensar en abrazarle, pero al final se dejó llevar por su profunda emoción amorosa y voló con su imaginación para envolverle en sus brazos y decirle que le quería.
Emilia se sintió feliz. Su corazón era una fuente de alegría inmarcesible.
¡Mi amado Miguel!
¡Únicamente había dejado las puertas de su corazón abiertas, sin defensas ni temores ; sin trabas ni complejos y La Vida fluía a través de ella como en ocasiones había escuchado a algunas “cursis” de la sociedad actual.
¿Quién era Miguel? Apenas pensaba en él, y el Amor más profundo imaginado colmaba de alegría saltarina su dolorido y atenazado corazón.
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