El dolor es insoportable, se acrecienta en cada respiración, mientras la hinchazón de mis párpados casi no me deja ver. Quisiera cerrarlos al mundo para no vivir la realidad que me envuelve, esto es una pesadilla con multitud de pasillos a cada cual más terrorífico y necesito escapar, pero conforme el reloj avanza me conciencio de esa verdad que no puedo cambiar.
Creo que ahora ya estoy muerta, porque el concepto eternidad adquiere forma, aunque esta tenga los límites de mi propia existencia. Intento asumir la eternidad de mi vida ahora que ya no podré cuidarla, ni abrazarla, ni mimarla; ahora que se, que ya no volveré a escuchar su risa ni oiré sus pasos por la casa volviendo de la calle.
Mi querida hija, mi pequeño tesoro, ahora tengo ya que despedirme, pero no tengo fuerzas para ello; y mientras te dejo mi último beso, el vacío de tu pérdida me abre las puertas del infierno.
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