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Inicio / Cuenteros Locales / EVERO / El Hijo de Osiris o el Hombre que Amó Mil Corazones (7)

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En muy raras ocasiones abandonaba mi ciudad durante más de un día. Pero justamente al día siguiente de la hermosa charla en el kiosco, me llamó por teléfono una amiga de mi tía. Me decía que por favor acudiese a verla, estaba muy enferma y deseaba despedirse de mí.
Mientras conducía el automóvil hacia el pueblecito donde residía, fui recordando algunas de las escenas que habíamos vivido juntas. Yo tenía aproximadamente siete años y se escuchaban las alarmas en la ciudad. Los aviones soltaban las bombas, mi prima y yo cogíamos la mano de mi tía y corríamos hasta el refugio. Las bombas hacían estremecerse violentamente el suelo y los cascotes de alguna casa caían cerca de nosotras. Mi tía conforme corría, de puro miedo iba perdiendo los dientes. Recordé cuánto hambre pasamos. Menos mal que gracias a un primo que estaba trabajando para un estraperlista, conseguíamos algún trozo de pan suplementario al mendrugo que diariamente nos repartía el Estado.
Fueron tiempos difíciles que ya había olvidado. Y ahora conduciendo hacia las montañas, me venían vívidas imágenes de aquella época.
Mi tía, se casó en segundas nupcias, pues su primer marido fue abatido en el frente, con un sargento del Cuerpo de Montaña, y ya se quedó a vivir definitivamente cerca de las altas cumbres blanquecinas del Pirineo.
La saludé cariñosamente. Ella todavía me veía como la niña morena y con trenzas que jugaba con su hijo, también fallecido.
-Tienes los ojos de tu madre, mi pequeña Emilia.
-Sí tía.
-Dame la mano mi amorcito bonito.
Sus manos arrugadas y de dedos torcidos cogió con fuerza las mías. Besé su frente.
-Tranquila tía, ya verá cómo se recupera y todavía preparamos un rancho en el jardín. Invitaremos Mariano... y a Pepe... y a José. Hasta vendrá Virgilio. Tocarán la guitarra y la bandurria y le cantarán una jotica.
-Ella sonrió.
-Y yo me emocioné y dejé verter unas lágrimas.
-Mi Emilita.
-¿Sí?
-La guerra nos marcó.
-Sí.
-¡Me habría gustado tanto que hubieses terminado tus estudios, y que te hubieses casado, y tenido muchos hijos!
-Sí. Habría sido hermoso. Pero de alguna forma, también tengo ahora mis amigas, y mi propio negocio.
-¿Sabes? Tú eres de mi familia. Tienes un inmenso corazón. Nunca se me olvidará cuando eras niña. ¡Tan morenita, tan delgadita y tan graciosa con tus coletas!
Un día –continuó hablando- te encontraste con un niño. Era más pobre que nosotros, que ya era decir. Le abrazaste con tus finitos brazos y le diste un trocito de pan. Luego le besaste en la mejilla y le dijiste: corre mi niño llévalo a tus papás.
-Lo había olvidado, tía-dije entre lágrimas.
-Sí. Has ayudado a muchas personas. Tal vez te merecías más de lo que has tenido en la vida.
-¡Va! ¡No tiene importancia!
-¡Sí que la tiene! ¡No debemos perder nuestra esencia! Y la tuya, es el amor. No lo olvides.
Ya no podía contener las lágrimas. Me incliné, abracé a mi tía y sollocé.
-¡Mi niña! Gracias por venir.
Y mientras la abrazaba, mi tía se fue.
Permanecí varios días más en el pueblecito. Aproveché para sentir las montañas, el frescor de sus amaneceres y atardeceres. Contemplé “por primera vez” la montaña de la espada. Tenía un color anaranjado pues el sol se estaba poniendo y las sombras ya cubrían el valle. ¡Era tan hermoso contemplar que allá en lo alto, todavía quedaban los últimos reflejos del sol!
Y “recordé” algo muy importante y que había olvidado por completo, sumergida en el trasiego de la vida. Recordé que, en esencia, yo era profundo amor. Como casi todos los humanos lo son, cuando verdaderamente se hacen conscientes durante unos momentos de lucidez y se sienten a sí mismos.
A mis labios vinieron tres palabras.
Miguel te amo.
Una paz inefable colmó mi corazón.
Las primeras estrellas refulgían más allá del azul eléctrico del cielo infinito.






Texto agregado el 23-04-2008, y leído por 11 visitantes. (0 votos)


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