Este texto lo escribí hace mucho tiempo, lo refloté, corregí y espero que ahora esté un poco mejor, le tengo especial cariño porque fue una de mis primeras incursiones en prosa.
A primera hora de la mañana, ubicado en lo alto del peñasco, me gusta observar el mar y sentir en mi rostro la caricia del aire marino que todo lo revitaliza. Me produce un inmenso placer disfrutar del espectáculo magnífico del sol elevándose, iluminando el paisaje, ganándole espacio a la oscuridad.
El peñasco domina la playa que se extiende más abajo semejando una extensa franja de terciopelo dorado; sólo algunas gaviotas emiten sus graznidos sobre el murmullo del oleaje.
La posición privilegiada me permite disfrutar de varios pequeños placeres, la frescura del aire marino, la cercanía de las aves y la inmensidad del mar. Algunas gotas saladas llegan hasta mi, es un regalo que me brinda el viento, en homenaje a mi cotidiana presencia.
Con regularidad, a esta hora, en el horizonte se distingue una grácil figura que asoma caminando por la playa, una mujer de ondulante cabellera, que el viento hace jugar alrededor de su rostro. Un rostro que no distingo desde aquí, pero que imagino bello y triste.
Va dejando sus leves huellas sobre la arena, mientras recorre a paso tranquilo la extensa bahía; tras ella, un perro cuida su paseo, he notado que nunca va delante de ella, siempre unos pasos atrás, a corta distancia, como temiendo distraerla de sus pensamientos.
Pasa bajo mi peñasco sin percatarse que estoy allí, observándola, bebiendo con mis ojos hasta el último de sus gestos que más que ver, adivino en la distancia. Es sólo un instante en el que hasta creo percibir el aroma de sus cabellos, luego se va perdiendo hasta diluirse en la lejanía, hasta volverse completamente invisible.
Es un rito que repite día a día, como el mío. Pienso en sus ojos celestes, tristes y húmedos por un recuerdo imborrable que le araña el alma.
¿Cómo puedo imaginar el color de sus ojos que no veo? ¿cómo puedo percibir su humedad? ¿qué puedo saber de sus recuerdos?.
Cuando su figura desaparece, seguida por el perro que juguetea por momentos con las caracolas que las olas depositan sobre la playa, siento que mi rito diario está cumplido, me despido del mar, despliego mis alas y emprendo mi vuelo de regreso, mientras mi corazón se ensancha agradecido por haberla visto, una vez más.
María Magdalena
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