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Inicio / Cuenteros Locales / leobrizuela / RUBRO 59

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RUBRO 59.

“Gatita mimosa. Te acompaño dos horas inolvidables. $ 95.-
La oferta era un cartel luminoso que lo atraía como una sirena. Los ojos de Orestes recorrían una a una las letras del aviso. Claro que había muchos más, pero a él lo subyugaba ése:
“Gatita mimosa. Te acompaño dos horas inolvidables. $ 95.-“
“¿Porqué no” se dijo. ¿Cuánto tiempo hacía que no…? Y… desde que se separó de Adela, hacía ya diez meses. Total, los chicos estaban pasando unos días con los abuelos. Estaba solo.
Solo y aburrido.
Orestes nunca había tenido sexo con una mujer de ésas. Ni aún soltero se había atrevido. Y durante el matrimonio —diez años, ocho meses y cinco días—, se mantuvo siempre fiel. “Fiel hasta el aburrimiento”, le dijo ella, ya sobre el final.
Pero ahora era distinto. Estaba solo: Adela dio un portazo una tarde, dejándole todo a su cargo. Hasta los hijos. Y Orestes es un hombre —¡qué embromar!—, de apenas cuarenta años. Hasta que la vida le brinde una oportunidad de reencaminarse… ¿qué más puede hacer?
“Gatita mimosa. Te acompaño dos horas inolvidables. $ 95.-“
Había que llamar a un celular.
Los nervios. Siempre los nervios acosándolo a uno y serenate, Orestes, a ver cómo se lo digo. Urdió presentaciones, pequeños discursos. Tanteó agregando, quitando palabras. Ensayando inflexiones de la voz —que no se note el titubeo— llegó a armar un breve parlamento con un tono seco, escueto, mundano.
Releyó el aviso. Algo particular y fugitivo en el reducido texto lo envolvía dulcemente. Una y otra vez repitió la lectura, tanto que la vista se nublaba y parecía que el entorno, la mesa, la ventana, cambiaran de aspecto y de posición. Aquellas palabras, así dispuestas vaya a saber por quién, resumían la ensoñación faltante de sus días. Un resabio dulce permanecía en sus sentidos después de citar esa frase telegráfica y prometedora. Y otra vez tornaba a comenzar a leer ese renglón hechicero, que lo elevaba de la silla de pino donde estaba sentado, hasta obligarlo a flotar por el aire como una voluta de humo.
“Gatita mimosa. Te acompaño dos horas inolvidables. $ 95.-“
Inolvidables… mimosa… te acompaño.
Marcó el número. Una voz femenina lo atendió, superponiéndose a un ambiente bullicioso en demasía.
— Yo llamo por el aviso… ¿Podrá ser hoy…?
— Dame la dirección— gritaba la mujer, como si alzando la voz corrigiera su dificultad auditiva.
Orestes dio su domicilio.
— ¿A las ocho está bien? ¿Cómo te llamás?— la voz ya sonaba destemplada.
— Me llamo… Juan. A las ocho está bien.
— Chau.
Miró la hora. Las cinco y media. Tuvo tiempo de bañarse, darse una afeitada y arreglar un poco la casa. Terminó a las siete y algo, tras preparar una jarra de café, y se sentó a esperar en la silla de pino, junto a la ventana que daba al aire y luz.
Ya había oscurecido; encendió las luces.
Paseó la vista por las paredes. Sin duda, necesitaban una mano de pintura. “En cualquier momento le mando la gente”, le había prometido el dueño cuando alquiló el departamento. Pero los pintores aún no aparecían. Una mala copia de Magritte se desmayaba junto al paragüero. Debajo, las revistas. Y en una de las tapas, una mujer rubia, glamorosa. ¿Será como ésa la gatita? Esas mujeres existen en las fotos y nada más…Ni lo sueñes, Orestes. ¡Orestes no!: ¡Juan!
Siete y cuarenta. Se levantó y espantó unas moscas que invadían la sala. Echó una buena dosis de insecticida y, tras ello, un desodorante ambiental. La combinación resultó asombrosamente horrible y el aire se contagió de un aroma insoportable. Se apuró a abrir las ventanas y trajo el turbo del dormitorio, para ventilar.
Cuando todo pareció estar en orden, volvió a su asiento. Permaneció muy quieto, las manos cruzadas sobre regazo, la espalda pegada a la silla de pino.
A las ocho y diez recién sonó el portero eléctrico.
— ¿Si?.
— ¿Juan? La gatita…
— Pasá—. Le abrió desde arriba y fue a esperarla al ascensor.
El elevador llegó al piso, hizo una pausa que pareció eterna y por fin abrió las puertas.
—¿Cómo..?
—¡Qué…!
Tal vez por primera vez en sus vidas se miraron de verdad, con profunda lástima, Orestes y Adela .

Texto agregado el 25-04-2008, y leído por 91 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2008-05-31 21:02:15 Veo que muchos de tus lectores han hecho incapié en la nueva dirección de Orestes. ¿Acaso no conocen lo que es una licencia literaria? O ¿no pueden imaginar una respuesta a eso? A mi me gustó y aunque sospeché el final, eso no quita el mérito a la idea. ***** zumm
2008-05-28 05:06:48 De los finales que me gustan. Pero ya se sabe que un final es bastante poca cosa si no se prepara el terreno con un excelente relato como el tuyo. Saludos y estrellas....MaR! MarMaga
2008-05-09 18:45:40 Ya pronosticaba el final; es un encanto leerte. punk13
2008-05-03 17:24:35 Leo, sabes escribir,indudablemente,tienes tu estilo.pero...no me gusto el final(porque no coincidimos en los finales nunca?he ahi un misterio...)porque la ex se tiene que convertir en "gatita mimosa"?me parece degradante esa posicion,y Orestes...justificando su decadente decision de comprar caricias...no,Leo,no me conveces con la sicologia de los personajes. Igual me encanta como escribes.Saludos. anablaumr
2008-05-02 00:47:55 muy bueno, fina ironia en cada detalle. Las lineas del personaje son claras y el relato tiene un gran ritmo. marfunebrero< /a>
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