La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - EVERO - 'El Hijo de Osiris o el hombre que amó mil corazones (9)'
El Hijo de Osiris o el hombre que amó mil corazones (9)
-Hoy me gustaría contarte algo sobre mi experiencia con el sexo-comenzó la conversación Miguel, mientras paseábamos cerca del kiosco de la música.
-Lo que te apetezca-le respondí un tanto sorprendida, pero con enorme curiosidad. No creía que pudiese decirme algo nuevo sobre mi profesión.
-Recuerdo que debía de tener por entonces dos años y medio o tres a lo sumo.
-Por Dios, Miguel. No me diga que se acuerda de entonces y que ya sentía la atracción por el polo femenino-comenté, sonriendo.
-Pues parece que sí.
El hombre misterioso sonrió pícaramente y me tomó de un brazo como si fuese una de esas amigas de siempre, o hermanas que pasean juntas por las calles hablando familiarmente.
-Sigue por favor, que esto se pone emocionante.
-Bueno, es la historia de una fuerza que, cual hilo de Ariadna, lleva a otro lado, en el caso de que se posea cierto tipo de conciencia.
-No entiendo estas últimas palabras.
-Intento recalcar que cada persona tiene su camino, y que solo a algunas del mismo tipo de conciencia o de la misma cualidad vibratoria, puede servir como referencia. Y en la medida en que los sentimientos de otras personas se ven similares a los nuestros, es cuando pueden sernos útiles.
-Ahora sí.
-Pues como te decía, tenía entre dos y tres años y recuerdo que, supongo como otros niños, me metí debajo de las faldas de una mesa. Entonces era costumbre tener una mesita normalmente redonda, que a veces tenía un brasero de carbón. Y eso hacía que se pudiese soportar el frío tan extremo que hacía por entonces.
-Sigue por favor, que está interesante.
Miguel sonrió.
-Recuerdo perfectamente el hecho de tocar las piernas de una señora y sentirme atraído hacia su interior. Creo que hasta besé una de sus medias.
-¡Dios! ¡Qué fuerte!
-Bueno. Tampoco es para tanto. Solo estaba indicando que ya de pequeño parecía que sentía esa fuerza. Esa atracción. Luego, lo típico. Jugué con alguna amiga a los médicos y las enfermeras. Siempre sin mayor importancia. Era muy pequeño para tener una idea concreta. Además, por entonces, una revista que simplemente exhibiese un beso era censurada. Por lo tanto, la facilidad de acceso a esa información era imposible. Ello hacía que el deseo fuese algo abstracto, pues ni siquiera sabía cómo se hacía.
-Ahora ha cambiado todo un poco-añadí al comentario de Miguel, mientras estrechaba con infinito amor su brazo. Era como si siempre hubiésemos estado juntos.
-Había además otra fuerza que tomaba gran impulso, me imagino que gracias a mi madre que era muy religiosa :la devoción. Así es que desde los siete años, cada día de la semana y a todas las horas que había misa o rosario, yo estaba allí, en el altar de la iglesia.
-No veo qué tiene que ver el sexo con la devoción.
-Vamos a dejarlo para un poquito más adelante.
-Eres un tramposo Miguel. Me tienes en ascuas. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
En el fondo era un niño muy inocente. Recuerdo que un día levanté una revista, y miré por debajo de la televisión para comprobar si se
veían las piernas a las actrices.
-Ja Ja Ja.
-Leí las biografías de los Santos. Me encantaban. Así que la devoción que había innata, se vio acrecentada por el deseo fervoroso de parecerme a ellos.
Por supuesto que había muchas más cosas, como era jugar sin descanso por las calles del pueblo...y estudiar...
-Sí. Eso iba a decir. Si tú no habías ido a la escuela.
-Claro. Recuerdo especialmente las mañanas. El sol entraba por unos inmensos ventanales. El suelo era de tarima o madera. Formábamos todos los niños, por supuesto las niñas estaban en una sala distinta, en filas al estilo militar y cantábamos canciones patrióticas. Apenas me sabía las letras. Así es que hacía lo que podía. Recuerdo aquel momento luminoso, sin tener en cuenta el tipo de canciones. Un niño veía las cosas de diferente forma a los mayores que habían tenido la mala fortuna de luchar en un bando o en otro.
Iba a decir que no recordaba algo más de aquella época respecto al sexo... Salvo a la vecina. Que era por entonces una chica muy guapa de dieciocho años, y para mí era bellísima. Ella nunca se pudo imaginar que yo, un niño tan educado podía sentir una atracción tan poderosa, y a la vez tan borrosa y abstracta.
Pero estos, en verdad, eran momentos puntuales que no representaban nada más que un cinco por cien de mis actividades cotidianas.
Y entonces, con enorme deseo de ser sacerdote de la iglesia católica, tuve la suerte de ir al seminario.
-¡Qué extraña palabra! Vista desde ahora del año 2024.
-Bueno. Para mí no lo es pues siempre la he tenido en la conciencia. Pero es cierto que aquello está muy lejano.
-Ardo en deseos de saber qué pequeñas aventuras te ocurrieron en un lugar tan misterioso.
-Otro día seguiremos. Hoy se nos ha hecho un poquito tarde.
-Noooooo. No es justo. Yo quiero saber más..
Le miré. Era como si estuviese acostumbrado a aquellas miradas.
Miguel me devolvió una inmensa luz que salía de sus ojos y me calaba hasta el corazón. No pude evitar abrazarle y poner mi cara en su pecho. De esa forma expresé mi anhelo por amar profundamente.
-Si quieres yo te mostraré el camino del corazón.
-Sí Miguel. Si que quiero. Enséñame cómo puedo amar, cómo puedo encontrar la fuente de la Vida
-De acuerdo. Pero recuerda que tal vez no es lo que esperas ni lo que crees.
-Yo confío en ti. –le dije con inmenso respeto y cariño.
- Entonces...hasta dentro de unos días.
-A la orden jefe-le dije amablemente
Cuando me fui caminando sentí que la parte del centro del pecho y la espalda me ardían. El mismo fuego sentía sobre la coronilla. Y brotaron en mi mente unas palabras que no eran mías.
Te mostraré el camino de fuego hacia el corazón.
Torné la vista hacía atrás y vi a Miguel que se despedía con la mano.
Texto de EVERO agregado el 25-04-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
|