La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - juanromero - 'La sangrada Familia'
La sangrada Familia
Del libro Cuentos al margen editado en enero de 2006.
La primera vez que fui a visitar al señor Roggio me recibió su esposa, una mujer de unos cuarenta años, de amabilidad prefabricada y de muy buena figura, quien me pidió esperar a su pareja en un cómodo sillón del living.
La señora Roggio hacía juego con el ostentoso mobiliario de la casa, seguramente su marido era un acaudalado hombre de negocios, aburrido de su rutinaria vida y dedicado exclusivamente a especular con inversiones de dudosa probidad, algo posible de imaginar en estos tiempos.
Acepte el café que me ofreció la señora, y la mucama, maravillosamente mimetizada con el color de las paredes de la casa, lo trajo en un abrir y cerrar de ojos.
En un abrir y cerrar de ojos el señor Roggio estaba sentado frente a mí, tomando de la mano a su mujer.
Traía puesta una bata de seda roja impecable y apabullaba con aires de ser poderoso, de esos que cuando hablan impiden cualquier comentario de los que lo rodean; me observó con meticulosa obsesión y luego preguntó:
-¿Usted es Nigeriano?
-No señor, nací aquí en Buenos Aires, mi padre es nigeriano y mi madre argentina.
-El aviso era lo suficientemente claro, decía nigerianos.
Percibí que su esposa le presionó la mano sutilmente y se acercó para susurrarle algo al oído.
-Está bien- dijo mirándola a ella con una sonrisa -Pero tienen que ser dos ¿Tenés algún amigo que pueda acompañarte?
-Sí, mi primo llegó de Nigeria hace una par de semanas y vendrá conmigo.
Quedamos en encontrarnos en ese mismo lugar el día sábado, a las tres de la tarde. No podía creer que alguien pudiese pagar tanto dinero por un trabajo que me iba a resultar más placentero a mí, que a él.
Mi primo mide un metro noventa y ocho, es más negro y en todos los sentidos imaginables es más grande que yo; considero que la señora Roggio, luego del encuentro, no podrá olvidarlo fácilmente.
Cuando entramos en la casa el día sábado, nos recibió el señor Roggio, la señora estaba sentada en el amplio sillón del living vistiendo un conjunto de ropa interior con encajes y de color blanco.
-¡Bueno muchachos!- dijo el señor Roggio frotándose las manos y agregó inmediatamente-Ha llegado el momento esperado, y les voy a comentar lo que pretendemos hacer. Esta es una fantasía que desde hace tiempo queremos llevar a cabo con mi mujer, así que ustedes tendrán que ajustarse a lo que nosotros les pidamos.
Para ese momento yo ya tenía una erección y mi primo, que era algo tímido, no dejaba de observar los pechos de la señora Roggio.
El señor Roggio colocó un trípode con una cámara digital frente a su mujer y nos pidió que nos acercásemos a ella.
-Querido ¿desconectaste las cámaras de seguridad? no quisiera que el guardia viese esto cuando llegue.
-No te inquietes mi amor, desconecté todo y Mario no te va a ver- dijo el esposo sin abandonar su artificial sonrisa y agregó –Preocupate, nada más, por disfrutar de estos dos hermosos muchachos que te conseguí.
La mujer comenzó a frotarnos con las manos por sobre los pantalones, desprendió con rapidez nuestras cremalleras, y se quedó asombrada por el tamaño del pene de mi primo. Apenas si podía introducirse el glande en la boca. Ella disfrutaba, y yo sé cuando una mujer se regocija; tuvo un par de orgasmos cuando estaba sentada sobre el miembro de mi primo, mientras yo la penetraba por el culo.
-Bueno, bueno- dijo el marido que no dejaba de tomar fotografías -Ahora quiero algo especial, algo fuera de lo común y que necesito que actúen para mí ¿Sí?
Pensé que el viejo iba a querer que lo penetrásemos también a él, pero me equivoqué y me desconcertó un poco lo que pretendía que hiciésemos, pero por lo que pagaba no teníamos derecho a quejarnos.
-Quiero que finjan que uno de ustedes la estrangula, y vos mi amor, ya que estás tan entusiasmada con las clases de actuación que te estoy pagando, hacete la muertita. Luego los dos van a eyacular sobre su rostro ¿Estamos de acuerdo?- continuó sin inmutarse -Después se pueden volver tranquilos a sus departamentos o lo que sea en donde viven.
Yo hice como que la estrangulaba y la mujer demostró sus dotes de actriz, su muerte pareció tan real que no tendría tiempo de arrepentirme por eso durante el resto de mi vida. Mi primo le llenó la cara de esperma, y la mujer no movió ni un pelo, lo mismo pasó cuando me corrí sobre su agradable rostro. El marido aplaudió y ella nos acompañó hasta el baño, para ducharse junto a nosotros. La volvimos a coger pero se fue enseguida, dijo que el marido, por esa actitud, sería capaz de matarla.
Roggio me pagó en su escritorio con total apatía y nos despidió en la puerta, como si hubiesemos trabajado en el jardín de su casa.
Cuando Mario llegó al otro día, encendió un cigarrillo y retrocedió la cámara de seguridad del living con incontrolable nerviosismo. Necesitaba encontrar algún indicio sobre lo que había sucedido en ese lugar.
¿Por qué a ella?
Roggio seguramente no sabría nada, se había ido de pesca con sus amigos y se suponia que Mariel se quedaba en la casa de su madre ¡Qué podría saber ese pusilánime, que sólo servía para dar órdenes!
-¡Dos negros! dos negros hijos de puta.
Mario vio lo que le mostraba la cámara de seguridad que jamás fue desconectada, y en lugar de reflexionar sobre lo acontecido y llamar a su jefe para informarle sobre la muerte de su esposa, decidió ir a buscar a los asesinos.
Pensó que era lo correcto, en su primario razonamiento de hombre enamorado. No tenía sentido perder el tiempo en comunicarle lo sucedido al señor Roggio, el cobarde se pondría a llorar como una niña y no tendría más remedio que consolarlo. No, decididamente no era lo que pretendía hacer y el tiempo jugaba a su favor.
Ningún negro podía matar a su amada y seguir viviendo. La tarjeta del masajista que tenía Mariel en su cartera era una prueba contundente… y si llegaba a ser el mismo al que vio
asesinarla en el video. ¡Dios, por qué estaba tan nervioso, no sería el primer negro de mierda al que tendría que matar!
Yo le pregunté ¿Qué quería? Cuando lo vi llegar al local como una tromba, pero no me dio tiempo a nada. Me pidió que llamase a mi primo y no tuve más remedio que hacerlo, la mágnum en mi sien se sentía muy fría.
Cuando llegó la policía, seguramente alertada por mi madre, yo aún estaba vivo, desangrándome en el piso del local y pensando:
-¡Qué tipo hijo de puta ese Roggio!
Texto de juanromero agregado el 25-04-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
|