Y estaba yo postrado. En mi cama. Ya no podía caminar. La fuerza se iba de todo mi cuerpo. Mis piernas no respondían, mi alma estaba cansada, quería que llegase ya, el fin de mi vida. Miraba mis manos, las mismas que tiempo atrás, botaban árboles, ahora arrugadas y huesudas. Miraba mi rostro, demacrado y pálido, languideciente. Ya no podía retrasarlo más. Ya no había una segunda vuelta, una segunda oportunidad. No podía seguir distrayendo más a la muerte, con su hoz, encapuchada, completa de negro. Ya no quedaba más arena en el reloj. Ya se terminaba el día. Era una fría noche de abril. La lluvia golpeaba mi ventana y me di cuenta de mi terrible destino...Morir solo, encerrado, en una cama, en la cual no viví más que penurias. Y vino aquel pájaro negro a cantar a mis oídos y mi alma, dio el suspiro final, para viajar, allá donde el sol nace y el descanso es eterno. |