Migas de pan sobre la mesa. Un vaso con un zumo de durazno en mal estado. El jitomate agusanado por completo. Un putrefacto olor inundaba el que, alguna vez fue, el esplendoroso y lujoso comedor de los Lillo. Ya no quedaba nada del delicioso aroma a flores frescas de jazmín, cortadas del parque del propio hogar. No existía ya, la suave y delirante música que se colaba por las rendijas de los altos portones de madera que cubrían el paso hasta la mesa, larga como ninguna, de alerce teñido con betún. Las paredes de concreto, revestidas de madera de nogal, ahora lucían añosas y maltratadas. Ni rastros quedaban ya de la hermosa araña de luces de cristal y diamantes. Solo al fondo, muy al fondo de la habitación, quedaba una de las sillas de cuero natural, con cuerpo de hierro forjado. Era como si estuviera intacta. Ni muestras de moho ni óxido en toda su estructura. Hasta que de pronto, desde una de las desvencijadas paredes, asomó una etérea mano, blanca como la nieve y de aspecto totalmente huesudo. Era el espíritu del padre, que aún vivía errante, susurrando todos sus años de buena vida, en una triste melodía. Una triste melodía que hoy, ha llegado a mis oídos. |