¡Y todo por no haber compartido el tesoro!
Se había esfumado en mis propias narices. ¡Puf! Todo aquel aurífero sueño convertido en barro, en puros y viles tepalcates. Y no lloré nomás porque soy hombre.
Bien que me lo había dicho el viejo Don Saúl, el de Acuitlapilco: “Los tesoros deben repartirse con todos aquellos que estén presentes en el momento de encontrarlos…aunque no hayan ayudado ni madres!
Todo por no haberle querido dar nada al cretino de Pascual. ¡Y como no negarse a darle algo a ese imbécil! El tipo con sus acostumbradas artimañas, impidió que fuera yo el H. Presidente del H. Comité del H. Partido, a sabiendas de lo tanto que yo ansiaba el puesto desde hacía mucho.
Pero si deseaba el puesto era nada mas para estar de tiempo completo en la vieja casona de Morelos y Méndez Lugo donde estaba instalada la oficina que quería presidir. La construcción databa del siglo XVIII. Me gustaba. Era de techadumbre roja, alta, sostenida con gruesas vigas y con nidos de golondrinas. Seguramente que adentro en la duela cada pisada era una ruinosa quejumbre y levantar tenues nubecillas de polvo. Era pues, un museo involuntario de cosas escapadas al implacable tiempo, de recuerdos retenidos y de pretéritos tercos reticentes al olvido. Intuía yo que por los corredores deambulaban extraviados, vagando entre dimensiones, muchos fantasmas insomnes y ansiosos de susurrar sus secretos. Por eso es que la casa me fascinaba, ya que los espíritus señalaban noche con noche, entre fuegos fatuos, arrastrar de cadenas y al compás de de crispantes quejidos, el sitio exacto de un incalculable tesoro.
Pascual además de coartarme el acceso a la casa, boicoteó la candidatura de mi compadre Ezequiel para las elecciones municipales. Nomás para ser él el aspirante a la alcaldía por nuestro H. Partido, todo esto con la inherente deshonra para mi inmaculada currícula de político pueblerino.
¡Por eso fue mejor no darle parte del tesoro!
Dentro de muchos años, cuando encuentren su esqueleto emparedado, verán a su esperpento de fantasma cuidar de una esbelta osamenta y de una olla llena de puros y viles tepalcates.
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