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Inicio / Cuenteros Locales / alipuso / Los cuatro Elementos

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LOS CUATRO ELEMENTOS


I
En algún festín del pasado, a la orilla de un río enrojecido por el sol que apenas brotaba de él, parecía no existir momento más acogedor. La paz derramada.
Minutos más tarde, ajenos al suceso cotidiano, tres niños se entretenían lanzando piedras, provocando que el agua del río se convirtiera en un sinfín de galaxias en expansión, fugaces.
Un poco alejado de ellos, sereno, sentado en el caudal, se encontraba otro pequeño a quien le tenía sin cuidado el hecho de hundirse quizás, así como el sol que cegaba sus ojos en ese resplandor naciente. Era el hijo de la melancolía; de la mirada abstraída.
Cuando el sol levantaba su vuelo, el olfato de este pequeño, suspirante sin oler, admirando sin análisis, solía capturar el paso del insecto: levitar del polen; así como aquella lejana evaporación del mediodía, cortina transparente, titilando, por así decirlo, al transformar el horizonte en visión premeditada. Nunca lo traicionaron el ave en caída irremediable; el pez malabarista por un instante en sus oídos. Libertad.
Ansia sin descanso al lanzar esas piedras flotantes que pasaban a su lado, en el río, hacia tierra –alguna extraña peculiaridad del mineral que él siempre desconoció, las hacía emerger.
De apariencia tranquilo, incluso ingenuo; nadie imaginó en el pueblo de alguna alquimia capaz de transformar la tozudez en sapiencia.

Esos tres niños ya habían advertido la presencia de aquel solitario; de hecho sus padres les llegaron a hablar de él alguna noche helada junto a la chimenea de los mil recuerdos. Y un buen día decidieron, al igual que sus tatarabuelos, burlarse de él.
Acercándose a la orilla peligrosa de ese río rebotado, verdaderamente molestos, se animaron a gritarle que su proceder era ilógico, que el juego consistía en aventar las piedras desde tierra hacia el río, no al revés, tal como él lo hacía; además de que era una gran falta el hecho de sentarse sobre las aguas.
-¡Como si todo lo dominaras, desgraciado! –solían gritarle los chiquillos, envidiosos de su eterno flotar cabalgante.
En pocas palabras, ese niño solitario era un maldito loco para ellos.
Pero él los ignoró; esa era su estrategia, su costumbre; inmutable, lanzando sin cesar uno que otro mensaje a tierra firme.

Los tres amigos, al ver su actitud, terminaron por sentirse ridículos; de esta manera se atrevieron a aventarle piedras al pequeño, hasta que una se estrelló en su rostro, abriendo al instante esa siempre fresca herida de penetración emocional.
Como única respuesta el solitario permaneció quieto, sin lágrimas, sin moverse, sin modificar en lo más mínimo la profundidad de su mirada -que en ese momento advertía el nacer de un futuro árbol centenario, más allá de la cortina de vapor, en el bondadoso reino de las termitas.

Como siempre sucedía, los niños se llevaron la aburrición a sus casas; gritándole a ese necio que era un cobarde lunático; sin detenerse a reflexionar que ninguno de los tres tuvo nunca las agallas de enfrentar la corriente del río, para encararse con el pequeño.

Y el sol se despidió en su acostumbrada osadía siempre innovadora; desvaneciendo el orgullo de las montañas en el horizonte.
Aquel niño solitario sigue ahí, en esa terrible oscuridad de fantasmas proclives a la creatividad; curando su dolor con el fresco del río, alimentándose de estrellas, al cobijo con esa idea compartida.




II
La tormenta se acerca. Hojas secas y basura rasguñando la banqueta. Ahora el viento desea contar su propia historia.
Se cuela por debajo de la puerta recorriendo tu cuerpo. Las bisagras gritan su angustia, giran impotentes hasta que la chapa marca la pared.
Presintiendo la desgracia permaneces recostado con las manos en tu nuca; mientras las olas rebeldes acarician, para luego deleitarse con el sabor amargo de tu cama, una y otra vez, más potentes a cada intento.
Hay luna llena naciente; la marea está ovulando.

Tal vez a la Tierra le gusta satisfacerse con la penumbra de ciertas atmósferas; tomando en cuenta que allá, a lo lejos, a la derecha del cuadro de tus padres recién casados, el sol brilla con majestad, entre nubarrones que van del blanco acechante al gris más tempestuoso, ligeros al viento; navegando el curso de las gaviotas de peñasco en peñasco –una de ellas acaba de humedecer la almohada de tu madre.
El horizonte nítido besa al mar a la distancia, confundidos al final de la sala; salpicada la cocina y hasta los demás cuartos en un azul modificable, presagiando la masacre.

Tu cama al fin es invitada a flotar, hasta convertirse en vaivén placentero que disfrutas sin comprender.
Tu cuerpo horizontal roza el techo de la recámara; acostumbrado a absorber, en un amarillo pardo, la añeja fetidez de tu propio sudor.
La alegría de la naturaleza está poniendo tu casa patas arriba; pero...
¡El agua salada escapa por la ventana! ¡Rápido! ¡Sumérgete! ¡Desprende el tapón de la tina, allá, en el baño!
¡Los siete mares deben arremolinarse para salvar el honor de tu río santo!

Mínimos cambios.
Regresa a la cama. Presiona esa tecla; enciende la fogata debajo de tu almohada.





III

Las banquetas lucen limpias por primera vez. Tan pacientes reprimidas ante la distancia del pensar; muy cercano el clásico puntapié callejero; la cotidianeidad, lo real.
Deshonor propio y ajeno. Monos darwinianos semejando estereotipos en desarrollo, en un programa, en un sistema.

Alguna vez, mucho tiempo posterior de aquel suceso a orillas del río, el agua dulce y el cemento solían seducir, a la par y sin prejuicio, a la arena de las llanuras; sin origen, sin enseñanza ni guía; descubriendo de esta manera el real concepto de una emoción: la aventura.
Hasta que una tarde que todos desearíamos olvidar, el agua logró huir sin defectos de fabricación; evaporada, incapaz de luchar ante semejante enemigo; y es que no podía creer lo que esos monos darwinianos habían hecho con sus confidentes: petrificados para siempre.
La hermosa piel de la arena convertida en terrible costra dentro de rocas mudas, ciegas y sordas; sin tiempos mejores ni esperanza alguna; cuando todo lo que ellos deseaban, en un inicio, exentos del concepto de epopeya o un banal seudónimo, se basaba en recrear un simple origen: el todo.

No lo sé... si la gente pudiese llorar, si la gente lograra reír. Si la gente quisiera divertirse.
No entiendo si aquella lágrima fue absorbida por el sol ensangrentado del pequeño en emancipación; quizás la banqueta se impregnó de ella sin titubeo, buscando un poco de consuelo para un par de profetas ingenuos.
El atardecer enrojece de vergüenza. Por el extremo norte de la calle, más allá de ciertos concretos en pavimento, un viejo se seca el sudor a lo largo de los recuerdos que brotan de su frente; soporta la anécdota sobre el lomo encorvado.




IV

Letargo vespertino. La niebla nos envuelve, camina, tan lenta y espesa. Destellos en silueta sin sonido. Parece venir de ninguna parte; detrás de ella todo inmaculado que da pena.
Flota desde hace siglos; sin tiempo por carecer de lo que tú comprendes por alma; sin ancianidad ni lactancia. Sabio su secreto de la eterna estética.
Parca, provocativa; erótica, te sugiere profundidad en movimientos hormonales al acariciar tu cuerpo seco con la llama gélida del deseo.
Quizás avanzas o ella desfila desnuda, mostrándose, sonriéndote; lo sientes en su forma que descubre en tus ojos dos grandes torbellinos sin color, inmunes; evitando fastidiar un sólo cabello de tu cuerpo.

Así, los dos caminos se desarrollan en dirección opuesta. Uno te advierte. Otro te invita. No dudas en aceptarla al incitar un éxtasis desconocido.

El descenso es cordial, casi recto. Sientes calor en tu mano izquierda. Aromas conocidos acarician tu cerebro. Te abalanzas sobre la nada; tu nariz escurre por instinto o por costumbre. Las ideas bloqueadas. La niebla es carmesí.
Bruma juguetona hasta llevarte a un ventanal empañado. Es la cabina de una nave que desea alcanzar las estrellas; al sol de un ocaso sin cadena.
Es el eslabón perdido, nervioso, que te grita desde el interior de la cabina, luego de advertir tu presencia indeseable; desempaña el cristal con su mano virgen, ridículamente enguantada en un blanco decadente:
“Mi vida no parece valer mucho para la NASA... Pero, ¿qué puedo hacer? Únicamente soy tu pariente lejano.”
Palabras textuales de un aborto antropológico con tinte de madurez.
Momento crucial en el que te transformas en testigo de su asfixia, de su resignación y estúpida calma; como todo desarrollo llevado a un límite equivocado; como judío dirigiéndose al baño final. Como inoculado irremediable.
Eres la viva imagen de tu tatarabuelo.

Ahora has elegido el aviso, confundiéndote entre una multitud formada por advertidos en arrepentimiento e inadaptación.
Son afiches sin fetichistas con las yemas de los dedos ardiendo. La virginidad mental resbala en sus frentes torturadas en vano.

La sangre, como es su risible costumbre, llegó al río. El cuestionamiento es doble; nula tu respuesta.
Te enseñaron a evadir la experiencia. La parsimonia te lanza tan lejos que te conformas con mamar del recuerdo de tus padres. A un milímetro del cristal, el huracán mata.
Es una lástima, ya no puedes morir.




-------&-------




La primera tarde después del ocaso, que al fin enfada al horizonte. Ultimos rayos marrón sobre tu rostro que reposa, evade el fastidio de la costumbre.
Es el Ángel de la Independencia que se yergue a la orilla de un río pasmoso en smog, aleteando sus sucias alas doradas; quien te dice:
-El precio de la locura, si no lo puedes pagar, te ordenará orinar sobre el sol.


El Ángel ahora te sonríe, carcajea, mostrándote su dentadura de chacal, deseoso de mordisquear hasta deglutir los manjares del río y el mar, de la niebla, el viento; la vida y la muerte.
En el fondo de su garganta los grandes recuerdos de casa, enmarcados por una banqueta pusilánime, absorta en esa simpatía que ha mutado en comprensión. –La vida te da otra oportunidad.
-El fin ha huido –te dice el Ángel-; ahora, debes llegar, descifrarnos el inicio de este cielo despejado.
El Ángel eructa angelical; y es que estás a punto de ser digerido; abre sus alas, se desprende del podio mohoso, vuela hasta perderse en un astro tan sanguinario como lo pueden ser tus propios horrores sin trascendencia.
El Ángel desea ser apedreado por millones de inocentes capitalinos; pero a final de cuentas se pierde en el claro horizonte, totalmente escéptico.

Millones seguirán brotando con afán de chimpancé disfrazado en un deseo medible por un simple suceso accidental, en las paredes de la gran ciudad que no has sabido querer; que te han enseñado a ignorar.

Lo untoso de tus venas, hasta que broten alones en tu espalda; hasta que te sientas ridículo de permanecer sobre una banqueta, sobre un pedestal, sobre tu cama; experimentando un renovado matiz y el nacimiento de novísimas aletas; Entonces, imitarás al Ángel Independentista -de ángel no tendrás nada.
La vida real, más allá de la realidad que te ofrecen.

El Monumento a la Masturbación ha desaparecido; esto es algo que a ti no te interesa.
Los cuatro elementos lograron olvidarte. Tus manos en tu nuca. Tus dedos en las teclas.

Y por si fuera poco, la sombra al asecho del perfil decadente de una impureza angelical, cuestionando mi descuido mientras desvío los ojos de esta hoja de papel:
-¡Demuestra ser digno!
Comprendo que su plan es perfecto y el error promiscuo. Ambos anversos a la causa justa.
Le ofrezco mi honor; transfusión de espermas zooides. El ángel vuelve a intentarlo:
-¡Acaso me mereces!
Mi hambruna es perezosa, el estetoscopio hipnótico. Detrás del ángel humea radiante el lomo del mundo como única escenografía. Dulce inmovilidad glandular. Demagogia de origen y acaso quién lo parió.
Cuadro blando, fondo puro enmarcando al difamador de azules ambarinos y un tenue floreciente, en el sudor sucio de sus ojeras. A la diestra, orín sangriento de más de un iluso militar comprado, que vende. Insiste:
-¡No me provoques!
-Lo sé todo –le respondo, sereno-. Ahora habla tú.
Pero el ángel vuela de nuevo.
Dieciséis cadáveres arrean una bandera en la pantalla. El Primer Impúdico se seca una lágrima de insomnio; señal de no admitir intrusos al redactar las noticias del día de mañana. Crónicas en confidencia de primer esquina en las paredes de la ciudad; de último rango en los libros que pretenden conocer la anécdota a cambio de sentirla. Optimo anónimo del círculo perfecto.
Catástrofe en el corte transversal de la antena izquierda de una mariposa blanca, que hasta hace unos segundos cortejaba esta vela. Terminó en el momento exacto: antes de archivar la opción como un simple fin. Su instinto el destino; evitando comprender la muerte por no interesarle planear la vida.
Seguro que en estos momentos la mariposa se burla de nuestra ignorancia detrás de una roca de polen. A su lado, una diminuta araña de órbitas carmesí cuelga del candelabro; su equilibrio es perfecto; el retroceso futurista.
El lomo del mundo se ha enfriado; se endereza...

Texto agregado el 18-04-2004, y leído por 428 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2007-08-04 02:03:03 Fantasmas proclives a la creatividad son los que lo asechan a asté, desde siempre, que suerte! Nalleli 40. la-negra- chilena
2005-10-24 04:10:46 Que bello es, ojala pudiera transmitirte lo que me produjo leerte. Mis humildes felicitaciones lunada
2004-07-04 04:45:52 Y te digo más alipuso, si puedes has por publicarlo. lucier nagasonambula
2004-07-04 04:44:28 Es maravilloso, con pura poesía, filosofía y mucho arte.¡COMO DICEN EN MI ANDALUCIA!, ANDA CHIQUILLO ,¿DE DÓNDE HAS VENIÓ? lucier nagasonambula
 
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