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Arrecifes Daltónicos

ARRECIFES DALTONICOS



I

Laberintos de luz atajan las sombras.
Yo gusano, ubicado en la sexta opción musical, propongo mi estrategia al morador de armonías.



Arrecifes daltónicos en agujeros negros crean del todo poseído. Algo se mueve, nada me estorba. Ahora puedo provocar el tropiezo.
Largo cabello decora tu espalda en finos brotes de infancia. Fiesta del mar sobre el césped, luciendo aletas de cristal las cercanas mariposas del otoño.
Insisto en el ensayo de un idioma no creado.

Gotas de fuego
mudan acordes
bajo la nieve

El simulado salvajismo del ciempiés esconde cierto agudo raciocinio de mecánicas; transparente fe sin causa aparente.
Recorriendo el primer vientre femenino en ocasión reconoce su poder y sutileza. El color de mi respiración impregna ombligos de terciopelo. Es blanca mas nunca antes.
Permito al animal explorar sus instintos. Aviso de risa; voz cruda.




Armónicos extremos
del intelecto barbarie

Colinas extraviadas persuadiendo la rutina; negándose a ella y el gorrión a lo intenso. La yerba en sus senos me dice que no habrá final.
Batir de alas. Lluvia pertinaz.
Arcilla, asepcia, resbalando nuestro cuerpo de capullos prematuros, vanidosos, impacientes, intuyendo que este rito es mandato natural.
Inocentes pajarracos procurando perdurar.

Pezones en veda
el ave en tierra

Muda plumas por dedos.
Pistilos en nubes de argón ante la disyuntiva de ver… hablar.
Prefiero el vuelo.
Descubre los restos del brío al rozarse con el césped. Un hongo la penetra.
Mastico basura. Lo demás hace.

Falanges refractan la luz

Las Madres de la Invención puntean cuerdas en un piano; cerca del fuego que nos reseca. Alguna araña patona protesta, su prisa simula la muda.
Permanecer, como la hoja que sube desnuda hasta el arcoiris de un limpio rocío, pureza; sucio desvarío por proseguir. -No puedo cederla.

“¡Rocío!”

Rocío en tus mejillas; en tus miedos que ascienden intactos.
El sacramento nos lo otorga la unión, nunca la voz.
Excelso silencio. Sordo grito al burlar protocolos.



Ceniza de fuego
sombra de leño


Reflejo de uno solo; de uno, solo.
Un error: proseguir. Una opción: reserva, nostalgia, desierto. Triunvirato perdido en la casa de los espejos; donde laberintos de luz siguen confundiendo a las sombras.

No tuvimos cautela al construir este fugaz nido de alambre; encubando voces en la incertidumbre de lo inevitable; en la aridez de nuestras lenguas enroscadas.
Es la oportunidad del ciempiés. Razón de ser del ocaso.

Eludimos lindes
de la Trinidad

Tres minutos.
La dicha nos complace al hacernos creer que ronda. Ceniza dispersa de agua sombría cuando el ave sangra efectos extremos en sus caderas.
Tan sólo una vela: la necesita…
La enciendo, la ubico. Oscuro declino mirada femenina. Mi tacto bastante duerme sus ojos de negros blancos bajo el agua. Polos relativos del timbre y la podre dando paso al primer dígito inventado ante el blando imaginar humano: décima repetición de lo ideado.
Dulce sueño Maya.


Nueve líneas
en las llamas

El olor del agua en movimiento es fe del arrecife circundado por peces cuyas plumas adornan, arrullan la entrepierna de la Primer Mujer.
Madres enmudecidas.
Medianoche. Se pregunta si el cuadrante se diluye o la electricidad endurece sus nervios.
Hermoso tordo en la ventana de madera, de mirada intraducible.


Mi palabra
encrucijada

Los otros elementos se abstienen. Redobles ridículos retiemblan las bocinas. Himno de muerte.
Ella no necesita almidones para admirar el amanecer. Un La Sostenido reinventa caminos tortuosos de la cera.
Cubre el teclado, baja del árbol, viendo a lo lejos algún tejado con ambos viejos adormitados.
Hemos creado una esperanza que fortalece en las olas preservando el papel. Suaves líneas en el ritmo de esta imagen.

Necia nota
de la marea






II

La luz emana. Ella descansa. Algo me sigue, mordaz.
El gusano en vigilia convence a la prudencia más allá de la arena; donde tan sólo suelen ser respetados sales y huesos.
Agua de lejanas lluvias en los caracoles. Lodo escurriendo tibio de mis genitales. Un hongo en la mente del lenguaje dogma en ramas deshojadas y testimonios beatificados.

Cristales.
Docenas varias de patas ondulantes resbalan pétalos en aire espeso, procurando al viento.
Matriz hoguera.
Gotera paladar: aves invernando en cajas plateadas gestan preludios que eviten renovarse al Sol. Punzante llamado del mago en la nieve. Perpetua noche peninsular.
El día comienza; la labor ha terminado...

Alud de moluscos
sazón en el fango

Sus espinas perderán vocación si el asceta se atreve a vencer otro dogma: mi rostro ya cabe en el recuadro; el recuadro en la mesita.

A pesar de todo, nuevas líneas en ebullición; de neurona en neurona, de pregunta en pregunta que duda si dudas.
Sonríe tu voz.

Aún poseemos el derecho de hipótesis no concebida. La estética resultaría prudente filosofía en esta tesis desgastada, maldecida, claramente demostrada, tramitada y archivada en patentes, en botellas a la mar.

Abstractos

El necio persiste; la convencida espera. ¿Cabe pensar una respuesta?
-Nada te ofrezco. Todo me estorba.
El convencido duda; la necia aterrada:
-Allá, debaten jurisprudencias del ocio; en tres puntos equidistantes entre cielos, mi cuerpo; el perdón.


Demandas; derrocho... Ahorras; denego.
Ruego; ofreces... Exijo; retornas.
Al besar tus labios, tal vez mi lengua arranque algas en las entrañas de los náufragos. Unico recato de su linaje.
Imposible destino del faisán en la mesa. Pospongo mi farsa soportando tu afán. El incienso recorre tus ojos de follaje denotando fastidio por lograr un instante… un instante.

Concedo resignado una réplica del don.



(Preludio)… Barcos en el horizonte.
La araña restaura su casa con decoro; a pesar del calor de la chimenea incrustada en estas paredes de lechosa gelatina.
Un feto gesta garras; soltando la jeringa que libera esa última gota tardía.

El ingenuo habla: “Guarda mi llanto. Me niego a fecundar”.
Saliva piedra: corcho habilitado en la celebración. Aquí, en tus cuevas. Montañas de frutos.
Enrosca mi delirio; tu estrategia…

Beberte



El árbol torcido también es frondoso; provoca sombras para reposar la fatiga del jinete.
¡Qué paz habrá sido la del siglo diecinueve! Unicamente la del siglo diecinueve, cuando la mecánica era romántica y el sueño diabólico.

Suaves caobas torciendo a mi izquierda. Venus la diestra. Me temo que yo vibro -si al menos temblara.
Flor misteriosa de luz olorosa en mi tacto enraizado origen cascada.
Otra uva pasa en eje vapor.
Guiness calidad. Nobel apolítico. “El Grito” de Munch tambalea el tablero: Reina de aletas delfín; peones escamas en pez vela. Arrecife sicodélico es cimiento de un faro que una vez fue torreón.

Líquido mental
lívido metal

Yucatán al fin emancipado del tercer encuentro. Indios, faisanes, confidentes naturales.
Otro continente.

Esta botella de vino contiene uno de los eslabones que suelen contar tus contracciones. El collar equivaldría a nuestra temporada.
Falso celo; apacible tormento.
Tu fina cabellera de vertiente en la ribera.

Ensayo
de Miró



No sé si julio representó mi ascenso.
Ella toma fotografías de las excusas que han optado por la vereda al altiplano.
Ahora puedo descansar.

Es recomendable perder el hígado a ganar la rutina; los reflejos a la lucidez.
Su equilibrio al borde del cenote. La huella del Hombre sigue zanahorias atadas a la sensatez. La hoja de vid posa suave en el vientre hinchado de capullos. Sin prisa, el tordo la seduce.

La voz del viejo:
“La paz huyó… ”

Un Si intuitivo es un No de sospechas. Un sol apenas sostenido por el bochorno sigue guiando estas nobles gotas de cera.
Minerales de otros mundos en la selva que termina: el rastrero cae sin fraguar mi suicidio.

Neuronas miles son intestinos. Negativos hollín. El Tercer Ojo en su yema lisa.
Línea digital desmadejada, desconectada de toda prueba acusadora, de uñas decoradas por grafitos de provincia y flashes doloridos en las palmas dirigidas a las costras del madero.
Pulseras de espinas ennoblecen las zancadas de un gato que brota de la pared; armonizando con decoro el tablero y la mesita.

Guiar anónimo es libre liderazgo: excusa por no ser admirado. Nunca algo más.
Acaso este inmenso amor incomprendido. Quizás robar este libro a cambio de perderlo: partituras del híbrido, tallos prosa, mixtura invierno. Anécdota completa del pentagrama. Compases -aforismos- sujetos a su garganta desgarrada por la tempestad.

Un tordo posa
en el teclado
la hoja roza
el pedal
Sexta rama
sobre el tejado
...al

Hasta que los presos sean numerados al azar; excepto el que anteceda la hipótesis normal.
Las miradas de los falsos Lo consumen en el fondo de arrugadas bolsas de papel.
Sus mentes se atreven sobre la palma de mi mano.




Quisiera maldecirte en la historia que me burla; cuando somos dos burlas para la historia.
¡Tus muslos talismanes!











III

Y los valles terminaron en colinas.

¿Qué otra cosa podría haber en este muro sino ventanas? Simples y aburridas ventanas de un simple y aburrido edificio escondido en barrancos de inmundicia.

Elipse digital a punto de apretar el botón: millones de insectos pensantes brincarían aterrados de la lata de conservas.
Un anular caracol. Un anular gusano. Un anular rama. Un inesperado anular rana inundando el techo de sublime follaje azul.
Ella puntea el piano con su helado anular telaraña.

Cigarros temblorosos en los dedos blanquecinos de gorilas marionetas.
Las raíces sangran. Nuestras fosas nasales aún gotean, humean. Telas rotas mantienen funcionando ciertas articulaciones.

Tumbas deslavadas

Sobrevivieron unos cuantos renacuajos.
Bodegas de carne con bruma de ocasos astutamente protegidas por ratoneras de agua y uno que otro burro alado mordisqueando manzanas hermafroditas.

El entrecejo de la nube brizna pestañas espigas. Aquel gorrión suplica recuerdos que aun predica.
El mundo girando sobre rieles allá afuera. Pulseras espinas rasgan su luna.

Muros de falanges rematados en frías cadenas de músculo muerto empañan sus cristales.
Llanto sellado. Galería de un arte en cofradías distantes.

El perfil del gusano es anverso perfecto de su esqueleto en florida concesión propiedad de mi civilización.

Dos senos parlantes firmados por Magritte.

El doble del teatro experimentando novedosas muecas con su ojo de cristal en cuerpo de orquesta.
Estoy tentado a lamer pintura blanca sobre mi obra; y es que el don del silencio le ha sido otorgado al embrión.

Los siglos son simples signos en canto cubista si la hoja cae espiral; sugiriendo semejanzas desde el germen hasta la morfología de mis orejas.

Rastro pergamino. Pies de perros santos. -Su vientre, sax guillotinado.
A mitad del recinto, del suplicio, discretos aretes a punto de estallar belleza.
Su precio me ha acostumbrado al insomnio.
En el sombrero, sobre el tejado, caen las monedas del ser amado.

El dibujo de un infante podría exigirlo todo del impresionismo: máscaras.
Borrosos escollos contemplativos.

Cinco centímetros cuadrados de respeto por un Tlaloc sacando la lengua cascada. -También lo han comprado.
Esta casa sabe reírse de mí.

El fax pasó sobre la araña que sirve de alimento a hormigas prisioneras en telas de juicio; después de ilustrar mis párrafos con su tinte para el cabello; ante el jurado representado por un asno con tres moños en la crin de la soberbia: cavernas en sus colmillos. -Dos bocas roca.
El primer abogado de la nación anota su teléfono en una servilleta; apoyado en el maniquí que abre sus piernas carmesí.

¿Sios Soid?

Panasonic caga un kilómetro cúbico de pelos en la medusa óptica: La Pantera Rosa se desliza en la nieve de Saturno; imaginando anillos en nuestros dedos anulados.
Muy lejos, el sol suda hasta lubricar en veda materna los lindes de su cabellera.

Fémur tronco. Infinitas columnas óseas en ramas puntas falanges. Cresta de frutos que la gravedad libera y las Madres retornan presurosas a tierra.
Eternas.

Sueño vertebral

Planicies confundidas en barcazas en castillos con muelles espejismos; rozando los bordes de redes gaviotas.
Henry Miller tenía razón: todo se mueve.
El agua desearía escurrir lenta: lombrices probando suerte al dejarse arrastrar por la corriente; sorteando el salmón que Dalí dejara inconcluso esa noche desbordada.
Edward James, como todo caballero, supo gastar su fortuna al canjearla por cenizas vivas de naturalezas muertas.

En el tejado, el fantasma de una niña reclamando a Serrat: “¡Insensato! ¡Los Pueblos Blancos también nacen a la orilla del mar!”



Tal vez la ebriedad me autentice: tristes fortalezas son las urbes. No hay diferencia entre plagas y metáforas adoquinadas.
Es verdad, nuestros años no fueron bastantes en ausencia del neón.

La hoja de acero se eleva lenta, convirtiendo al blanco en verdugo.
El circo de la guerra nos tiene sin reserva.

Más lejos, allá, a la orilla del estanque, nuestros hongos alivian, revisten al madero mutilado.
La rana libre, de piedra en piedra, de hoja en hoja...

Triplicamos las estrellas en mar abierto; las olas se conformaron con dos necios. Nada.

El hambre lo es todo: el hombre no es Nada.
Allá, dragones caricatura sazonan faisanes.
Aquí, el ciempiés alimenta a mi gorrión agonizante.

En alguna parte, supongo, un renovado ensayo brota de la mirada del tordo.






Texto de alipuso agregado el 18-04-2004.
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