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LA FABRICA DE CAJAS

LA FABRICA DE CAJAS

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La fábrica estaba cerca de donde vivía entonces, unos quince minutos a pie. Me había avecindado en una buena zona residencial, pero para llegar a la fábrica debía atravesar una colonia pobre. Siempre había muchos pandilleros y basura y malos olores y gente fea. Mirar gente fea desde bien temprano puede deprimir a cualquiera, más si ya te viste primero en el espejo. Sin embargo, debía sentirme afortunado, supongo. Varios de mis compañeros de la facultad tenían que hacer sus prácticas profesionales muy lejos, debían tomar tres o cuatro camiones para llegar a sus trabajos. Con el correr de los días, llegué hasta envidiarlos.

Tomé el trabajo porque estaba preocupado, ya estaba en noveno semestre y no había realizado mis prácticas profesionales. Para lo que me sirvieron. Tenía veinticuatro años, la cara infecta de acné desde los doce, sin novia desde nunca y virgen desde siempre. Aunque después algo cambiaría, para bien o para mal. Estudiaba una extraña carrera llamada diseño industrial que, después de cinco años de cursarla, aún no lograba comprender del todo, ni lo haría nunca, aunque a mis padres en Veracruz les dijera por teléfono todo lo contrario. Podría extenderme en este aspecto, pero basta decir que en la escuela siempre me fue mal en todo, académica y socialmente, punto.

La entrada era a las siete de la mañana. Entré a trabajar un día de octubre, frío y lluvioso. Recuerdo que saludé tímidamente a las empleadas, en su mayoría señoras feas y gordas que aguardaban en la puerta. Ellas solo me miraron, extrañadas, como si hubieran visto una masa de mierda parlanchina, y luego siguieron hablando en voz baja. Durante los siguientes meses la escena se repetiría invariablemente, no obstante intentaba calcular mi llegada para evitar topármelas. Era sumamente incómodo para mí, y además no deseaba deprimirme tan temprano. El suelo de la entrada de la bodega estaba impregnado de excremento aviar, producto de las palomas que anidaban en las techumbres de lámina, y con el tiempo y a pesar de las barridas, el concreto había adquirido una tonalidad blancuzca amarillenta cobriza, completamente demente. Aún puedo ver una escabrosa mancha de ese color, flotando nebulosamente en mis pesadillas.


En la fábrica, mi trabajo era de ayudante en el departamento de diseño, el cual no era más que un triste cubículo de cuatro por cuatro metros, refundido en el almacén de materias primas. No podía considerarse que era una oficina, era un cuartucho al lado del comedor de empleados. Mi horario era corrido, hasta las tres de la tarde. No me estaba permitido comer y tenía que trabajar en una mesa frente a desagradables y feas personas durante la hora de la comida. Tragaban con la boca abierta y soltaban unas risotadas nefastas que me ponían extremadamente los pelos erizados, no sé si de coraje o de nervios. Me alegraba no tener qué comer con esa gente, es la verdad.

Mi jefa directa se llamaba Anaís, diseñadora egresada de una universidad más cara. Tendría unos treinta años. Era bonita, educada, una buena carne, como dirían mis compañeros de la facultad. Todos los hombres tanto cultos e incultos que trabajaban en la fábrica, la deseaban, eso era evidente. Comparada con las obreras, ella no tenía competencia. Simplemente era otro nivel. Podía vibrar, podía menearse, se cimbreaba mientras llevaba las órdenes de producción, se cimbreaba de vuelta a la oficina, con todos los muchachos pendientes de cada movimiento, cada vigorosa sacudida de sus nalgas; meciéndose, balanceándose, bamboleándose. No podía creer que trabajaría con una mujer así, creo que por eso me odiaban los demás trabajadores. Por eso, ajá y porque yo era estudiante, con futuro y esperanza, y ellos... pues eran ellos. Luego me di cuenta que solo era un espejismo. Al principio Anaís fue amable y paciente conmigo, cierto, pero supongo que cuando me descubrió mirándole el trasero, pues bueno, ya no lo fue tanto. En realidad mi relación con ella nunca fue muy especial. Siempre me ha ido mal con las mujeres bonitas. Por muy buena que esté una carne, si te grita y te habla mal, puedes aprender a odiarla como la más fea.




CONTINUARÁ


Texto de chinaski81 agregado el 28-04-2008.
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