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Inicio / Cuenteros Locales / EVERO / El Hijo de Osiris o El Hombre que amó Mil Corazones (10)

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Los días parecían eternos. En todo momento pensaba en Miguel. Siempre imaginaba que le abrazaba. No deseaba nada más. Únicamente permanecer durante muchos minutos de esa forma. Y el corazón me ardía. En otras ocasiones leía alguno de los libros que me había regalado. El tema de los mismos era El Fuego Eléctrico, El Fuego Solar y El Fuego de La Materia. Para mí eran realmente incompresibles. Pero, el solo hecho de leerlos, era una forma de estar con él. En ocasiones creía entender algunas frases, y en otras simplemente sonreía sobre misterios tan extraños y alejados de la vida cotidiana.
Aquel estado me llevó a una crisis en el trabajo. La atención a los clientes comenzaba a hacerse en cierto modo insoportable. Hacía un mes, daba por sentado que era lo que me había tocado vivir, pero ahora que un nuevo horizonte de amor se había abierto en mi vida, hacía más evidente que mi situación no era excesivamente brillante.
Sin embargo, también es verdad que comencé a tratar al público de forma diferente. Mis palabras amables eran las mismas que siempre había pronunciado, pero en algunos casos observaba mejor la mirada de los distintos clientes.
Podrían ser considerados a grandes rasgos dos bloques diferentes. Había unos hombres que venían al club de alterne simplemente por puro y vicioso placer. Pero había otro extremo. Eran los hombres perdidos. Más bien, podría decirse niños. Su mirada anhelaba el amor de una madre. Tal vez parezca que estoy delirando. Pero a mí, así me lo parecía. Tras sus modales hombrunos, su corazón estaba extraviado en los tortuosos laberintos de La Vida. Su sentimiento transitaba de la insatisfacción general en su trabajo cotidiano a una decepción profunda en la vida familiar y espiritual. Venían, disfrazados, camuflados en sus trajes de última moda, pero con un corazón perdido. Sobre otros casos, prefiero no recordarlos.
Durante unos minutos, aquellos hombres-niños, intentaban encontrar a través del cuerpo de las mujeres el anhelo profundo y abstracto sobre La Vida. El tesoro que todos perdímos en el momento de nacer y que debíamos recuperar. Ese tipo de hombres era el que más me gustaba tratar. Mi vida aparentemente vana y dilapidada, tenía un punto de valía.
Respecto a esa pequeña fractura o brecha en mi vida cotidiana, pienso que con casi toda probabilidad, igual me habría dado que hubiese trabajado en una oficina llena de papeles, que en un restaurante de lujo o en el despacho de abogados más importante de la ciudad.
Mi alma ansiaba la belleza. Y ahora que ese deseo profundo, incomprendido y escondido tras una inmensa neblina, estaba tomando forma y posibilidad, hacía que hubiese en mi corazón una distancia muy grande entre el cielo y la tierra.
Miguel era el lugar que anhelaba mi corazón. Sentía cómo si me hubiesen pegado a él. Cómo si un tremendo imán atrajese mi corazón al suyo.
Mi imaginación me llevaba hasta él. Y con mis manos acariciaba su pecho a la altura del esternón. Deseaba poner mi rostro en aquel lugar que percibía como una fuente de vida, luz y calor. Como si en aquel punto su alma desprendiese una energía insospechada que me colmaba de infinito amor.

Texto agregado el 28-04-2008, y leído por 17 visitantes. (0 votos)


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