-La vida en el internado estaba marcada por un estricta distribución de las horas. A las siete nos levantábamos, acudíamos a la capilla y luego venía el momento solemne del desayuno. Casi lo mejor del día, tanto por lo rico que estaba todo, como por las risas continuas. Clases, recreo, almuerzo, recreo, clases, rezos en la capilla, cena y de nuevo a hacer alguna broma en los dormitorios comunes donde cabían aproximadamente cincuenta o tal vez cien camas.
-¿Estabas a gusto Miguel allí?
-me encontraba feliz, especialmente haciendo deporte.
-Ya.
-Bien a lo que íbamos.
-Es verdad. Eres un tramposo. Ya se me olvidaba lo importante-sonreí pícaramente.
-Éramos niños normales. Por lo tanto ese abstracto objeto de deseo que era la mujer en sí, siempre estaba en algún lugar de la mente y algo que de alguna forma debía de salir a la luz. Cuando tenía unos doce años se produjo un hecho, que yo sepa aislado. En mi curso éramos unos cien alumnos, y aproximadamente unos ocho o diez acostumbraron a hacer pequeños juegos “eróticos” . Recuerdo que había un chico en concreto, que por su belleza atraía a otros. Y recuerdo verles por algún pasillo, todos haciendo “tontadas” como estar todos apiñados uno encima de otro formando un montón de cuerpos sobre el suelo. Juegos en los que sentían ese dulce placer que no llega ser algo más que una suave caricia. Que yo sepa nunca se llegó a mayores, ni mucho menos. Eran más bien juegos en los que se rozaban y se sentían.
-¿Y tú no participaste?
-Me habría gustado, pero podía más el miedo y la vergüenza. Sin embargo habría sido feliz en aquellas luchas amontonadas y que parecían agradables. Si bien, es como mi inocencia lo veía, pues puede que hubiese algo más. Además recuerdo un detalle. Sí que me atraía aquel “efebo”, pero no otros que había en el grupo que eran más agresivos.
-¿Igual llegaron a sacerdotes de la Iglesia Católica?-le pregunté un poquito maliciosamente.
-No,-contestó sonriendo- expulsaron a todos.
-Y cómo siguió tu vida allí.
-En términos generales feliz.
-Oye Miguel. Me pregunto si realmente estudiabas..
-Ja Ja Ja... Claro. Saqué sobresalientes en Latín y Castellano...
-Josplis.
-Pero lo gracioso del tema es que fue a raíz de dos golpes en la cabeza que me dio el profesor. Se llamaban capones. Y consistían en pegarte en la coronilla con los dedos curvados y en círculo para que picase más el cuero cabelludo. Bueno el caso es que aquello me espoleó, y de suspender el primer mes, comencé a sacar sobresalientes. Pienso que aquel pequeño aviso resultó bastante efectivo.
-Durante los siguientes años del internado y respecto al sexo, es muy sencillo de contar. Siempre me confesaba: Padre me acuso de pensamientos y actos impuros. Pero estaba claro que nada podía con la fuerza más poderosa de la naturaleza humana.
-Qué bueno. Contesté.
-Sí. Apenas sabía darme placer a mí mismo. Casi me tuvo que enseñar otro, pues como te digo, no había una universidad donde te enseñasen.
-Ja Ja Ja.
-Aquellos años fueron respecto al sexo años con exagerado sentido de culpabilidad, pues era pecado, ante una explosión que ocurría en el cuerpo de un joven. Sin embargo la idealización de las mujeres fue en aumento. Y, en última instancia, la causa de dejar aquel camino.
-¿Qué pensabas de nosotras?
-Que las mujeres erais lo más maravilloso del mundo.
-¡Qué lindo! ... ¿Y ahora?
...
-No hubo contestación. Solamente una mirada tan profunda y amorosa, que me detuve delante de él y le abracé durante un inacabable minuto. Las lágrimas brotaron caudalosas, permitiendo que expulsase de mi alma el dolor acumulado durante tantos años de sufrimiento y soledad.
|