Los días placenteros de la primavera transcurrían inmarcesibles. Me emocionaba y me ponía nerviosa cuando aparecía Miguel caminando en la distancia.
-¿Qué tal? ¿Cómo estás bonita Emilia?
-Muy bien-le solía responder- y seguidamente le tomaba del brazo y caminábamos por un largo sendero que serpeaba entre pinos y hayas. Paulatinamente ascendíamos hasta un pequeño montículo desde donde se divisaba la ciudad. Los días que había llovido, nos regalaban el suave olor a tierra mojada y la dulce fragancia de las ramas de los imponentes árboles. En ocasiones me paraba y abrazaba a Miguel.
¡Ay cuanto te quiero! – le decía, y luego continuábamos caminando. Y el me tomaba la cara con sus grandes manos y mirándome a los ojos me contestaba:
-Ahora debes de ser feliz. Deja atrás el pasado. La fragua ha hecho su trabajo y la esencia de tu corazón brotará cada día más.
-Miguel...¿puedo preguntarte algo?
-Sí
-¿Cómo es nuestra relación? A veces me imagino que podríamos vivir juntos y otras me parece un imposible.
-¡Mi joven y amada Emilia! A todos nos han ayudado en algunos momentos. No hay nadie en el mundo que pueda decir que él se ha hecho a sí mismo. Comenzando por su nacimiento en el que necesitó que le regalasen un cuerpo, pasando por su infancia en la que todos los cuidados de una madre fueron pocos para hacer crecer a esa pequeña planta, hasta llegar al colegio y necesitar profesores que le ayuden en su proceso de aprendizaje. Los médicos que en ocasiones le ayudan a soportar el dolor físico y restablecer el orden en su cuerpo. Los inventores, los productores de alimentos, los diseñadores de las ciudades...
Y muchas veces. Cada uno a distinto nivel, encuentra quien puede ayudarle a saltar un peldaño en la infinita escalera de La Vida. A mí me ayudaron por dos veces. Y cada una de ellas fue un salto cualitativo importante. Y ahora estamos aquí, para aprender un método que ha salido de algún alma que habita en la Mente Universal.
-Entiendo Miguel. A mí me encantaría tener una compañía como tú y dejar la soledad que durante tanto tiempo me ha invadido, pero también sé en el fondo de mi corazón que eso no podrá ser.
Miguel me miró a los ojos y me preguntó.
-¿Sabes cuántos seres humanos hay en el mundo?
-Dicen que unos diez mil millones.
-¿Y?
-No sé.
-Algunas personas dicen. Nadie me comprende. Nadie me ama. Pero en verdad la frase correcta podría ser ¿A cuantos seres humanos puedo amar?
-Es verdad. ¡Pero es tan difícil mantener unas relaciones!
-Claro. Lo cierto es que necesitamos amar y que nos amen. Y desde mi punto de vista, esto es totalmente necesario. Hay algunas personas que piensan que deben amar a todo el mundo sin recibir nada a cambio. Pero ese punto de vista, tal y como es la esencia del ser humano, es una equivocación. Los hombres necesitamos ese continuo proceso de relación. Amamos y necesitamos esa recompensa de respuesta.
-Pero algunos pregonan el amor porque sí.
-Tú misma puedes juzgar. Sí que en algún momento hacemos un favor a otras personas sin pedir nada a cambio y a ciencia cierta de que probablemente no lo agradecerá.
-Sí.
-Pero en mi opinión el ser humano necesita amar y que le amen.
-Entonces es un amor egoísta.
-Podríamos decir que así es, pero es un método para ampliar su capacidad de amar. Amamos a una persona, a otra, a nuestros hijos, a nuestra familia, a nuestros compañeros de trabajo... y al final resulta que hemos aprendido a sentir el corazón de otros seres. Sentir el corazón de otras personas en cierto modo es amarse a sí mismo, pero hay un cambio muy importante, y es que amar a los demás es amarte a ti mismo. Por lo tanto ya no es un esfuerzo hacer un sacrificio. Un padre trabaja para sus hijos y es feliz porque siente que también trabaja para él.
-Creo que te entiendo. Sentir esa respuesta agradable de otro ser, o sentir que nuestros hijos crecen con nuestro esfuerzo es reconfortante.
-Sí. Pero ahora hablamos de algo que en general no se conoce. Es el fuego de amor del corazón.
-¿Ese fuego es el que siento a veces aquí entre mi pecho y mi espalda?
-Sí. Ese es el fuego del amor. Es una realidad física. No una idea abstracta. Ese fuego es una chispa que una vez nacida se puede acrecentar. Se puede avivar hasta hacerse una llama. Y lo que es más importante, ese fuego es como un incendio que se puede llevar a otros corazones preparados al efecto. Cuando ocurre un incendio, si todo está mojado y verde no se propaga, pero si está seco, entonces una llama puede saltar centenares de metros hasta encontrar otro árbol con el que continuar la expansión del fuego. Así son los corazones humanos. Son centros de luz y energía que cuando están preparados, pueden desarrollarse por sí mismos, pero también existe el método de añadirles el fuego del amor y su evolución es infinitamente más rápida.
¡Dios!
-Eso es de lo que estamos hablando mi amada Emilia.
Miré de nuevo a Miguel. Tomé su mano y la sentí en mis dedos.
Caminamos cuesta abajo, y derramé dulces lágrimas de amor. Era la única manera de desahogar la inmensa emoción que llenaba mi pecho.
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