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Inicio / Cuenteros Locales / gheno / Monocromáticos
Monocromáticos
El sonido del teléfono rugió por toda la habitación. Sin prisa se levantó del sillón y contestó:
__ ¿Quien?__
__ ¿Chinol?__
__ No, número equivocado__
__ Habla Julián__
__ Si, soy yo__
__ Te veo en el zócalo en cuarenta minutos, junto al hotel del centro. Estoy sentado en una de las mesas que están pegadas a la fuente__
__ ¿Qué llevo?__
__Dos linternas y si quieres a tus “niñas”__
__ Ok, te veo ahí__
__Gracias, Chinol__
__ ¿De que, mano?__
Julián era uno de sus escasos amigos. Esa mañana le había hablado para pedirle un favor y él aceptó sin titubear. Le dijo que esperara su llamada para decirle donde lo vería.
Se puso la camisa con dificultad, las heridas de sus hombros aún dolían pero ya habían desaparecido los sueños. Eso era un gran alivio.
Del armario sacó una mochila de cuero e introdujo en ella a sus dos “niñas” que brillaron de complicidad desde sus pulidos cañones. Caminó hacia la alacena, sacó un par de lámparas plateadas y cuatro paquetes de pilas.
Se dirigió hacia la puerta de salida.
__ ¿No se me olvida nada?__ le preguntó a las paredes.
__ ¡Baboso!...__ regresó unos pasos y abrió el cajón del buró. Tomó el amuleto en forma de escapulario color ámbar y lo escondió entre su camisa.
__ Por si las moscas__ sonrió y al salir, cerró la puerta con llave.
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__ ¿Cuantos son, aparte del supuesto papá?__ tomó la botella de cerveza y dio un breve sorbo. El barullo de la concurrencia era elevado y casi a un mismo nivel.
__Mira, uno está sentado en la mesa de allá__ señaló con la mirada hacia su izquierda.__ dos más están en las bancas del zócalo, cerca de la fuente.__ concluyó.
__ ¿Traen “jale”?__
__ Ni dudarlo__
__ Sale, te entiendo parece sencillo, ¿no?... cuando gustes empezar__ se empinó el resto de la botella.
__ Ahí voy, creo que es buen momento__ Julián se levantó dirigiéndose hacia la pareja que discutía y manoteaba sentada a cuatro mesas de la suya.
La niña jugaba con su “Barbie” al pie de la fuente.
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El objetivo estaba tan claro como el cielo estrellado de esa noche de abril: “no debemos dejar que el papá de Fernanda se la lleve a la fuerza”. Y eso había hecho.
En medio del caos que se formó en la explanada, cuando Julián interrumpió una golpiza propinada a la mujer del vestido color arena (la mamá) por parte del tipo de los pants azules (el papá); él tomó a la niña y entre las personas que corrían tumbando mesas al escuchar disparos, se escabulló hasta llegar a la entrada del estacionamiento del Hotel del Centro.
Tenía que subir al tercer nivel. Ahí estaba el auto de Julián esperándolos.
La niña forcejeaba pataleando con fuerza. Con una mano le tapaba la boca y con la otra la sostenía por el estómago a la altura de su cadera. Era delgada y pequeña pero con mucha fuerza.
Corrió por la rampa que conducía al primer nivel agradeciendo que no estuviera ningún guardia que lo detuviera. Vio una puerta de doble hoja en la pared del fondo y se dirigió hacia ahí. De un empellón la abrió y apareció un pasillo bien iluminado. Giró a su izquierda y encontró el ascensor.
__ ¡Mugre niña!__ masculló mientras le soltaba la cara para apretar el botón con la flecha hacia abajo. La niña emitió un grito agudo que logró acallar casi de inmediato.
__ ¡Cállate, coño!__ pensó volviendo a poner su mano sobre el rostro de ella. La maleta estuvo a punto de caérsele. Lanzó una rápida mirada hacia sus costados. Nadie los había escuchado. El pasillo estaba desierto y en silencio.
Entró en el elevador y oprimió el luminoso número tres.
Se dio cuenta que la niña ya no se movía. Colgaba de sus brazos como un trapo.
__ Así está bien__ Le soltó la cara y la cargó como un costal poniéndola encima de su hombro derecho el cual protestó con una descarga de alfileres al rojo vivo. Tuvo que respirar profundo mientras desaparecía el dolor.
La puerta se abrió y le dio la impresión de no haberse movido de lugar. A su costado derecho encontró una puerta igual a la de abajo. Ahora con su mano libre, abrió con cuidado. El tercer nivel del estacionamiento estaba en penumbras. Solo el reflejo de las lámparas del alumbrado público creaba cierto ambiente antiguo.
Sacó de su bolsillo el llavero y oprimió la alarma. A veinte metros de su posición un flamante Mercedes Benz contestó casi escondido entre dos camionetas.
Caminó un poco encorvado sin dejar de escudriñar los recovecos que formaban las hileras de los autos estacionados.
__ ¡Que suerte la mía!__ dijo en voz baja mientras abría la portezuela trasera y arrojaba a la niña al interior. Colocó la maleta en el piso.
Escuchó pasos y volteó de inmediato.
Dos hombres lo miraban sonriendo a cinco metros de él. No los había escuchado acercarse tanto. Se quedó parado observándolos. Casi pudo sentir que la maleta le jalaba el pantalón. Miró hacia abajo un instante y volvió a poner su atención en ellos.
Los dos individuos levantaron un brazo hacia el frente estirando el dedo índice para luego moverlo de izquierda a derecha flexionando un poco el codo; algo como “ni se te ocurra”.
No sabía si le iba a dar tiempo de agacharse y sacar su arma antes que ellos, pero lo intentaría; que más daba; con un poco de suerte, solo recibiría unos rozones de plomo.
En su mente contó hasta tres y se aventó al suelo. Con un giro digno de un Judoka, abrazó la maleta y quedó sentado con la espalda recargada en el neumático de una camioneta fuera del alcance de una posible reacción por parte de ellos.
Deslizó el cierre y sacó las dos armas. EL peso en sus manos lo hizo sentir mayor confianza y olvidarse del terrible descuido por el cual se le habían acercado demasiado sin que lo notara.
__ ¿Para que eran las lámparas?... ¡quien sabe!, Julián y sus “mariguanadas”__ pensó de forma rápida al verlas quedarse en la maleta como esperando ver acción también.
Si algo sabía a la perfección era que en su trabajo muchas veces había que ser impulsivo y determinado. Ganarles el valor.
Se puso en cuclillas y se aventó hacia su lado izquierdo mientras estiraba los brazos presionando el gatillo. Tres detonaciones llenaron el espacio con ecos.
Cayó rodando sobre su hombro y de inmediato se incorporó sin dejar de apuntar.
Estaba seguro de no haber fallado, sin embargo seguían de pie y sonriendo. Estaban tomados de la mano…
__“¿y ahora?”…__
El cambio empezó por la cabeza. Se les fue el color; o mejor dicho: se les escurrió el color.
Se iban poniendo pálidos mientras que por sus zapatos, salía una mancha oscura que se acumulaba en el suelo como un charco de aceite. A él le dio la impresión de que se vaciaban. Hasta la ropa perdía el color. Al final, quedaron monocromáticos.
La mancha de sus pies se estiraba y se encogía como tratando de despegarse de los zapatos.
Uno de ellos levantó los pies, uno tras de otro y esa oscuridad brotó como petróleo hacia él.
El instinto lo hizo agacharse; escuchó un zumbido pasar por encima de su cabeza; después, un choque viscoso más atrás. Disparó dos veces más.
El otro tipo hizo lo mismo y la mancha se arrastró por el concreto hacia el lado izquierdo, rebotó en una columna y se estiró como una liga. Sintió un tremendo chicotazo en los brazos y sus dos “niñas” le volaron de las manos. Después, se le fue enredando en las muñecas como unas esposas elásticas hasta que no pudo moverlas. A su espalda, escuchó un siseo; sus pies se juntaron; un tirón fuerte le hizo caer de frente si llegar al piso. Se mantuvo suspendido a medio metro del suelo.
Comenzaron a jalar.
Al principio logró resistir la tensión, pero poco a poco sus brazos y piernas cedieron ante esa fuerza. Sintió como se rasgaban los músculos de su torso y no pudo callar un gritó de dolor cuando sus hombros se dislocaron con un sonido hueco. Cerró lo ojos.
Su mente vagó por las historias que algún día leyó o le contaron acerca del oscurantismo: “Se le ha condenado a sufrir en el potro hasta que sus extremidades sean separadas de su cuerpo y se arrepienta de sus pecados…”
Clic… clic…
“… ¡Señor!, acoge en tu seño a este blasfemo para que encuentre el camino hacia ti…”
Clic, clic…
Abrió los ojos. Torquemada y su séquito desparecieron.
Vio una figura sentada en el suelo con algo en la mano. Un intermitente haz de luz bailó frente a su nublada vista. La tensión de sus brazos disminuyó un poco. Pudo enfocar mejor.
La niña estaba sentada junto a la maleta con una de las linternas en la mano e intentaba prenderla. Cada vez que encendía, sentía menos dolor en sus extremidades superiores.
Siguió con la mirada la luz. Chocaba con la liga negra y ésta se chamuscaba. Su corazón se aceleró. Respiró hondo.
__ ¡Deja presionado el botón!__ gritó con el resto de su energía.
El silencio se endureció.
Una luz constante atravesó la oscuridad elástica dejando un hoyo que comenzó a gotear, a ceder. Con las piernas jaló todo su cuerpo.
Tronó igual que un trapo cuando lo rasgan y cayó de bruces. La otra liga se retrajo y lo arrastró unos metros hacia atrás. Cuando se detuvo encogió las piernas.
__ ¡Ahora la otra!__ su garganta se desgarró.
La niña giró la linterna y apuntó hacia ahí pero antes de que llegara la luz a tocarla, se desenredó de sus tobillos.
Se quedó tirado unos segundos. Levantó la cabeza y miró hacia el frente.
El tercer nivel de estacionamiento estaba vació y sumido en un silencio que dolía escucharlo; solo un leve tufo a combustible quemado rondaba por el aire.
Giró su cuerpo para quedar boca arriba. Una oleada de dolor le invadió y cerró los ojos.
Cuando los abrió, la niña estaba parada junto él.
__ Mi mamá dice que cuando tenga miedo a la oscuridad prenda la luz__ la voz de la niña era baja pero muy segura.
__ Tu mamá si que sabe__ respondió en su susurro.
Después de veinte minutos logró subirse al auto con la niña en el asiento delantero.
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Texto agregado el 30-04-2008, y leído por 112
visitantes. (4 votos)
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Lectores Opinan |
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2008-05-22 03:44:56 |
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Muy bueno. uleiru |
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2008-05-07 21:03:43 |
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El diálogo resulta algo confuso al comienzo. No queda claro quien es Chinol y quien Julian. /// Al seguir la historia, se aclaran los personajes. El resto entretiene y está bien. Había que salvar a Fernanda del padre. logan5 |
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2008-05-01 16:38:31 |
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¡Genial, Guillermo! Lo leí ayer, pero no comenté porque, en algunos casos, la primera lectura suele ser más visceral que objetiva. Hoy lo volví a leer con un mayor espíritu crítico. ¡Te superaste! Yo creo que siempre has sido buen escritor, pero lo hacías un poco al descuido, como sin darle mucha importancia, hoy tu texto está limpio, bien pulido, con apropiado manejo del idioma y, un detalle muy propio de tu estilo, das a tus personajes la facultad de moverse con expresividad (los movimientos corporales son también elocuentes) los diálogos, sin basura que sobre, ni palabra que falte, Tuvista algunos visitantes antes que yo, ninguno dejó comentarios, parece ser que los dejaste mudos, uno sin embargo, evaluó con cinco estrellas, igual que voy a hacer yo. Me siento orgulloso, como si el mérito fuera mío, porque pienso que algún jaloncillo de orejas que te di hace tiempo te comprometió a superarte. Y lo hiciste. Felicidades y un abrazo, amigo. aprendi zdecuentero |
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