El sol se nutre en sus sienes
cuando sus héroes traviesos
el vestuario le trastocan
para no dejarlo quieto;
sin importarle fracturas
de clavícula o de fémur,
va repartiendo sus risas
por las calles y mi huerto,
para convertir en vida
lo que le bulle en los sueños.
Es un carrusel girando,
como el mar, es verdadero;
como el alma, transparente,
y firme como el desierto.
(Son desérticas las horas
cuando sus ojos no veo,
y mis ojos un desierto
cuando sus horas no tengo).
En su amplia frente se anidan,
—además del firmamento,
los trompos y las canicas—
de ser mayor los anhelos.
Llora sí, que es un llorón
como son los hombres buenos;
llora, sí, porque es sensible
como el santo que tenemos
para que consuele en vida
lo que en la vida perdemos.
(¡Ay de ti, mi sol tan tierno,
mi melodía tierra adentro,
Dios quiera que tú no seas
poeta y remordimiento!).
Se va procurando a solas
ser un hombre, un hombre bueno
y aunque escribe con la izquierda
es un niño muy derecho.
¡Ay, quién tuviera su don
para deshacerse en llanto!
¡Ay, quién tuviera su encanto
de no perder la razón! |