Rutinas III ( El viejo Roble del cementerio)
Mis pasos se unen a la quietud de la tarde; resuenan apagados, húmedos en el sendero. La tormenta se escurre entre muros de ceniza y un cielo que aún tiembla se inclina sobre el parque.
Lo busco hasta que lo encuentro y mientras me aproximo lo saludo con la mirada. Se viste de hiedra, de esa segunda piel que oculta su silueta rugosa, suave, como el corazón de un anciano. El pasado le ha enseñado a ser discreto.... Es tan peligroso llamar la atención. A sus pies ha erigido un reino de tierras vírgenes donde exceptuando la maleza y los insectos, la fantasía y las quimeras encuentran su alimento. Su tronco se asienta entre dos tapias derruidas cuyo deterioro camufla el musgo paciente. Mi Roble es más bien tímido. Únicamente cuando el sol tiñe de oro su corona revela su verdadera naturaleza. También parece ser algo presumido pues suspira cada vez que el viento le roba una hoja. Un banco desteñido, que alguien pintó de verde en su día, es su más fiel compañero; y por lo visto, con el transcurrir de los años y alentado por el árbol, se ha vuelto tan salvaje como el roble, su amigo....Comparten tantos recuerdos.
Me siento en el banco y alzo los ojos. Su corona se estremece. El aire murmulla entre las hojas y podría jurar que sus ramas se reclinan hasta rozarme. Con un rumor apagado me habla al oído. Su voz me alcanza. Imágenes de una juventud ya remota comienzan a desfilar en mi mente: cuando descubrió lo que es el miedo, y protestantes y católicos se ajusticiaban los unos a los otros, colgando de sus ramas los grotescos frutos de los reos. Todavía tiembla de espanto en las noches de escarcha cuando su recuerdo se ennegrece
Su voz se alza. Me habla ahora de aquellas innumerables primaveras de fuego: como contemplaba alegre las parejas de adolescentes que sentados en el mismo banco donde reclino mi espalda, se iniciaban en el lenguaje de los primeros besos, las primeras caricias, cuando el amor es casi un juego y se ignora todavía su lado oscuro.
Percibo después cómo sus raíces vibran, tal vez de emoción, cuando me explica cómo esos adolescentes acuden en las noches del verano y se pierden en la íntima frondosidad de su maleza para entregarse a la natural llamada de la lujuria y descubrir con ojos relucientes los secretos más recónditos de la pasión.
Su voz se tiñe luego de tristeza. Me confiesa que los ha visto sentados en otoños bordados de nostalgia, cada uno a un extremo del banco, cuando la rutina ha consumido por fin su amor; cuando se han cansado de odiarse con la mirada; cuando ya no hay ni un adiós al que evocar. Finalmente su voz es un lamento que se duele por aquellas figuras solitarias y encorvadas, rodeadas por muñecos de nieve, de cuencas secas y demasiado fatigadas para llorar, que sólo añoran el pasado y sobre todo, la hora en que podrán partir.
La vida a nuestro alrededor bosteza, se despierta. Escucho el deslizarse de un autobús por la carretera mojada al otro lado del muro; el canto de una pareja de gorriones que teje melancolías en esta tarde que declina; el griterío de una manada de chiquillos que juega en un pasto cercano. El cielo se parte en tajos de ocre, por donde se derrama la luz y unas manos invisibles de plata se abrazan a la tierra.
Mi amigo el roble enmudece. Espero aún, por si desea revelarme algún que otro secreto más, pero ha vuelto a sumirse en su letargo, descansa otra vez. Me levanto y me despido colocando ambas manos sobre su tronco. Mientras me alejo soy yo ahora quien le habla., no sé si me oye. Le cuento que vengo de un país lejano donde la tierra no es de terciopelo sino parda y briosa; le explico que es mi deseo morir donde nací, al borde del mar, para estar siempre cercano al rumor de las olas;.y sin embargo, si mi historia se acaba antes de lo previsto, no me importaría yacer a su sombra...Seguro que podré seguir soñando.
Churruka |