Llegamos de la luna de miel muy enamorados, radiantes y calientes como un día de verano. En la casa nos estaban esperando con bombos y platillos, los amigos, mis suegros y Agustina.
El recibimiento se hizo largo, el último amigo se fue a las doce de la noche.
Subimos hacia nuestro dormitorio, abrazados.
Al pie de la escalera había quedado mi cuñadita con una extraña mirada que no supe definir.
Cerré la puerta y comenzamos nuestro juego de tirones, besos y vuelo de ropas que caían por cualquier lado. Celina abrió la cama y nos zambullimos desesperados, apenas su cuerpo de manzana penetró entre las sábanas, se puso rígida y comenzó a chillar de una forma histérica.
-¿Qué te pasa? –yo no entendía el juego.
-¡Hay algo en la cama! –me dijo con desesperación.
Levanté las sábanas y una rana, verde y asustada como yo, saltó sobre mi mujer. Ella comenzó a gritar y yo corrí por la pieza tratando de agarrar al pobre animal que saltaba de la cama al piso y del piso a los muebles. No sé cuanto tiempo duro el escándalo, pero en un momento se abrió la puerta y apareció mi suegro en pijama y cara de pocos amigos, junto con Agustina metida en una camiseta, que oficiaba de camisón y que le quedaba dos talles chica. El cuadro que presenciaron fue ridículo. Celina contra la pared, abrazada a una almohada y tratando de cubrirse, yo en el piso, en cuatro patas, tratando de agarrar ala rana, los dos desnudos.
Mi suegro no dijo palabra, me miró y viendo que nada grave había sucedido, se marchó. Agustina nos miraba tentada de risa.
-¿De quién fue la idea? –preguntó mi mujer con un hilo de voz.
-No sé, pregúntale a las chicas –dijo la muy zorra mientras se alejaba riendo.
Sigue...
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