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Inicio / Cuenteros Locales / EVERO / El Hijo de Osiris o El Hombre que Amó Mil Corazones (16)

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Es difícil poder expresar qué significaban aquellos encuentros para una persona como yo. Confieso que en ocasiones aquella ternura en sus ojos me producía dudas. No podía ser que me estuviese pasando aquello. En realidad qué tenía yo que no tuviesen muchas más mujeres. Al contrario, muchas de ellas habían tenido una educación impecable, un trabajo de prestigio, una familia modelo y eran consideradas por quienes las rodeaban y conocían como estandartes y símbolos de las personas más cultas de nuestra ciudad. Y a pesar de ello. Miguel, de un porte impresionante, de una dulzura extremada y de una cultura más allá de toda duda, se había fijado en mí. Así es que en algunos momentos pensaba que quizás podía ser objeto codiciado de un embaucador. Te parecerá mentira amigo lector, pero incluso le di instrucciones concretas a quien era para mí una hermana, de que no me dejase bajo ningún concepto entregar ni la más pequeña moneda , ni el billete de más bajo poder adquisitivo, si en algún momento aquel hombre intentaba sonsacarmelo. También reduje el límite de las tarjetas . Respecto a las cuentas del club impuse la obligación, para cualquier operación fuera de lo habitual, de que firmásemos las tres.
Después de tomar estas precauciones, no me vi con fuerzas para acudir a la cita diaria y ponerme delante de sus amorosos ojos.
Fue, en verdad un día muy triste. Durante toda la tarde lloré hasta dejar mi cara como la de una aparición. Y mi corazón se salía. Buscaba desesperada la luz de aquel hombre que me estaba mostrando el resplandor de la alegría.
Pensaba en el kiosco y mi alma volaba hacia Miguel. Y abrazándole le daba mil besos en las mejillas y le pedía perdón por mi falta de confianza.
Caminé como una sonámbula hacia el club. Saludé a mis amigas, quienes me preguntaron qué me pasaba. Les mentí con un nada. Y estuve triste como hacia años que no me ocurría. La falta del fulgor y resplandor luminoso permitía que las más oscuras sombras invadieran mi mente.
Por fin me calmé, me serené, y pensé:
Soy una persona libre. Nadie me puede reprochar que defienda lo mío. Si le parece bien, bien, y si no, ya sabe por donde tiene la puerta.
-Mira Emilia. Ha venido tu amigo.
Dirigí la vista hacia la puerta. Y le fui a saludar de mala gana.
-Hola Miguel. Le dije fríamente.
-Hola Emilia ¿Qué tal estas?
-Bien ¿Qué deseas? Mi rostro debía parecer el de una extraña, y en ningún momento me corté. Creo que incluso todavía mi cara debió endurecer sus rasgos mucho más.
-Te traía varios libros, para que los estudies, cuando te permita el trabajo.
-Gracias. No sé si podré.
-Seguro que en algún momento te apetecerá leerlos.
-Gracias.
-Estaré unos días fuera. Pero mi espíritu te esperará en el kiosco.
-De acuerdo-dije tan secamente, que era imposible decirlo más duramente.
-Bueno. Que tengas unos hermosos días-se despidió dándome la mano.
-Ciao.
Cuando ya salía por la puerta, se volvió y me dijo.
-Me alegro de que seas una persona tan prudente y precavida. Hay que defender lo que uno tan duramente ha conseguido. Eso indica que eres una persona sensata y razonable... Y recuerda... estudia mucho.
-Cuando Miguel desapareció, me quedé tremendamente sorprendida, pero a la vez totalmente serena y tranquila. Aquel hombre nunca me pediría nada. Siempre me entregaría lo mejor de sí mismo. Miré el título de los libros. Si la memoria no me falla, uno era para aprender a respirar. Tal vez su título era La Ciencia del Pranayama y el otro era un pequeño librito que se titulaba algo así como Magia Experimental.

Texto agregado el 01-05-2008, y leído por 14 visitantes. (3 votos)


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