Aquel día abrimos por la tarde el club. No era normal, pero comenzaba, precisamente en nuestra ciudad, El Mundial de Fútbol. Iba a ser el partido inaugural. Y la demanda por parte de los clientes había crecido con progresión geométrica para aquel mes. Así es que decidimos las tres socias que anticiparíamos unas horas la apertura del local.
Pero yo, no pude seguir adelante. Cada vez había más divergencia en mi vida. Por un lado ascendía a unas cumbres insospechadas de amor y por otro caía en los profundos valles del vacío y la desesperanza. Y en contra de todo lo que debería haber sido la prudencia en aquel boyante negocio.
-Me voy-le dije de repente a Isabel.
-¿Sí? –me preguntó entre el murmullo inusual de tantos clientes, mi eterna compañera, amiga desde hacía ya veinte años.
-Que me voy.
-Apenas te oigo. Vamos a la calle.
Salimos las dos. Cuando estábamos en la puerta, entró un grupo de extranjeros contentos y felices. Parecía que había ganado su equipo y lo deseaban celebrar.
-¿Qué te pasa Emilia? –me preguntó mi querida Isabel.
-No puedo más.
-Ya.
-Lo siento Isabel. Algo no funciona.
-¿Es por ese hombre?
-No exactamente. Es que no puedo estar como si nada entre la luz y la oscuridad.
-Mi bonita Emilia,-me dijo abrazándome-a Lucía y a mí no nos coge por sorpresa tu decisión. Comprendíamos que un día, más tarde o más temprano la tomarías.
-Precisamente,ahora cuando más trabajo hay.Lo siento.
-No te preocupes-respondió Isabel
-Me marcharé al pueblecito del Pirineo. A la casita que me dejo mi tía.
-¡Que suerte!
-Dentro de una semana volveré a veros.
-Vete tranquila, y disfruta de la montaña. Nosotras cuidaremos de todo.
-Isabel.
-¿Si?
-Tal vez os podríais venir conmigo.
Isabel me miró. Sus ojos brillaron por un instante.
-A mi me encantaría. Sería como realizar un sueño.
-Podríamos abrir un pequeño hotelito, un restaurante, tal vez... no sé.
-¡Mi Dios! ¡Sería tan maravilloso!-casi gritó con júbilo Isabel.
-¿De verdad?-pregunté-¿No es por quedar bien?
-Te lo he dicho con todo mi corazón.
Abracé a mi amiga Isabel. Los clientes no dejaban de entrar.Aquel mes iba a ser una locura.
-Eso si que es una gran alegría para mí-respondí emocioanada.
-Y para mí.Llama todos los días por favor.
-Sí, Isabel.
Cuando había caminado varios metros, gritó mi nombre.
-¡Emilia!
-¿Sí?
-¡Por favor! Sácanos de este pozo.
Asentí con la mirada, pues un nudo en la garganta me impidió contestar. Saludé con la mano, y al darme la vuelta, volví a llorar. Estaba visto que últimamente lo mío era derramar lágrimas.
La alegría me bullía en el pecho y regresé a casa cantando y saltando.. Cogería el último tren de la noche y así, a primera hora de la mañana, podría enlazar con el autobús que llevaba a las montañas.
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