- Me sangran los pies María.
Pedro caminaba descalzo entre las piedras dónde sus pies lastimados iban dejando pequeñas marcas rojizas. El sol se estaba descolgando del cielo, ocultándose entre las altas cumbres, era el atardecer. El aire que bajaba susurrante por las profundas quebradas, iba perdiendo la calidez que los rayos solares le habían prestado durante el día; sintió un escalofrío, sabía que ese escalofrío no lo producía el viento traspasando su raído poncho, era un escalofrío que nacía en su interior y se desparramaba por su cuerpo.
Pronto se haría la noche y él llegaría a su destino y al destino de ese otro hombre en cuya búsqueda marchaba; iba pensando en que, a veces, sin siquiera imaginarlo, algo torcía la vida de un hombre y lo obligaba a hacer actos en contra de sus propias convicciones. Él nunca fue un hombre violento, por el contrario. Pero ese hombre amenazaba lo que más quería en el mundo, su familia.
En un recodo del camino zigzagueante entre los altos cerros, distinguió las figuras de los gauchos que, montados en sus caballos engalanados escoltaban la delgada cruz de madera que portaba un sacerdote. Tras ellos, los fieles en lenta procesión, orando, las cabezas gachas y el espíritu en alto. Tras ellos, acercándose a la piadosa marcha, .... él.
Esa mañana se levantó temprano. Ordeñó la vieja cabra y con desesperación vio que sólo unas gotas se escurrieron dentro del balde, las suficientes para cubrir su fondo, nada más. El animal estaba seco, seco como todo lo que lo rodeaba. Hacía meses que no llovía, la sequía se estaba tragando todo y con la sequía había llegado el hambre.
María había mirado triste la mínima ración. Sin palabras la mezcló con agua hervida y unas hojas de hierbabuena para darle sabor. Cortó unas rodajas de pan y alistó el magro desayuno. No había nada más para alimentar a sus pequeños.
El hombre llegó al medio día. Cara agria, gesto soberbio. Habló con Pedro. María escuchaba desde el rancho el tono airado de su voz. Su esposo era la imagen de la desolación.
El dueño no entendía de pobrezas, no sabía de miserias ni hambre, exigía su pago. Cuando se fue, lanzando improperios y amenazas, Pedro entró al rancho, tomó su viejo facón y salió. María se mantuvo callada, se abrazó a sus hijos y lo miró con todo el dolor y la impotencia ¿qué sería de ellos si a él le pasaba algo?, pero no se atrevió a hablar, sabía el infierno que su hombre estaba viviendo y solamente rogó a Dios para que lo ayudara, para que se lo devolviera; ella y los niños lo necesitaban.
Al atardecer la procesión ascendía los cerros, la gente se arrodillaba a su paso rogando por la resurrección.
En su camino Pedro cruzó la columna, el Cristo pareció mirarlo desde su cruz. Se sintió escudriñado por esa mirada divina y, sobre todo, amado y comprendido, sintió como si un rayo de luz atravesara su alma barriendo todas las nubes que la oscurecían, mientras otras nubes más bienhechoras se iban instalando en el firmamento. Cayó de rodillas bañado en lágrimas, pidiendo perdón por el crimen que iba a cometer y por ese otro hombre de corazón duro, que lo había amenazado con echarlos del rancho, sumiéndolos aún más en la miseria. Pidió por él, para que se le iluminara el corazón y les diera una tregua.
La procesión se alejaba, del cielo comenzaron a caer unas tímidas gotas que se transformaron rápidamente en un fuerte aguacero. La naturaleza respiró aliviada y el agua comenzó a correr cantarina entre las piedras.
Pedro elevó su rostro para recibir el hálito de frescura que la lluvia le otorgaba; recordó a la sufrida mujer, los hijos y sintió la acuciante necesidad de verlos. Emprendió el regreso imbuido de una nueva esperanza, sintiéndose limpio; sabía que iba a ser difícil, que muchos sacrificios los esperaban, pero lo harían, seguro que lo harían, saldrían adelante, allí o en otro lugar.
- Me sangran los pies María – pensó - pero no las manos.
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