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DOLORES Y REMEDIOS
DOLORES Y REMEDIOS.
En aquel juzgado del ramo civil se dirimía para resolución un asunto que había cobrado notoriedad en la opinión pública, con curiosidad que lindaba con el morbo, la gente estaba atenta a la sentencia que se dictaba aquella mañana, que por cierto era esplendorosa, como si la propia madre naturaleza participara adornando el entorno del asunto.
Los antecedentes que para efectos del juicio se remontaban a una noche de Navidad cinco años atrás, cuando Dolores Munguía en un acto aberrante y contra natura, en un arranque de estúpida venganza abandonó a su pequeño hijo en un vagón del metro de la gran ciudad.
Con un rictus de odio le habló al niño: “Para que tu padre nunca te vuelva a ver, de está forma pagará por haberme abandonado”. El niño en su inocencia sonrió y le extendió las manitas.
Sucedió así: el día anterior a esa noche, su amante Gamaliel Ojeda le había dicho a Dolores que se marchaba en busca del “sueño americano”, le dijo sin verla de frente, que la quería a ella y al niño, pero que deseaba más ser rico para darse la gran vida; le pidió que le pusiera por nombre Salvador al niño, como se llamaba su padre; le dijo también que por unos meses no esperara dinero de su parte, porque lo primero era acomodarse donde iba; lo que nunca le dijo fue que lo esperara o que regresaría por ellos. Simplemente un seco “adios” y se alejó para siempre sin volver la cara; la lluvia que empezaba a caer y los ruidos de la calle, ahogaron el grito furioso de la mujer: ¡Me las vas a pagar maldito!.
Cuando el tren se detuvo en la siguiente estación, en la puerta de acceso se cruzaron la madre desnaturalizada y Remedios Carbajal, una mujer piadosa y respetuosa de Dios, a la que la vida la había colmado de riquezas y del respeto y cariño de quienes la conocían, pero que le había negado la dicha de ser madre. Era precisamente el amor por sus semejantes lo que la impulsó a prescindir aquella noche de los servicios de su chofer particular, pues prefirió que éste pasara la Navidad con su familia, Por esa razón utilizaba ahora el transporte colectivo para regresar a su hogar después de asistir a una merienda con los niños del orfanato “Luz y Alegría” y después en la eucaristía de la misa, nuevamente rogó con todo el corazón a su Dios para que le concediera la dicha de acunar en sus brazos un hijo propio.
El llanto de un niño llamó la atención de los pocos pasajeros del vagón, la mayoría eran hombres que pronto se desentendieron del asunto, las dos o tres mujeres que había en el lugar se acercaron y descubrieron al niño abandonado a su suerte. ¡Hay que llamar un policía! –dijo una- ¡tiene hambre, pobrecito! –dijo otra-. Cuando Remedios lo tomó entre sus brazos, el tren se detuvo en la siguiente estación, las demás mujeres se deslizaron hacia la salida como sombras, hasta desvanecerse con la claridad del andén.
Desde esa noche hasta cinco años después, Remedios fue feliz al lado de su hijo Raymundo, por fin Dios la había escuchado y recompensado su excelente comportamiento. En su desbordada fe, la mujer no dudaba que el niño fuera producto de un milagro celestial y así lo expresaba cada vez que podía. No faltó la amiga metiche y comunicativa que lo comentara en otro lugar, así de boca en boca llegó el rumor a oídos de uno de esos reporteros cazadores de escándalos quien acorraló a la madre adoptiva hasta que le contó la historia a detalle y salió en televisión el reportaje en horario estelar, a propósito de la cercanía de las fiestas navideñas.
A los pocos días Remedios recibió la visita de Dolores, no quería al niño, sólo pedía cinco millones de pesos como indemnización, un millón por cada año que disfrutaron la compañía de su hijo. Remedios, confiando en la justicia divina y en la de los hombres, se negó a pagar porque pensó que al hacerlo sería como estar comprando a su hijo, y eso era pecado.
El asunto terminó en los tribunales y después de los alegatos, argumentos y pruebas aportadas por las partes en litigio, finalmente ese día se dictaba sentencia. En el recinto del juzgado todo era expectación, las dos mujeres con sus abogados esperaban ansiosas el veredicto, Dolores, con una mueca como sonrisa; Remedios con la confianza que da el estar bien con Dios. Mientras los representantes de los medios de comunicación cruzaban apuestas sobre el resultado, con ánimo desalmado algunos reporteros decían chistes de mala leche; porque desgraciadamente esa profesión del periodismo termina por deshumanizar a quienes la practican; decían que el juez, como el rey Salomón bíblico, partiría en dos al chamaco para resolver el asunto,
“Este tribunal resuelve: que el niño Raymundo "N" también conocido como Salvador "N" será restituido a partir de esta fecha al hogar que por ley le corresponde al lado de su madre biológica la señora Dolores Munguía, quien en el proceso demostró que el niño, causa del litigio, le fue arrebatado de sus brazos por unos desconocidos aún no identificados.
Esta autoridad no se reserva acción legal alguna en contra de la señora Remedios Carbajal en virtud que existe la presunción legal de que actuó siempre de buena fe, además de que quedó demostrado en autos el buen trato y el cuidado que le brindó siempre al niño motivo de la litis.” ...Fue el veredicto final.
Al abandonar los tribunales, Dolores con el niño de la mano pensaba: “Pinche justicia, de que me sirve, no me pagaron nada de indemnización". Mientras que Remedios con rabia empezaba a creer que no existía la justicia divina.
Esa noche, en el noticiero dizque estelar de la televisión, su conductor, con esa voz grandilocuente y chocante, a gritos preguntaba a su auditorio: ¿Fue justo el veredicto?, ¿Existe la justicia en nuestro país? ¿Y usted, usted como juez que hubiera hecho?
Sagitarion.
Texto de sagitarion agregado el 03-05-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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