Cada paso que daba era un paso hacia la libertad. Cada centímetro que me separaba del club, era un centímetro que me llevaba hacia las estrellas. Cada segundo que me alejaba de aquel ambiente era un segundo hacia el llanto casi violento de una recién nacida. El pecho casi me ahogaba y cuando pasé por una calle donde varios jóvenes vitoreaban a su equipo ganador. No sé si decía algo así como “Forza Italia” yo grité más que ellos. Era la única manera de quitarme de encima el nerviosismo que se había apoderado de mi cuerpo.
No perdí mucho tiempo en hacer una pequeña maleta. Me vestí lo más sencillamente que pude, con un pantalón vaquero y un jersey de color lila; me cubrí el pequeño escote con un pañuelo de tonalidades azul celeste y rosa, llamé a un taxi y cuando apenas había transcurrido una hora y media, estaba sentada en el tren mirando la oscuridad de la noche. En ocasiones, más allá del cristal, podía observar las montañas de color plateado y la luna, en un poco más de cuarto creciente, sobre sus cumbres. Con el azul índigo en mis retinas, cerré los ojos, me dormí, y justamente cuando el primer tenue gris-azulado del amanecer despuntaba sobre las llanuras, colmadas de árboles frutales y cruzadas por las alamedas que delimitaban el cauce de un río, me desperté.
Durante los primeros segundos, no sabía donde me encontraba. Y poco a poco, recordé lo acaecido durante la noche anterior, vertí unas lágrimas y mi corazón sonrió. De la bolsa de mano que tenía sobre mis rodillas, extraje el pequeñito libro titulado Magia Experimental, y únicamente lo puse sobre el tejido del bolsito, para sentirlo en mis dedos. Sonreí de nuevo. Mi corazón percibía el suave murmullo de la esperanza y de la luz.
Las torres de la basílica sobresalían en la lejanía, y el tren marchaba a enorme velocidad, si bien echaba en falta el sonido del deslizamiento del mismo, como lo hacía cuando era niña. Había escuchado en alguna conversación de ancianos, que el trayecto que ahora se hacía en poco más de una hora, antes eran necesarias entre ocho y diez horas, y lo más curioso. Los viajeros terminaban impregnados por el olor a carbonilla, pues las máquinas eran de vapor, y el humo entraba por las holgadas ventanillas.
Al llegar a la estación, caminé trescientos metros y saqué el billete para el autobús hacia mi nuevo hogar. Tenía por delante mucho trabajo. Tendría que limpiar y pintar, y seguro que conseguía alguna subvención del estado para alquilar algunas habitaciones como casa rural. Pronto vendrían Isabel y Lucía.
Y como si ya pareciesen parte de mi naturaleza, las lágrimas rodaron entre mi mejilla y el cristal de la ventanilla. Quedaban dos largas horas. Un terrible agotamiento me llevó a un sueño profundo, que interrumpió el conductor.
-¡Señorita! ¡Señorita! Levántese que ya hemos llegado.
Le miré con agradecimiento por haberme llevado más cerca del cielo.
-Gracias.
-Se parece mucho a su tía.
-¿La conocía? Contesté sorprendida.
-Claro. Aquí nos conocemos todos. La saludé en su funeral, pero usted estaba muy afectada y supongo que no recordará a todos que le acompañamos en el sentimiento.
-La verdad. No me acuerdo.
-No importa.
El conductor me ayudó con la maleta y se despidió muy amablemente.
-¿Viene para mucho tiempo?
-Creo que sí.
-Que bueno, ver una cara tan joven y hermosa como usted. Que tenga un feliz día.
-Igualmente- le contesté automáticamente.
Era un poco más joven que mi tía. La debía de conocer bastante-pensé. El autobús continuó unos cien metros por la carretera y se desvió hacia el puente. En ese momento La Montaña de La Espada sobresalía por encima del bosque de las hayas.
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