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La cena íntima.
Para Ana B.
La cena íntima.
Una mirada al espejo le devolvió su mejor imagen. No estaba mal. Tal vez ese rodete... ¡pero hacía tanto que lo llevaba! La nueva crema nutriente era maravillosa: el cutis lucía lozano, como antes. El trajecito sastre, nunca pasado de moda, le caía perfecto. Y el maquillaje le acentuaba los ojos con un toque de misterio. Recordó los tiempos en que se parecía a Grace Kelly.
Necesitaba verse bien. Él vendría a cenar: la primera cita. Y era en casa. Lo invitó a comer ese salmón al vino blanco que siempre fue su mejor logro culinario.
Todo estaba ya listo. La mesa con el mejor mantel, la vajilla señorial que fuera de mamá, las servilletas con primoroso doblez — ¿no resultarán atrevidas la leyendas “El” y “Ella” bordadas en cada una?—, y lo más singular: los dos candeleros con las velas rojas.
Se apresuró a encenderlas antes de correr a la puerta de calle. Abrió enseguida, con una sonrisa que le nacía en los ojos.
— ¡Roberto, que gusto! ¡Pase, por favor! Quítese el sobretodo. ¿Está muy fría la calle? Acá no se nota, estoy todo el día con la estufa prendida. ¡Es un tiempo horrible!
Lo hizo sentar a la mesa. Le ofreció un vermut al tiempo que echaba a girar un disco que propagó una melodía muy suave.
—¿No le molesta un poco de música, verdad Roberto? A mí me encanta, soy tan romántica... -dijo la niña. - Pero cuénteme un poco, ¿cómo andan sus cosas, su trabajo en el teatro? Debe ser agobiante eso de pararse en un escenario todas las noches, sin que le importe a nadie como está uno por dentro, ¿verdad? Y ustedes, los actores, son tan sensibles, tan... tan receptivos.
Roberto tenía unos ojos soñadores y cuando miraba, parecía que el mundo se detenía. Recordó ella su alboroto interior cuando, aquella primera noche en que fue a ver la obra, él pasó a su lado, ya en el hall, y le dedicó una sonrisa. Desde entonces fue a verlo todas las funciones.
De pronto pegó un respingo.
— ¡Perdón, que tonta, se me pasa de punto el salmón! Permiso, Roberto, voy a traer la comida. Pero sírvase más aperitivo. Pruebe esas papitas saladas, son muy ricas.
Se fue y volvió con una fuente humeante que emanaba un delicioso aroma a especies, condimento del salmón trozado, ocupante central del recipiente, hábilmente flanqueado por papas a la crema.
— Le haré probar mi especialidad, Roberto. ¿Se asombra usted? Una receta familiar. Espero que le guste. Páseme su plato, por favor.
Repartió en dos platos. Luego, tomando la botella de vino —un chardonnay salteño—, lo escanció generosamente.
— Hagamos un brindis, Roberto. ¡Y mirándonos a los ojos, plisss! Por nuestra amistad -dijo levantando la copa. Y siguió:
— Por esta amistad que hoy nace y que...quién sabe, donde puede terminar. Tal vez Dios quiera y seamos más que amigos, Roberto. Si nos conociéramos mejor... Puede ser que... el amor ¿por qué no? se instale entre nosotros, que formemos una pareja y tengamos un hogar. Un hogar feliz, dichoso, duradero...
La copa cayó de su mano, haciéndose pedazos sobre el mantel.
Y se echó a llorar sobre la mesa, donde un par de velas encendidas, un plato servido y una silla vacía oficiaban de mudos testigos de su soledad.
Texto de leobrizuela agregado el 03-05-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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