Agujero de gusano
1. El predicamento.
Tomás Palmer se inscribió en un club de tiro al blanco. Horas más tarde, su ex esposa lo llamó por teléfono y le contó que se casaría de nuevo. A veces el destino parece estar emparentado con las matemáticas, pues la energía puesta a disposición del primer suceso disminuyó la pesada carga emocional del segundo, por lo menos por cierto periodo. Tomás compró blancos, balas y una pistola. A diario empezó a disparar como un pistolero del viejo oeste y muy pronto se convirtió en todo un experto. Nada más importaba.
El tiempo siempre reclama sus derechos, en consecuencia, la angustia de Tomás emergió poco a poco. Sus conocidos hablaban del matrimonio de Pilar y él adoptaba una mueca sonriente, mientras experimentaba un holocausto nuclear interno. Palmer nunca quiso consejos, palabras de apoyo ni diálogos moralizadores, sólo pretendió arrinconar todo. Pero el matrimonio sería en una semana y los balazos en el club de tiro ya no eran suficientes. Debía escabullirse. Rápido.
En un acto desesperado, Tomás llamó a su amigo Enrique y le pidió su casa de campo. Le dijo: necesito tomar aire fresco, desahogarme, hacer borrón y cuenta nueva. Enrique no tuvo problemas en prestársela y le dijo que la disfrutara. El pueblo que visitaría no era nada del otro mundo; la atmósfera rural y el clima caluroso, sin duda, eran lo más llamativo de la localidad. Era justo lo que necesitaba: un giro radical a su cotidianeidad.
Entusiasmado, Tomás llegó a la casa de Enrique poco antes del atardecer y de inmediato recorrió sus recovecos. La arquitectura de la vivienda constituía un anacronismo hermoso; parecía un pedacito de ciudad perdido en el campo. La habitación que ocupó tenía un plasma, una cama king size y un enorme ventanal con la panorámica de lo que venía siendo el patio trasero de la residencia: varias hectáreas de bosque, incluida una maravillosa laguna.
Palmer decidió caminar un rato por el terreno antes que oscureciera. Los aromas silvestres lo hicieron sentirse renovado, como un adolescente. Vio la laguna y le fascinó. Junto a ella, había un bote, remos y un equipo de pesca. La noche empezó a caer y se devolvió a la casa. En el camino, encontró una espaciosa explanada rodeada de ramales y consideró que podía convertirse en un perfecto campo de tiro al blanco. Ya tenía un plan para el día siguiente.
2. El incidente.
Justo antes del viaje, Palmer compró una bolsita con marihuana white widow. Se decía que era la mejor. Hacía años que no fumaba y estimó que era una buena oportunidad para mezclar los placenteros efectos del tiro y de la hierba. A las 3 de la tarde fue a la explanada que encontró el día anterior, situó los blancos y prendió un pito. El calor era especialmente atosigante y su camisa se empapó. Cuando la droga produjo sus resultados, Palmer cargó la pistola y comenzó a balear. Cada disparo le produjo un espasmo vibrante y delicioso. La precisión no era la misma de siempre, pero eso era lo de menos.
En pleno tiroteo, una brisa floral acarició el rostro de Tomás y las imágenes de su relación con Pilar resurgieron de golpe. La botánica fragancia, literalmente, lo transportó. Se vio junto a ella durante sus antiguos paseos al campo y revivió toda clase de sensaciones románticas. Pero también volvió a palpar el fatal parto, el ocaso del romance y la infidelidad. Palmer se sintió asfixiado y continuó disparando, ahora erráticamente. El sudor de sus sienes penetró sus ojos y todo se volvió borroso, confuso, abrasador. Y antes de que Tomás cayera al suelo, una figura humana apareció a lo lejos, el gatillo cedió por última vez y un grito cerró un ciclo.
El mundo volvió a transitar en calma. Tomás se levantó, enjugó el sudor de su frente con la manga de su camisa, respiró hondo. Estaba mucho más tranquilo. Hasta que comprendió lo que ocurrió. Alguien había aparecido de entre los ramales, alguien había recibido sus disparos, alguien yacía veinte metros adelante. Palmer vislumbró el cuerpo tendido en el suelo, contiguo a los ramales posteriores a los blancos, y su corazón machacó su pecho.
Horrorizado, avanzó hacia el bulto humano y se situó junto a él. Se trataba de un hombre en calzoncillos. Yacía boca abajo y Palmer notó dos heridas de bala en su espalda, una sobre el omoplato derecho y otra debajo del omoplato izquierdo. Imaginó que tal vez en su torso observaría más orificios, pero no lo volteó. No quería que su rostro lo atormentara en sus pesadillas. Tomás estuvo alrededor de una hora en estado de shock, de pie junto al cadáver. Cuando la intensidad del sol amainó y el efecto de la droga se esfumó, optó por tomar una decisión dentro de los próximos días y escondió el cuerpo bajo unas ramas secas en un terreno adyacente a la explanada.
Esa noche no durmió.
3. La paradoja.
Cerca de las 2 de la tarde, después de razonar que seguramente la serenidad del agua podría aliviarlo, Tomás decidió ir a la laguna. En el trayecto pasó a ver el cuerpo: estaba tal como lo había dejado. Toda la noche pensó en su asesinato y en las posibles consecuencias; aún no sabía si dar aviso a carabineros o cargar con la culpa. En la laguna, remó hasta el centro y se puso a pescar. Aunque resultaba casi imposible sustraerse de sus circunstancias, Palmer lo intentaba. El apacible entorno y la agradable temperatura eran de gran ayuda.
Tras veinte minutos pescando, un sonido de burbujas llamó la atención de Tomás. La fuente del murmullo acuático estaba a pocos metros del bote, así que remó hasta allí. En aquel espacio, la laguna se presentaba espumosa y atestada de górgoros. Palmer la observaba intrigado cuando, de súbito, comenzó a formarse un remolino que creció poco a poco hasta llegar a casi un metro de diámetro. Tomás quedó pasmado. Lanzó un anzuelo y el agua del torbellino lo tragó. Arrojó entonces dos, tres, cuatro objetos flotantes y todos se hundieron. Palmer rascó su cabeza y se inclinó para mirar el círculo del agua de más cerca. Cuando se reclinó, observó que la gargantilla que llevaba puesta se hallaba suspendida en el aire con dirección a la anomalía. Se la sacó y la dejó con los anzuelos, entonces notó que todos los objetos metálicos del bote avanzaban lentamente hacia su hallazgo marino. Además, los vellos de sus brazos estaban erguidos.
La idea de que en el agua se produjeran naturalmente efectos electromagnéticos resultaba disparatada, pero ante las circunstancias cobraba cierta lógica. A cada segundo que pasaba, Tomás se sentía más fascinado. Su absorta contemplación parecía ser objeto de una suerte de seducción hipnótica proveniente del remolino del agua. De hecho, tanto fue su encanto que experimentó el incontenible impulso de lanzarse al torbellino de la laguna. Su deseo carecía de todo atisbo de racionalidad, sin embargo, envolvía una convicción profunda, propia del absurdo que se vive en los estados del sueño. Palmer se sacó su ropa y quedó sólo en calzoncillos. Antes de arrojarse, pensó unos minutos en su asesinato y en la existencia de un vínculo con el círculo marino. No lo encontró; no podía pensar claramente. Y se tiró.
El agua succionó el cuerpo de Tomás por un lapso de unos ocho segundos, entonces empezó a emerger. En la superficie, lo rodearon los objetos que lanzó al agua poco tiempo atrás, el bote no estaba y a unos treinta metros un hombre nadaba velozmente hacia la orilla. Tomás también braceó hacia la ribera y, a los pocos segundos, observó que el individuo llegaba a tierra y se internaba a toda prisa entre los ramales. Extrañamente, el clima estaba mucho más caluroso y el misterioso sujeto, al igual que él, sólo vestía calzoncillos.
Tomás llegó a la orilla y se topó con el bote y el equipo de pesca situados en el mismo lugar donde los halló antes de usarlos. Desconcertado, se adentró entre los ramales en busca del desconocido y de una explicación. Tras avanzar unos metros, escuchó disparos y un grito. Cauteloso, avanzó hasta la explanada y dilucidó el enigma. A Tomás se le atravesó el corazón en la garganta. A seis metros de distancia se hallaba un doble suyo, digamos Tomás Palmer “C”, junto al cadáver del hombre en calzoncillos. La conclusión resultaba, a la vez, imposible y lógica: había viajado en el tiempo un día atrás.
Nuestro protagonista, a quien podremos llamar indistintamente Tomás Palmer o Tomás Palmer “B”, observaba los hechos oculto detrás de un árbol. En cierto instante, captó que él y el cadáver eran exactamente iguales y que estaban en las mismas condiciones. Todo apuntaba a que el muerto era otro doble. Palmer esperó que Tomás “C” fuera a ocultar el cadáver y entonces confirmó su hipótesis: se trataba de otro Palmer. Sumando y restando, concluyó que habían tres Tomases paralelos, entre ellos él mismo, y que el Tomás Palmer original, vale decir, el Tomás Palmer “A”, era el hombre en calzoncillos que mató en la realidad que abandonó al arrojarse al círculo marino.
4. El plan.
Nada es paranormal cuando realmente pasa, por lo menos así lo demostró Tomás Palmer. Apenas concibió su contexto, calculó fríamente cada uno de sus próximos movimientos. Pensó: todo volverá a la normalidad cuando Palmer “C” se zambulla en el túnel del tiempo. Tomás reflexionó que la casa estaría vacía durante el tiempo que Palmer “C” vagara por el bosque, por consiguiente, tenía al menos media hora. En la residencia, buscó ropa y dinero; procuró no alterar en lo absoluto las circunstancias que vivió y que Palmer “C” empezaría a experimentar.
Tomás salió de la propiedad casi a las 6 PM. Su idea era recorrer los alrededores y más tarde hospedarse en una posada. Al poco rato de andar, una librería apareció en una esquina. Palmer tuvo una corazonada amarga, pero aún así ingresó. Buscó libros de física cuántica, viajes en el tiempo y temas afines. Los estantes estaban llenos de literatura escolar en desuso, por lo que pasó largo rato antes de que pudiese encontrar algo útil. De entre los anaqueles más apartados, empolvado y magullado, halló el texto Los nuevos enigmas del universo. Presumió que no hallaría nada mejor y lo compró.
Se dirigió a la plaza del pueblo, se sentó en una banqueta y emprendió la lectura. Tras una hora y media frente al libro, obtuvo dos informaciones extraordinarias en relación al túnel de la laguna: 1) quebrantaba la segunda ley de la termodinámica, 2) confirmaba la teoría de los agujeros de gusano de Albert Einstein y Nathan Rosen. Tomás se sintió un elegido. Su descubrimiento podía cambiar el rumbo de la ciencia y de la vida como la conocemos. Todo se reducía a una verdad innegable: el mundo estaba a sus pies.
“…Un agujero de gusano es un tubo estrecho de espacio-tiempo que conecta dos regiones distantes. Dicho de otra forma, es un atajo a través del espacio y el tiempo. Si bien se trata de fenómenos privativos del cosmos, los científicos australianos Jopeph Minkowski y Jeremy Radzinsky idearon fórmulas matemáticas a través de las cuales podrían construirse agujeros de gusano en base a un sistema de ondas electromagnéticas; lamentablemente, todavía no se diseñan materiales que se ajusten a las especificaciones técnicas necesarias para llevar a cabo los experimentos procedentes...”
Continuó leyendo. El capítulo 13 se refería a la paradoja de la predestinación; básicamente, decía que todo es inevitable, inmodificable, inquebrantable. En consecuencia, según el texto, todo está escrito y el libre albedrío está por debajo del plan maestro de Dios. Tomás pensó que quizá el destino del Tomás Palmer que corría entre los ramales era morir y que el suyo era vivir. Tal vez Dios había planeado una metáfora para dejar morir una parte de él, reflexionó. Al cabo de unos minutos estimó que sus ideas eran basura y concluyó que de ser cierta la teoría él también moriría, pues en definitiva todos los Palmer eran la misma persona y, por ende, todos debían tener igual destino.
Palmer se levantó de la banca y caminó en busca de una residencial. Mientras transitaba, hizo un repaso mental de sus circunstancias y sacó un par de conclusiones. Todo indicaba que el portal del agua era un conducto hacia la última realidad del día anterior, no a la fecha predecesora primaria. En consecuencia, tal como Palmer “A” tuvo un duplo en la realidad a que arribó Tomás B, al que podríamos llamar Palmer “A-2”, Tomás B también tendría uno. Por lo tanto, si todo ocurría tal como estaba preestablecido, Tomás “C” emergería en una realidad donde se encontraría con Palmer “A-3” y Palmer “B-2”, en la laguna, y Palmer “D” estaría disparando en la explanada.
Pasara lo que pasara entre esos cuatro Palmer, nuestro protagonista estaría sano y salvo en su línea espacio-temporal. Tomás divagaba en eso cuando encontró un hostal, entonces entró y pidió un cuarto. Antes de acostarse, se dio cuenta que nada le garantizaba la permanencia del agujero de gusano, si decidía mostrárselo a alguien. Asimismo, advirtió que si se desarrollaban otras propiedades en el túnel del tiempo o si aparecían en la laguna otras fisuras espacio-temporales, también las descubrirían los Tomases sobrevivientes y, por ende, existía el riesgo evidente de una nueva vinculación de realidades.
Palmer, instintivamente, volvió más atrás en su análisis y enumeró los hechos que lo llevaron a estar donde estaba: el matrimonio, el club de tiro, las vacaciones, el agujero de gusano, el libro. Todo acontecía siguiendo una suerte de plan. La paradoja de la predestinación empezaba a cobrar sentido en sus pensamientos. Tras dos horas cavilando, Tomás llegó a la ineludible conclusión de que sólo existía una forma de asegurar totalmente su vida y el dominio sobre el portal del tiempo: sumergirse en el agujero de gusano y matar a cuanto Tomás Palmer se le cruce por su camino. El propósito velado y trascendental de su primitivo impulso de practicar tiro al blanco.
En el evento que Palmer lograra asesinar a los cuatro Tomases, previa averiguación, contactaría a alguien idóneo para investigar el agujero de gusano. Y en el caso que esto último no diera resultados y debiera viajar en el tiempo de nuevo, especulaba Tomás, le bastaría matar al Palmer asesino. Todo parecía muy simple. Demasiado simple.
5. El destino.
Luego de hacer los cálculos pertinentes, Tomás se dirigió a la residencia de su amigo Enrique, escaló la entrada principal y se metió a la casa por una ventana. Prestamente, cogió la pistola, la cargó y fue a la laguna. Llegó justo cuando Palmer “C” se desvestía en el bote. Tomás se ubicó en la ribera, puso a su doble en la mira y disparó. La bala ejecutó una parábola perfecta y se incrustó en pleno cerebro de Palmer “C”. Velozmente, Tomás se sacó los zapatos, acomodó su pistola y nadó hacia el agujero de gusano. Aún quedaban tres Tomases.
Cuando emergió de la boca del portal del tiempo, tal como lo previó minutos antes, Palmer “A-3” nadaba a toda velocidad hacia la orilla a unos diez metros. Le dio un balazo en el hombro y otro, el definitivo, en la cabeza. En seguida, volteó y esperó a Palmer “B-2”, a quien le disparó de lleno en el pecho apenas apareció. Segundos más tarde, insólitamente, la laguna empezó a burbujear y el agua se tornó caliente. Muy caliente. El cuerpo de Tomás se enrojeció, a continuación se ampolló y, en último lugar, se convirtió en carne viva. Desesperado, braceó hacia la ribera despedazándose en trozos de grasa y músculos, desgajándose como una naranja podrida. La laguna lo mató; la mano invisible de Dios, pensó Palmer antes de fenecer carbonizado.
En la explanada, Tomás “D” cayó al suelo bajo la influencia de la droga y la congoja. Al poco rato, sofocado y melancólico, se levantó a duras penas. El día entero se lo pasó con un nudo en la garganta. Imaginó, insistente, una vida con su ex esposa y el hijo que nunca nació. Ya no le quedaba ni una pizca del inaugural optimismo del viaje. Nada. Para colmo, durante la noche tuvo una pesadilla: cientos de hombres desfigurados, con brutales quemaduras en toda su piel y, curiosamente, vestidos sólo con calzoncillos, lo perseguían por el bosque. Tomás, sin saber porqué, corría en busca de la explanada. Cuando la encontró, vio en el centro a su ex esposa sosteniendo en sus brazos un bebé. Ella, aterrorizada, le extendió su mano en señal de auxilio. Palmer quiso socorrerla, pero los repulsivos sujetos lo arrastraron de vuelta a los ramales. Entonces despertó.
La desazón de Tomás “D” continuó al día siguiente. Recién a las 2 de la tarde le apeteció levantarse. Se vistió, comió algo e, inevitablemente, decidió ir a la laguna. La cuestión a atender radica en lo siguiente: Tomás “A” y Tomás “D” se arrojaron al portal del tiempo exactamente a las 15 horas, 26 minutos, 34 segundos y 24 centésimas. Esta correspondencia predestinada siempre acarrea la reconducción del viajero en el tiempo a una realidad paralela, en consecuencia, el agujero de gusano abre una dimensión idéntica a la anterior, pero nueva.
La confusión que sintió Tomás “D” al emerger fue abrumadora. El día era mucho más caluroso, el bote no estaba y los objetos que lanzó al agua, y que aparentemente se hundieron, ahora lo rodeaban. Entonces lo supo: la respuesta estaba en el sueño, a modo de premonición. Palmer “D” se convenció que la solución del misterio, incluso su salvación, estarían en la explanada. A toda prisa, nadó hasta la orilla y se internó en los ramales. Casi al llegar a su objetivo, se encontró con su destino. Y se despidió con un grito.
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