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\"TODO LO QUE CAE, SUBIÓ Y... VICEVERSA\"
I
Uno a uno, iba subiendo aquella escalera; parecía que llegaba hasta el cielo; pues no se le veía final.
Mis piernas, delgadas y débiles, luchaban por llegar a su destino; peleaban contra su genética y contra mi voluntad: llegar al décimo tercer piso, donde se encuentra la habitación noventa y cinco. Ahí vive la mujer más hermosa que he visto en la vida.
>> ¿En dónde la conoció? –Me pregunta el jovencito, que sube a mi lado; el cual parece no tener ningún problema con el ascenso.
Como olvidarlo. Fue hace unos días en el centro comercial, donde venden la ropa interior que modela. Ella goza de un buen cuerpo. Tiene unos senos, que le dan un tono juvenil, a sus cuarenta años; también posee unas caderas y unos glúteos, que si la vez quisieras tenerlos en tus manos o en tu cama.
Tiene los ojos, azules como el cielo, aunque en ocasiones se ponen grises; ella dice que cambian por el reflejo de la luz, yo no lo sé, pero si parecen cambiar de color.
¡Ah! ¡Es una belleza! ¡Un ejemplar único! Por eso subo esta escalera; quiero ver si quiere ir de nuevo a mi departamento y tener sexo. –Respondí, sin controlar mi lengua, que ya a dado los pormenores de mi visita en aquel viejo edificio.
¡Hasta aquí llego! ¡Yo vivo ahí! –Me dice, al momento que señala una puerta en el final del pasillo— Pero si quiere descansar, cada cuatro pisos hay sillas. Así que aproveche. Tómese un respiro para que no se infarte, antes de llegar a su cita.
–Agregó con una carcajada.
II
>> ¡Buenas noches, señor! –Dice una jovencita, que baja la escalera; muy atractiva por cierto.
>> ¡Buenas noches, Rosita! –Le contesta este viejo preguntón, que tengo al lado; que esta lleno de arrugas; el poco pelo que tiene es del color de la nieve. Es torpe en sus movimientos, pero amable en sus actos, verdaderamente amable.
Yo no contesto sólo observo, estoy muy agitado y mi respiración demasiado acelerada, como para responder tranquilamente, pues con problemas llegue a esta silla, donde me encuentro reposando. Las sillas han de tener sus años de antigüedad. Son de madera. Creo que de caoba. Bueno, eso supongo por el cacho, no cubierto de pintura, que estoy viendo en unas de las seis sillas. Estoy en el octavo piso de este edificio que parece tener, en todo, una armonía; lo deduzco por las sillas, el viejo y el edificio: el viejo parece ser un adorno del edificio y las sillas, y viceversa; excepto la escalera, que no encaja, pues su forma le da un tono más antiguo, como si estuviese sumergida en la eternidad.
>> ¡Aquí tiene su vaso, señor Rocha! ¡Muchas gracias! ¿No sabe cuanto se necesita, después de subir estos ocho pisos? –Dice ese señor de traje, portafolios y lentes oscuros, que estaba sentado en una de las sillas, al viejo.
>> ¡Gracias a Dios! Él es el que nos da todo. Yo sólo lo reparto. –Le contesta el viejo con la sabiduría que le ha dado el tiempo, y con la conciencia de que lo que hay en el mundo es de todos y para todos.
>> ¡Hasta luego! –Nos dice al viejo y a mí, mientras estira una mano hacia el viejo— ¡Esto es para usted! –Agrega.
>> ¡Esto es mucho! –Responde el viejo, una vez que ha revisado el billete azul de veinte pesos; más ya no recibe respuesta a su contradicción, pues el hombre que se lo dio, ya va pisando los siguientes eslabones de la escalera interminable. Se me adelanta en el camino.
Yo sigo descansando para que, en el siguiente esfuerzo, pueda llegar a la habitación de...
>> ¿Viene a ver a alguien? –Pregunta el viejo, al momento que se agacha para echar agua en una maceta.
>> ¿Para qué le echa agua a esa maceta, si no tiene más que tierra? –Le pregunto con curiosidad y como forma de evadir su cuestión.
>> ¡Mire! La tierra necesita de agua y sol. Y esta sólo obtiene sol de esa ventana, pero no puede recibir agua; ya que si llueve, aquí no entra el agua, a menos que alguien la traiga encima, después de mojarse en una tormenta.
>> ¿Y por qué no siembra una planta en la maceta? Se vería mejor...
>> ¡No! ¡Esta prohibido tener niños, animales y plantas en el edificio! Si lo hago me corren. Y no tengo a donde ir. Además mi hija se enfadaría y me metería a ese lugar donde viven los viejos chocantes, que sólo se quejan de todo. Ahí nadie me daría dinero. Además este billete me lo dio el dueño del edificio –mete la mano en la bolsa del pantalón, para cerciorarse que lo tiene— para que se lo mantenga limpio y ordenado. Por eso no puedo sembrar nada, ni hacer nada de lo que este prohibido en el edificio. Aunque... –mira a la ventana, como queriendo agarrar los recuerdos y los sueños que vuelan en su interior— No. Eso ya no puede ser. Sólo debo ver los pocos árboles que hay en el parque y los miles de carros que transitan en la calle. –se auto reprime, como si fuese un pecado la juventud.
>> ¡Lo siento mucho! Espero que algún día lo dejen sembrar algo en esa maceta. –Le digo mientras que con la mano busco unas monedas en la bolsa del pantalón— ¡Aquí tiene su vaso! ¡Muchas gracias!
>> ¿Ya se va?
>> Es muy largo mi camino, que si no me apuro, se me hace de día.
>> ¿No me va a decir a donde va?
>> Pensé que ya se la había olvidado.
>> No. Yo tengo muy buena cabeza. –Me responde tocándose el sombrero de cuero.
>> Es lo que veo. Pero será en otra ocasión. ¡Tenga! –Estiro la mano con las monedas halladas en la bolsa del pantalón— No es mucho, pero de algo le pueden servir. –Reviso mi reloj, han transcurrido diez minutos, pero con la plática del viejo y mi cansancio, se han convertido en segundos. Me pongo de nuevo en marcha hacia mi objetivo.
III
¡Por fin! Veinticinco minutos he tardado en llegar hasta el décimo tercer piso, pero ya estoy frente a mi objetivo. –Pienso en voz alta, mientras veo la parte superior de la puerta, donde se encuentra, con números de metal plateado, la cifra noventa y cinco.
Me decido y toco a la puerta con los nudillos de los dedos y espero.
Pasan unos instantes.
Nadie abre.
Vuelvo a tocar, pero con más fuerza, y vuelvo a esperar.
Después de cinco minutos de espera me resigno, ya que nadie abre. Doy media vuelta y me dirijo a la escalera, que con mucho trabajo subí. Aunque, de reojo, miro a la puerta, con la vaga esperanza de que se abra y salga ella, reluciendo su belleza, que me embriaga.
Creo que no hay nadie. Se me hace que aun no ha llegado del centro comercial. Es lo que voy pensando como una forma de comprender el momento, que no me complace.
Llego a la escalera. Piso uno, dos, tres... Vuelvo a voltear hacia la puerta de madera. Y nada. No se abre, por más que quisiera. Agacho la cabeza resignado para ver los escalones y dirigirme a la planta baja...
>> ¿Qué quieres? –Dice la voz de la diosa buscada.
Volteo, sin responder, y la veo, es ella. Esta ahí, en ropa interior, como si se acabara de despertar o como si se fuese a dar una ducha o como si estuviese modelando la ropa en el centro comercial, sólo que sin peinarse, ya que su pelo se encuentra todo alborotado, como si su cabello, color castaño, hubiese reñido o tenido una guerra. Y corro de inmediato a su encuentro.
>> ¿Qué quieres? –Repite con más fuerza— ¿No te dije que te iría a ver la próxima semana? –Agrega, enérgicamente, molesta.
>> Roxana ¿Quién es? ¿Tú padre? –Dice una voz del interior de su apartamento. Es la voz del hombre de traje oscuro, que encontré en el octavo piso descansando.
>> ¡Nadie! –Le responde, gritando.
>> Es que... yo...
>> Nada, nada. Nos vemos la semana que viene. –Me interrumpe, sin dejarle manifestar mi deseo— Chao. –Agrega al momento que me da un beso, un empujón y la vuelta para dirigirse a la habitación.
No alcanzo a mantener el equilibrio y caigo por las escaleras. El empujón, no poseía mucha fuerza, pero me había cogido de sorpresa y no pude reaccionar. Ruedo por los escalones, forrados con loseta negra y blanca, ordenados como un gran tablero de ajedrez. Uno a uno, escalón tras escalón, se van incrustando en mi cuerpo; lo van alterando al grado que, de inmediato, un brazo pierde su lugar natural; las piernas se ponen de color morado; la cabeza empieza a tener orificios, fugas por donde se escapa la estirpe y algunas ideas, que llegan sin sentido, pues son los recuerdos que en un instante o cuestión de segundos desfilan por el cerebro. Y en aquel tablero de ajedrez, único, se estaba jugando la partida, donde los jugadores eran la vida y la muerte, pues ambos me querían.
IV
>> ¡Doctor! ¡Ya volvió en si! –Gritó una mujer.
>> ¿En dónde estoy? –Inquirí a esa persona vestida, totalmente, de blanco.
>> En un hospital de la Cruz Roja, señor. –Respondió.
Entonces, por azares del destino, mi mente regreso al último momento de conciencia, antes de este despertar, donde rodaba por las escaleras del amor.
>> Vaya. Ya despertó el hombre de plástico. –Dijo un hombre con bata blanca, que me recordaba a los carniceros del barrio.
Inmediatamente me abrió un ojo con una mano y, con la otra, me alumbró con una lamparita. Luego agarro ese aparato que colgaba de su cuello, que era un modelo raro de los audífonos; y lo puso en el lado izquierdo de mi pecho.
>> Parece que sólo fueron las fracturas, enfermera. –Dijo en voz alta, dirigiéndose a la mujer de blanco.
>> Si que tiene aguante, señor. Otro, con la caída que usted tuvo, hubiese muerto. –Dijo la enfermera— Pero sólo estuvo dos semanas inconsciente...
>> ¿Dos semanas? –interrumpí automáticamente a la enfermera, por la sorpresa.
Fue en ese momento que supe donde me encontraba en realidad. Supe que estaba en una cama, con seis costillas fracturadas, la pierna derecha enyesada, la cabeza llena de suturas. Pues la enfermera se había encargado en darme estos pormenores. Y, aparte de todo esto, mi espíritu agonizaba, pues no ví a Roxana en la fecha que me había indicado.
>> Yo seré su enfermera, durante el tiempo que este aquí. –dijo aquella mujer, con la ternura de una madre y la nostalgia de una mujer que teme ser rechazada.
>> Esta bien. –Le respondí con indiferencia, pues me daba igual, que estuviera o no. Y… ¿Cuánto tiempo voy a estar aquí?
>> Eso depende de usted, puede ser uno o dos meses, nunca se sabe.
>> Pero es una eternidad…
>> No es mi culpa o ¿si? –Respondió al momento que se alejaba a la cama de enfrente, sin permitirme decirle más.
Desde ese momento no se aparto de mí ni un instante. Si iba al baño, ella estaba a un lado. La comida me la escogía ella. Me vestía ella. Todo lo que tenía que hacer yo, era supervisado por ella.
>> Magos... ¿cuándo me van a quitar todos estos estorbos? –Le pregunté a la enfermera que, para ese entonces, ya estimaba y conocía demasiado. Pues en una cama de hospital, donde uno se mueve con muchos problemas y restricciones, sólo se puede hablar con los pocos que te rodean, ya sean enfermos, doctores, enfermeras o uno que otro visitante. Ahí me volví más sociable; desarrollé la paciencia y escucha a los demás. Me salió el otro yo o regreso a mi, que sé yo.
>> Cuando el doctor Oliveira lo crea prudente, que no debe ser ya mucho, pues ya llevas dos meses aquí. Y ya estas mucho mejor de cuando llegaste –Respondió mi enfermera— ¿Qué vas a hacer cuando salgas de aquí? –Agrego.
>> No lo sé. Regresar a mi vida común... tu sabes... el trabajo, las pocas diversiones, que sé yo. –Le respondí, notando la nostalgia en sus ojos, pues quizás esperaba otra respuesta.
Así transcurrieron otros 45 días, para que pudiera salir de ese sitio; pero no salí solo, ya que Margarita se fue conmigo. Esta conmigo desde ese accidente, desde ese hospital. Se convirtió en mi enfermera particular, en mi amiga, en mi amante, en mi compañera, en mi todo. Ahora ya no subo escaleras solo, las subo con ella; y, aunque, hemos tenido tropiezos y caídas, ya no es lo mismo que enfrentarlo solo. Ella dice que la ultima caída la haremos juntos. Yo no lo sé, pero si es así... bienvenida la caída.
Texto de Naimed agregado el 05-05-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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