Se esconde de nuevo el suelo sobre el cemento. Hay una confesión secreta que escapa por el tiempo y que duerme en un libro nunca leído. Un monje budista pisa una barata. Un saltimbanqui recoge tres piedras del suelo y juega haciendo malabares. Un científico busca fenoftaleína en su recamara para comprobar la acidez de una sustancia. Un escritor inventa una novela tal que nadie queda indiferente a ella pero que en la primera página cause en todo lector un rechazo tal que las únicas opciones son quemar el libro o suicidarse. Un espacio disímil y rechazado por mi perro quiere imponerse en mí, un espacio que me deja fuera del tiempo y a la vez me hace avanzar en él en otro espacio que es el que todos creen conocer.
Un niño juega con una pelota de trapo, un niño tiene barro en sus manos y come gusanos a falta de otro alimento. Una mujer solitaria llora totalmente compungida; quiere amor, cariño y cobijo. Un vagabundo está aterido bajo la lluvia, bajo el viento y bajo la nieve, bajo la noche y bajo una banca.
Miles de palabras escritas (¿sirven de algo?) y sigue el mismo rumbo. Y los hombres avanzan infinitamente, son miles de posibilidades por cada segundo, ya nada se puede evitar, no existe destino, tampoco azar, ya no existe más que miles de momentos simultáneos e infinitos, que perduran y se rehacen, que niegan todo y lo aceptan a la vez.
Ya solo es caos lo que queda sobre las manos embarradas de aquel niño, de aquel pobre niño, satisfecho de gusanos insípidos.
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