Ya el frío anochecer había caido sobre la oscura tierra de Rumania. Una luna atemorizante se levantaba por encima de los bosques, montañas y lagos; dejándole saber a las criaturas de la noche que eran libres para vagar por la tierra. En el pueblo de Maleva, todos los aldeanos celebraban alegres unas acostumbradas fiestas bajo la luz de las estrellas y las antorchas que alumbraban el lugar. Bailaban, bebían, comían y festejaban con sus seres queridos; sin saber que esa noche estaría llena de sangre y terror. A cada segundo, el estruendoso sonido del trote de los jinetes oscuros se acercaba al pueblo. Estas figuras cargadas de maldad cabalgaban por el bosque, entre senderos y montañas, para llegar al pueblo de Maleva.
En una de las casas del pueblo, Theodricus Enos, un niño de apenas ocho años, estaba acostado en su cama; observando la luz de la luna que podía entrar a su pequeña habitación. No podía dormir debido a la música; que aunque débil, se escuchaba junto con los gritos de festejo de sus vecinos. De pronto, el niño se asustó al escuchar un sonido seco y continuo cerca de él. Al poco tiempo, Theodricus notó lo que era; la ventana estaba mal cerrada, y golpeaba con el viento. Lentamente se levantó de su cama, poniendo sus pies sucios sobre el suelo y caminó asustado, pero decidido, hacia la ventana. Pausadamente se dispuso a cerrarla, pero algo lo indujo a mirar por ella disimuladamente. Entonces los vio. Al percatarse de la llegada de los jinetes oscuros se detuvo el tiempo. Se paralizó al sentir el frío de las criaturas que veía muy cerca de su casa. Observó detenidamente la figura que montaba a caballo; su cuerpo y rostro completamente cubiertos por una capucha de color negro. De pronto, el grito de terror de uno de sus vecinos entró por su ventana. “¡Vampiros!”. Ese grito retumbó como un eco en los oidos del niño.
A menos que dos clanes estuvieran en guerra, los vampiros solo atacaban a personas solitarias o en pequeños grupos al aire libre en la noche. Nunca cuando había tanta gente presente en un lugar. Por eso la visita de los jinetes oscuros fue toda una sorpresa. Las criaturas comenzaron a cabalgar por el pueblo, entre los gritos de terror de los humanos que intentaban salvar sus vidas; ya que conocían su destino. Sin ningún tipo de piedad, mataban y herían a sus víctimas con el filo de sus espadas, y luego recogían a algunos que se llevaban como prisioneros. Theodricus sabía que sus padres estaban afuera. Se habían ido cuando pensaron que él estaba dormido. Sentía terror, pero sin pensarlo, decidió que debía salvar lo único que tenía en el mundo y salió corriendo de su hogar.
Al abrir la puerta de su casa, quedó confundido por el correteo de sus vecinos a través de todo el lugar. Los gritos comenzaban a ensordecer sus oidos cuando se percató de que cuatro de los jinetes se encontraban a varios metros delante de él; afortunadamente de espaldas. Al voltearse, Theodricus vio que un quinto jinete estaba a punto de atropellarlo con su caballo. En ese mismo instante, sintió las manos de un hombre que lo levantó y lo sacó del camino. El caballo alzó sus dos patas delanteras relinchando fuertemente; casi en frente de ambos. Theodricus miraba el rostro del hombre que le salvó la vida, en un pequeño instante en que este lo examinaba. Para su alivio resultó ser su padre. De pronto, el vampiro saltó de su caballo sobre la espalda del hombre y rápidamente mordió su cuello. La sangre que brotó de repente salpicó el rostro de Theodricus; quien no salía de su asombro al ver como su padre moría gritando de agonía en las garras de esa criatura.
El niño corrió aterrado y llorando en busca de su madre. En su camino solo encontraba personas en el suelo; algunas agonizando y otras muertas. Observaba como varios jinetes arrojaban antorchas sobre los techos de las casas para hacerlas arder en llamas. De pronto, Theodricus escuchó que su madre lo llamaba desesperada. Pudo encontrarla con la mirada a lo lejos, y ambos comenzaron a abrirse paso entre el descontrol del lugar para acercarse.
En pocos segundos, la madre pudo sostener a su hijo y abrazarlo.
-Theodricus, que bueno que estás bien-, dijo la madre mientras que sus lágrimas caían sobre el hombro de su hijo. -Debemos irnos de aquí y escondernos.
El tiempo se congeló nuevamente para Theodricus en ese instante; grabando para siempre ese momento en la mente del niño. Theodricus cerró sus ojos unos segundos que le parecieron toda una eternidad, mientras escuchaba las palabras de su madre; pero al abrirlos, vio que uno de los jinetes estaba detrás de ella.
-¡Mami cuidado!-, la mujer no tuvo tiempo de percatarse. El vampiro la sostuvo por su ropa y la montó frente a él en su caballo; y luego se quitó su capucha.
Theodricus pudo observarlo perfectamente mientras que el vampiro hacía lo mismo con él. Se fijó en sus dedos alargados y con uñas afiladas como garras; parecidas a las de un animal. Sus ojos oscuros que inspiraban terror. El rostro pálido de la criatura. El cual se desfiguraba en su forma vampírica debido a que su mandíbula se ampliaba para facilitar el trabajo de morder a su presa; dándole así un aspecto monstruoso. Sobre todo, le llamaban la atención los afilados colmillos que goteaban sangre de su boca. Todas estas características estaban mezcladas con un aspecto humano, que dejaba notar su naturaleza maligna y sanguinaria. La criatura mordió el cuello de la mujer mientras que Theodricus lo miraba con un odio que se arraigaba en su interior. Cuando ella sentía que su vida se escapaba al perder su sangre, la mujer débilmente mencionó el nombre de su hijo: “Theodricus”.
Rumania 1460
“¡Theodricus!”, “¡Theodricus!”, “¡Theodricus!” Una gran multitud en el pueblo de Maleva gritaba el nombre de quien valientemente comandaba un pequeño grupo de personas que había logrado capturar vivos a dos vampiros. El suceso histórico se llevó a cabo durante la noche, mientras que las criaturas buscaban víctimas en las cercanías del lugar. Ya era casi el amanecer, y los dos prisioneros estaban amarrados fuertemente a un tronco. Se encontraban sobre una tarima de madera frente a todo el poblado; ambos en paños menores. Entre la multitud se abrían paso dos jóvenes que querían ver de cerca el espectáculo. Ellos eran Demian y Marcus; que al escuchar la historia, viajaron desde Talsia, el pueblo vecino donde viven, para estar presentes. Marcus echó una mirada escéptica a los dos sujetos.
-No se ven como vampiros para mí-, le dijo al oido a Demian al ver el aspecto humano de los prisioneros.
Por su parte, Demian no tan solo observaba su aspecto humano, sino mas allá. Desde pequeño, este joven experimentaba lo que al parecer era el poder de leer las mentes ajenas. Tenía este secreto muy guardado, ya que temía que la Iglesia lo quemara en la hoguera por brujería; pero lo sabía su mejor amigo Marcus y su novia. Demian podía ver en su mente, como una película, los recuerdos que los dos vampiros guardaban de su captura.
La multitud miraba a los vampiros con asombro y desprecio, hasta que subió a la tarima un hombre acompañado de su grupo. Esta persona de unos treinta y cinco años de edad, físico impresionante, barba y ojos fríos era conocido como Theodricus Enos. Aquel niño que a sus ocho años vio morir a sus padres una trágica noche, se había convertido en un hombre decidido a exterminar a los vampiros. Ahora comandaba un pequeño equipo de personas dedicado a esto. Demian y Marcus quedaron asombrados al ver a Enos en persona. Habían oido historias que contaban que Enos era un demente que perseguía un sueño sin esperanza. Para los dos jóvenes, Enos simbolizaba el futuro de la humanidad.
Enos se acercó a los dos vampiros y los miró fijamente; antes de hablarles en un tono con el cual toda la multitud pudiera escuchar sus palabras.
-Tienen dos opciones y poco tiempo-, Enos caminaba frente a ambos vampiros; mientras que sus palabras tronaban con cada paso. -Díganme donde está la guarida donde duermen. Si lo hacen, vivirán un poco más, antes de que clave una estaca en sus pechos. De lo contrario, tendrán una muerte dolorosa al exponerse a la luz del sol; en frente de todas estas personas.
La multitud expresaba a gritos su deseo de que los dos vampiros murieran con la luz del sol. De pronto, uno de ellos se transformó en su forma vampírica, y mostrando sus garras y colmillos comenzó a rugir y agitarse fuertemente; tratando de liberarse de sus ataduras. La multitud se intimidó al ver el aspecto monstruoso y la rabia del vampiro, pero Enos y su grupo no mostraron la menor preocupación.
En ese momento, el sol se mostró en el horizonte. Los rayos empezaron a cubrir poco a poco la multitud. El vampiro que no se transformó miraba a Enos a los ojos fijamente.
-Nunca podrás exterminar a nuestra raza-, dijo resignado el vampiro; aceptando su destino. -Nuestro líder vengará nuestras muertes.
Los rayos del sol llegaron a la tarima, hasta cubrir los cuerpos de los dos vampiros; que casi de inmediato comenzaron a incinerarse frente a la callada y pasmada multitud. Las dos criaturas se retorcían en llamas mientras desataban gritos aterradores; parecidos a un alarido que comunicaba pena y dolor. En unos segundos, solo quedaron dos esqueletos calcinados y humeantes sobre el suelo de la tarima. Cuando la ejecución de los vampiros terminó, Enos se volteó hacia la multitud.
-Amigos-, dijo Enos levantando sus manos -este es el comienzo de nuestra liberación.
La multitud desató un grito de júbilo en apoyo a las palabras de Theodricus Enos.
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Este es el primer capítulo de "El Nacimiento del Vampiro". Puedes leer la historia completa en: www.freewebs.com/cuentosdecuervo
® Por, Daniel Ocasio García 2005. © Todos los Derechos Reservados. |