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Inicio / Cuenteros Locales / Otoniel / Rebelión temporal

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Desde que me compraron no hice más que servir; creo que eso fue para lo que me diseñaron. El amo Wilfredo (así se llamaba) solo tenía diecisiete años cuando entro con sus padres a la extravagante joyería del viejo Rogelio. Yo estaba ahí luciéndome como el mejor de los diseños suizos, de oro macizo y manecillas de marfil, mi presencia tentaba a cualquier transeúnte pero solo unos pocos podían pagar el precio. Los Conrado eran uno de los pocos agraciados que tenían en su haber lo suficiente como para comprarme; Wilfredo me eligió y sus padres firmaron el cheque. Fue así de simple, de estar posando en una vidriera empañada por el frió del invierno a lucirme en la muñeca de uno de los jóvenes mas adinerados de la ciudad.

Los días que sucedieron después de esto fueron días de suma precisión y puntual servilismo. Mi mecanismo era sofisticado y perfecto y ayudaba en organizar su vida en eso tan efímero que llamamos tiempo. Hasta que un día ya sea por la rutinaria tarea de marcar el pulso de la vida los 365 días del año y las 24 horas del día, o bien por el deseo inexplicable de hacer algo distinto a lo de siempre: ME REBELE… cada minuto, cada segundo habían sido una tortura para mi. Y ese día fue el gran día de la venganza. Ya había pasado trece años en la estúpida muñeca de Wilfredo y era hora que pagara.

Mi plan era sencillo, simplemente me atrasaría o me adelantaría en los momentos cruciales de su vida, y así fue… en una semana llego tarde al trabajo durante tres días seguidos, eso le valió una suspensión y le costo el aumento y el ascenso… Ni hablar de sus citas amorosas, a veces lo hice llegar temprano, otras tarde,( no se imaginan lo que la impaciencia puede hacerle a un hombre); en sus vacaciones desorganice su vida por completo, su reloj biológico quedo reducido a un inexacto sistema y comenzó a perder peso increíblemente, tanto que tuvieron que internarlo antes de finalizada su licencia…

Comencé a manejar sus tiempos y me di cuenta que yo era capaz de manipular también sus recuerdos y su memoria temporal, y ahí se inicio la decadencia del arrogante joven Wilfredo, que ya no sabia si vivía un presente o un pasado, no distinguía de los sucesos acontecidos de los acontecimientos por suceder y poco a poco se volvió loco…

Pero los frutos de mi plan solo duraron una estación, hasta que el: maldijendo el día en que compro ese maldito reloj (que soy yo) me re vendió a la joyería y una vez mas aquí estoy, ya no posando en el escaparate principal de la vidriera, si no en la sección de joyas usadas. Aprendí algo de todo esto, es difícil ser distinto y abandonar la rutina que nos imponen, nadar contra la corriente y decir ¡no! Porque somos objetos descartables....

Texto agregado el 07-05-2008, y leído por 23 visitantes. (1 voto)


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