No acostumbro a ir a los cementerios, porque como los hospitales me causan aprensión, pero una serie de circunstancias me llevaron a tener que ir. Mi mujer cada año pone flores a la tumba de sus bisabuelos. Lo suele hacer con su madre, yo solo las acompaño hasta la entrada del mismo y me espero leyendo el periódico o escuchando la radio o ambas cosas a la vez. Pero ese año, las dos cayeron enfermas debido a una gastroenteritis de una cena a la que asistieron y yo no fui porque tenía trabajo y no me pude desplazar. Así que después de comprar un ramo de flores y con las indicaciones anotadas en un papel de cómo encontrar el nicho-pues el cementerio viejo, en el cual ya no se entierra a nadie, es grande como una ciudad y es muy fácil perderse- me dirigí con la intención de ser lo más breve posible y saltándome los consejos de rezar una oración a unos difuntos que no había conocido nunca. Aparque en la entrada y me metí dentro, siguiendo el mapa, tuerzo a la derecha, tres calles más, luego a la izquierda y aquí tenía que estar, pero no, no encontré la placa. Empecé a ponerme nervioso, di una batida por las lápidas que tenía alrededor, pero nada. Ninguno se llamaba con los apellidos que tenía apuntado. Así que intenté dirigirme hacia la puerta y repetí la operación. Otra vez llegue al mismo sitio. Llevaba el teléfono pero me resistía a llamar a mi mujer para que viera que me habría perdido, ya oía los comentarios de mi suegra “ese yerno mío no es capaz de encontrar ni un muerto”. Estuve dando unas cuantas vueltas, hasta que derrotado, saque el teléfono para llamar, pero, no había cobertura. Volví hacia la salida y horror de los horrores, la puerta estaba cerrada con el candado. Mire el reloj. Ya eran las ocho de la noche, la hora del cierre. ¿Pero como es que el vigilante no había gritado, como acostumbran hacer?. Intenté calmarme. Dije, bueno, ahora ya estás encerrado, volvamos a buscar el nicho. Hice el recorrido y entonces encontré la placa. Deposité las flores y volví rápidamente hacia la puerta con la esperanza de ver a alguien con quien comunicarme, que pudiera avisar a la autoridad competente. Pero por esa carretera no pasaba nadie. Estaba muerta. Finalmente vi dos mujeres pasar y les grité.
- por favor, ayúdenme!-
Resultaron ser dos gitanas y del susto de verme detrás de las rejas se fueron gritando
- Un muerto! Un muerto!-
- No, que estoy vivo, sáquenme de aquí, por favor!-
Y así pasé mucho tiempo sin ver a nadie. Cuando ya había perdido la esperanza, vi a un chico y lo llame. Este vino hasta la puerta. Entonces me di cuenta que era algo retrasado mentalmente.
- Por favor, llame a la policía para que me saquen de aquí.
- ¿Por qué? ¿No te gusta?-
- Claro que no, solo he venido de visita y me han encerrado-
- Habrás sido malo, mi mamá dice que solo encierran a los que se portan mal-
- Pues dile a tu mama que venga-
- Bueno, adiós-
Desesperado me volví a sentar. Saqué el teléfono. Seguía sin haber cobertura. Entonces, de golpe, detrás mi, note una presencia, me giré y era un hombre viejo, un vagabundo. Me preparé por si me quería atacar.
- ¿Qué le ocurre? ¿Le han dejado encerrado?-
- Pues si, ¿y usted?-
- Yo vivo aquí. Si le ayudo a salir, prométame que no se lo dirá a nadie.
- Lo prometo.
- Sígame-
Lo seguí todo asustado por calles de nichos y mausoleos, entre ángeles y figuras de mármol varias. Finalmente, me llevo hasta un lugar del muro del cementerio que tenía una brecha que daba a la carretera y por donde cabía una persona. Por fin libre. Saque la cartera y le di un billete de 5, que no rechazó.
- No se preocupe, no se lo voy a decir a nadie-
- Nos echaría a todos. Aquí se esta bien, tranquilo y en verano es fresquito.
Me fui corriendo hacía el coche y con el a toda velocidad hacia casa. Después fui un par de veces a llevarles comida, pero la tercera vez habían tapiado el agujero y ya no los volví a ver nunca más.
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