A veces pienso
que me quedaré así siempre,
se
co. Y que las manchas de maquillaje,
que destila mi cara sobre mi traje, sobre
mi falsificación
de margarita
gigante.
A veces pienso
que soy un payaso indecente,
pero tranquilo
estirado sobre un banco
del parque. Con pantalones a rayas, con enormes
zapatones de charol rojo, con un desfalco en el cambio
de euros
por dolor ajeno,
moneda
de mercado.
Tengo una bola de papel arrugado. Algo decía, algo...
nada que haga que nadie
gane o pierda
el cielo. Ni el sueño. Ni los rizos del pelo. Tal vez sólo
el sueldo,
lo que queda entre las mandíbulas del perro
al morder. Porque morder, mordió
y yo estaba allí.
Era en la retaguardia. Donde los payasos tenemos algo que decir. Era la retaguardia, no en la guerra. En la retaguardia, en un parque,
donde la gente pasea a sus hijos
o a mascotas
de esa forma, de esa
especie.
Ajá. Una cajita de música
con una bailarina, un libro en el que guardo
tu fotografía. Y la miras, y me miras,
y concedes una distancia
de seguridad, o espacio
escénico. Una migajita para trapar al ratón,
un esquema simple para la lógica
muelle
de tu deseo.
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