La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - palujo - 'LEONCIO'


LEONCIO

LEONCIO /Cuento /
Cuando era joven y fuerte, nadie le hacía reparos. Tenía trabajo por doquier y ya lo veíamos “blanqueando” las paredes de la casa de don Demóstenes, suda que suda en la chacra de don Agustín, o alegre, al terminar la cosecha de papas del viejo Heracleo.
Leoncio era un hombre de poco hablar; ocupaba más los brazos que sus mandíbulas. Decía que los mandados como comprar pan o cosas pequeñas, eran para los débiles. Trabajar con él era insoportable para los ociosos. No se agotaba, ni conocía el descanso y si uno quería dialogar, pues encogía los hombros mirándote de reojo, receloso, para continuar con su labor, infatigable. A la hora del almuerzo era igual, subía y bajaba la cuchara hasta vaciar el plato. Era muy agradecido, sus alegres ojos pardos lo delataban.

Ningún patrón se quejó de él hasta que, por la vejez, nadie le confiaba responsabilidades. No tenía casa donde vivir y hacía los trabajos que antes le hubiesen dado vergüenza: ¿llevar la canasta del mercado a la patrona?, ¡qué barbaridad! Podía recibir un plato de comida por el trabajo más difícil, pero contar chismes por un trago de aguardiente, ¡era un insulto!

Todo cambió para Leoncio:
- ¡Allí esta, otra vez!- gritaban.
- ¡No abran la puerta es el Leoncio!
- ¡Dale un pan al Leoncio, pa’ que se vaya!

Su salud también se fue acabando, incluso, más rápido que sus hilachas, porque no se podía llamar de otra manera a lo que llevaba puesto. Quiso ahorrar unos centavos, pero el jornal no le alcanzaba. Dormía en los rincones de las casas abandonadas y nadie lo echaba de menos.

Leoncio moría de a pocos; algunos, averiguando averiguando se cansaban, al no encontrar ni parientes ni amigos y otra vez quedaba en la intemperie de todo. Ahora lo vemos allí, acurrucado, al pie de esa vieja palmera que conocía la vida del pueblo. De lejos parecía un perro en plena siesta, pero de cerca, ¡chas!, era Leoncio; las caras se torcían apuradas mirando el lado opuesto y los pasos se hacían más largos y rápidos para zafar el cuerpo.

¿Y cuando llegó la fiesta?
Cuando llegó la fiesta fue el acabose. Leoncio seguía de inquilino de la vieja palmera; y el alcalde se ruborizó: ¿cómo es posible? – Dijo - ¿es día central, día de procesión y Leoncio sigue allí? ¡Que bochorno!, agregó tomándose la cabeza con las palmas de sus manos.

Los más “osados” y los más “caracterizados” y los más “valientes” de los guardaespaldas del alcalde, sacaron a empujones a Leoncio lejos de la plaza de armas. Cuentan que, en esos instantes, una rama de la palmera crujió y cuando la procesión retornaba, luego de su recorrido, fue como puñetazo en nariz: ¡Leoncio salía completamente desnudo y sucio de la iglesia! Los que lo vieron afirman que cuando cayó de espaldas muerto, sus ojos miraban alegres el azul del cielo.

¿Y los pecadores?

Los pecadores sonrojáronse tanto que de sus pantalones, camisas, sacos y corbatas brotaron lenguas de fuego que pronto se convirtieron en grandes llamaradas y alcanzaron la sotana del párroco e incluso la fina y aterciopelada capa del santo. Inmediatamente, y con sus cuerpos convertidos en antorchas, los postulantes a lucifer clamaban perdón desesperados, se revolcaban agonizantes, dando vueltas y vueltas, como “ruedas” expulsadas del más hermoso castillo de fuegos artificiales jamás visto y oído


Texto de palujo agregado el 09-05-2008.
La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net